Mi pregón en la XI Ventolera Republicana

El pasado sábado me invitaron a leer el pregón de la XI Ventolera Republicana, en Gijón, una fiesta organizada por la Charanga Ventolín. La Charanga Ventolín es una auténtica institución de la izquierda asturiana.  Desde hace décadas ha estado presente en movilizaciones de todo tipo. Por ella han pasado personas a las que he querido y admirado muchísimo, así que me hizo mucha ilusión el encargo del pregón pero, al mismo tiempo, me costó un montón escribirlo. Me temo que el resultado no es todo lo bueno que merecía la ocasión pero, aún así, lo comparto aquí como muestra de admiración y respeto.

 

No hay que fiarse mucho de los diccionarios, pero los diccionarios dicen que una ventolera es un viento fuerte, una ráfaga violenta que se levanta de golpe y dura poco. Y también que una ventolera es una determinación inesperada que se considera extravagante.

Así que creo que todos los que estamos aquí hoy tenemos algo de ventolera. Nos gustan los vientos fuertes, aunque sean breves. Porque aunque no cambien las cosas un poco sí que despejan las mesas. Se llevan algo de podredumbre. Por ejemplo, a M punto Rajoy –sea quien sea– con sus sobres. A Artur Mas y su 3%. A la condesa Aguirre y su Púnica. A la licenciada Cifuentes, para que tenga tiempo de completar sus estudios. A Zoído, el admirador de los cowboys, y a todos los que protegen a los torturadores. A Rodrigo Rato y las tarjetas black. A Andrea Fabra y su “Que se jodan”. Andrea, sin acritud: jódete tú. Que se jodan todos ellos.

Toda nuestra vida nos han llamado extravagantes. Y la Charanga Ventolín nos ha acompañado en muchas de esas extravagancias. Recuerdo a mi lado a la charanga, cada vez más afinada, desde que era niño. Cuando pedimos el no a la OTAN, cuando nos opusimos a la reconversión industrial, cuando defendimos el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo, en muchas huelgas y cuando dijimos “nucleares no”, cuando nos declaramos insumisos, cuando viajamos a Seattle y a Genova y a Praga, cuando dijimos “No a la guerra”. También cuando llenamos las plazas y salimos en marea a defender la sanidad y la escuela pública.

En cada una de esas ocasiones, siempre nos dijeron lo mismo, que somos unos excéntricos, que nos dejáramos de juegos y ventoleras y sentáramos la cabeza, que había que ser realista y responsable.

Un amigo me contó una vez que tenía que entrar en un edificio oficial muy importante. En la puerta había un guardia civil. Cuando mi amigo se acercó el guardia le hizo un saludo militar y mi amigo se echó para atrás rápidamente porque pensó que el guardia le iba a soltar una hostia. Supongo que la gente responsable es esa que nunca tiene miedo de que un policía le de una hostia. Esa gente a la que nunca meterán en la cárcel trece años por grabar en vídeo a un guardia civil mentiroso que ha arruinado la vida a varios jóvenes de un pueblo vasco.

No, no queremos ser responsables. No queremos ser responsables como la ley mordaza, no queremos ser responsables como el impuesto al sol, responsables como el rescate a la banca, responsables como la audiencia nacional y sus jueces prevaricadores, responsables como un crucero gigante decorado con la cara de Piolín en el que viajan cinco mil policías para pegar a gente que sencillamente quiere votar.

Y por eso celebramos una ventolera. Feliz ventolera a todos los que últimamente se han levantado de golpe y con fuerza contra una normalidad monstruosa. Feliz ventolera a todos los que han tenido una determinación inesperada y repentina. A todos los extravagantes que dicen “sí se puede”, en la plaza, en el parlamento, en la asamblea o en la huelga.

Feliz ventolera a los pensionistas que han dicho basta y se niegan a ver como una vida de esfuerzo se esfuma entre los tantos por ciento de un austericidio a cámara lenta.

Feliz ventolera a los clubes, como el Ceares, que nos han recordado que la belleza del fútbol no está en las piruetas de un multimillonario ciclado y chulo sino en la emoción del esfuerzo compartido entre jugadoras, jugadores, amigos y seguidores.

Feliz ventolera a las kelis y a los repartidores de Amazon y a los riders de Deliberoo y al sindicato de manteros, que nos han mostrado el camino de la lucha y de la unidad allí donde sólo veíamos precariedad solitaria.

Feliz ventolera a los que al cantar, al rapear, al escribir o al hacer chistes ofenden a alguien. Porque la libertad de expresión consiste precisamente en que a todos nos puedan ofender por igual.

Feliz ventolera a las radios libres que, como Radio Kras, llevan décadas explorando la izquierda del dial.

Feliz ventolera a los que borrachos como cubas se caen en hoyos pero tienen amigos igual de borrachos que les ayudan a salir y les cuidan.

Feliz ventolera a quienes resisten los desahucios, a quienes ponen sus cuerpos ante los esbirros de la banca para impedir que una familia se quede sin hogar. A quienes okupan para hacer las ciudades más nuestras y menos del dinero.

Feliz ventolera, sobre todo, a los millones de mujeres que este año nos han ayudado a ser más libres y más iguales, o sea, a vivir mejor. Porque el privilegio somete al que obedece pero impide llevar una vida digna también al que se beneficia de él.

Y no feliz ventolera sin más, sino feliz ventolera republicana.

Me contaron que hace años, en los tiempos de la dictadura, había un hombre que rondaba los ministerios de Madrid. De vez en cuando se acercaba a alguien que salía con cara de agobio de un ministerio y él se ofrecía a mediar en sus gestiones. Le decía: “No me tienes que pagar nada si no quieres. Yo intento arreglártelo y si la cosa va bien, vuelves otro día y me pagas lo que te parezca”. En realidad, aquel hombre era un estafador. Él no hacía absolutamente nada. A veces los trámites salían bien y entonces la gente estaba tan contenta que volvía y le daba una generosa propina pensando que había sido cosa suya. Otras veces las cosas no se arreglaban y sencillamente la gente se olvidaba de él, sin culparle de nada.

Más o menos en eso consiste ser rey. En no hacer nada y que te vengan a dar las gracias y a pagar por ello.

Pero no somos republicanos sólo porque nos moleste tener a unos estafadores instalados en la Zarzuela. Nos salen caros, es verdad. Pero comparados con lo que cuesta un superpuerto o un kilómetro de autopista, seguramente no es para tanto. Ser republicano es algo más.

Este año hablar de república se ha vuelto un poco diferente. Más que nada porque prácticamente aquí al lado proclamaron una hace seis meses. Es verdad que no todo el mundo estaba de acuerdo en proclamarla pero muchos pensábamos que merecía la pena preguntar a la gente. Y, desde luego, que a nadie le deberían mandar al hospital o a la cárcel por querer meter un voto en una urna.

Somos republicanos porque lo contrario de la república no es la monarquía, lo contrario de la republica es la ausencia de democracia.

Porque la república, como la democracia, consiste en tomarse en serio la igualdad. Y la monarquía nos recuerda lo poco iguales que seguimos siendo.

Decimos viva la republica siempre que podemos para que nadie, nunca más, sea súbdito. Para que nadie, nunca más, tenga que agachar la cabeza. Nadie: ni los trabajadores migrantes, ni las personas que no llegan a fin de mes, ni los que tienen que marchar porque no encuentran trabajo, ni las madres solas, ni los que quieren hablar la lengua en la que se criaron y no les dejan hacerlo

No sólo tenemos un rey. Tenemos muchos reyecitos en cada banco, en cada empresa del IBEX35, en cada ayuntamiento, en cada delegación de gobierno, en cada comisaría, en cada universidad privada… Tenemos reyecitos en cada casa y en cada familia. Los republicanos queremos echar a ese rey de la Zarzuela, sí, pero sólo porque es el primer paso para acabar con todos esos otros reyes, los de ahí fuera y los que llevamos por dentro.

Y es un orgullo hacer una ventolera republicana en Gijón. Durante años y años, siglos tal vez, en Gijón nos hemos reído de la gente que se da demasiados aires. A veces pienso que sólo con ser de aquí uno ya está a punto de ser republicano.

Llevo toda mi vida aclarando que soy de Gijón. Nací en Cataluña y vivo en Madrid desde hace veinte años. Pero sigo soñando con Cimavilla y los Pericones, con Deva, el Muro y el Muselín. Sigo soñando con una ciudad capaz de erigir una estatua muy emotiva de una madre despidiendo a su hijo emigrante y luego llamarla “la Lloca del Rinconin”. Este es el único lugar del mundo donde el barrio de pescadores, durante sus fiestas, hace una procesión laica para hacer un homenaje a Fleming, el inventor de la penicilina, alguien que ha traído mucho más bienestar al mundo que la Santina. Y eso también es ser un poco republicano.

Una ventolera es un viento fuerte, nos dicen. Y una especie de locura, nos dicen también. Hoy tenemos que ser las dos cosas. Porque hace falta mucha fuerza y un poco de locura para sacarnos el miedo del cuerpo y atrevernos a cambiar todo lo que necesitamos cambiar.

Pero también necesitamos aprender a convertirnos en brisa, en ese viento continuo del que no se habla, que casi no se nota pero nunca para y poco a poco lo va transformando todo sin que nadie se de cuenta.

Seamos brisa igualitaria, brisa libre, brisa antiautoritaria y fraterna.

Seamos brisa cada día y esta noche ventolera.

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Los dilemas de la enseñanza pública: más allá de los recortes

Uno de los efectos más perniciosos de los ataques neoliberales a la educación pública es que ha generado entre el profesorado una dinámica reactiva de atrincheramiento corporativo. De modo que cualquier diagnóstico de los dilemas de la enseñanza pública es interpretado en términos de complicidad con la privatización.

En España el porcentaje del PIB destinado a educación ha pasado del 5,1 al 3,8%. Tenemos pocos profesores, mal pagados, en situaciones laborales precarias –más del 25% son interinos–, con gran cantidad de tareas que atender, abrumados por la irracionalidad burocrática y obligados a atender a familias y alumnos que atraviesan situaciones económicas y sociales muy difíciles. Todo ello es cierto y cualquier análisis que lo olvide estará inevitablemente sesgado. Ahora bien, los desafíos de la educación pública no se limitan, ni por lo más remoto, a la falta de financiación. En todos los tramos de la educación se da una manifiesta desmotivación de una parte del profesorado y fallos garrafales en los sistemas de reclutamiento y evaluación, en el aprendizaje y el uso de herramientas pedagógicas o en las estrategias para implicar a las familias en la creación de una comunidad educativa digna de tal nombre.

Obviamente esta es una generalización injusta. En primer lugar, porque se va acentuando a lo largo del trayecto educativo: las cosas funcionan mucho mejor en las escuelas infantiles y en primaria que en secundaria o en la universidad. En segundo lugar, porque existen en nuestro país experiencias realmente asombrosas de innovación pedagógica en la educación pública, muchas de ellas con el mérito añadido de desarrollarse en entornos sociales muy difíciles. El problema es que son experiencias heroicas basadas en la entrega de profesores extraordinarios que, por eso mismo, no tienen ninguna posibilidad de generalizarse, normalizarse e implantarse institucionalmente.

Lo característico de la docencia en la educación pública española no es tanto que los profesores lo hagamos mal como que da igual que lo hagamos bien o mal. Como profesor universitario no dejará de sorprenderme que ningún miembro de la administración –ni en el momento de mi contratación ni posteriormente– me haya observado impartir clase, o sea, el trabajo por el que me pagan. En todos los tramos de la enseñanza los profesores tóxicos, realmente irrecuperables, son una pequeña minoría, pero tienen la seguridad de que su puesto de trabajo no peligra. En realidad, es mucho más grave el efecto de esta indiferencia sobre los buenos profesores, que sienten que no hay el menor reconocimiento institucional a su esfuerzo, al contrario, a menudo perciben más bien hostilidad.

Me molesta profundamente reconocerlo, pero todo indica que en la educación concertada esto ocurre en menor medida. El miedo al despido de los profesores de la enseñanza concertada genera una orientación al cliente que finalmente se traduce en algo parecido a una orientación al alumno, tal vez epidérmica pero real. Por eso en una parte significativa de los colegios concertados –no sólo los laicos– se emplean técnicas pedagógicas más ricas, los profesores están más concienciados de su propia formación profesional y las familias están más implicadas en la vida del centro. Es una descripción, de nuevo, muy antipática y sesgada pero creo que se aproxima bastante a la realidad o, al menos, ayuda a señalar un problema real. Desde luego, la motivación basada en el temor a perder el empleo es infinitamente peor que la motivación intrínseca relacionada con la vocación profesional y la lealtad institucional, pero seguramente es mejor que ninguna motivación.

Lo que quiero decir es que desde la izquierda no hemos podido, ni sabido ni querido disputar el debate sobre la renovación pedagógica y los procesos de selección de los profesores y la evaluación durante la carrera docente. La derecha se ha apropiado de él y lo ha deformado hasta convertirlo en un infierno mercantilizador, en un purgatorio meritocrático o, en el mejor de los casos, en un delirio de innovación educativa lisérgica llena de post-its de colorines, flipped clasrooms y toneladas de dispositivos digitales. Nos hemos atrincherado en la idea de que todo está bien y sólo necesitamos más dinero. O bien de que todo está mal pero que sólo se podrá empezar a solucionar cuando haya más dinero. Es una estrategia políticamente suicida.

La derecha ha sabido construir un proyecto educativo capaz de interpelar a una mayoría social a partir de dos ingredientes básicos. En primer lugar, la retórica de la excelencia. Frente al antiguo énfasis en la universalidad, el valor dominante en la ideología educativa contemporánea es la calidad, que se desarrolla a través de la innovación educativa y el desarrollo de habilidades apreciadas por el mercado, sobre todo, tecnologías e idiomas. En el fondo, es un mecanismo de emulación de las clases altas, un sucedáneo low cost de los mecanismos de distinción educativa de las élites. El segundo ingrediente del proyecto pedagógico dominante es la aconflictividad. La educación se presenta como un mecanismo de mejora social consensual, que no exige enfrentamientos entre grupos sociales: no hay conflicto entre el Colegio Estudio y los centros públicos de Villaverde, todos estamos en el mismo barco de la innovación y la igualdad de oportunidades.

La aceptación popular de este programa ha redefinido completamente el campo pedagógico y ha paralizado a la izquierda educativa. Cuando viene alguien que no ha pisado un aula en su vida a hablarme de gamificación e innovación docente infantilizadora me subo por las paredes, como muchos de mis compañeros. Pero, seamos honestos, ¿qué soluciones alternativas ofrecemos a los problemas que explotan los profetas de la excelencia?¿Relatos de realismo social a lo Tavernier sobre lo que pasa de verdad en las aulas? ¿Recuerdos de las maestras de la República?

La verdad es que no tenemos ninguna propuesta consensuada o al menos ampliamente compartida de procedimientos de selección, formación y evaluación del profesorado eficaces distintos de los que proponen los conservadores, como si la figura del funcionariado napoleónico fuera nuestro único horizonte normativo. No hemos sido capaces de diseñar un modelo eficaz de carrera docente regido por principios igualitaristas y cooperativos antes que meritocráticos y autoritarios. No tenemos un modelo de gestión y supervisión que permita a directores e inspectores hacer su trabajo rindiendo cuentas de forma periódica y transparente ante una comunidad educativa que avale, o no, su autoridad. No disponemos de una propuesta para interpelar a familias y estudiantes en términos cooperativos, superando tanto el paternalismo burocrático como las relaciones basadas en la sospecha permanente.

Nada de ello es ciencia ficción. En buena medida, los programas de innovación docente centrados en la excelencia se han elaborado saqueando y desfigurando las propuestas de  movimientos de renovación pedagógica que fueron la seña distintiva de la izquierda educativa hasta no hace tanto. Existen experiencias exitosas de grupos de estudio autoorganizados por parte de los estudiantes y familias como alternativa a las clases particulares privadas y la avalancha de deberes. Hay métodos razonables de evaluación no jerárquica: por ejemplo, los profesores podemos visitar regularmente las clases de nuestros colegas y dedicar algún tiempo a discutir y poner en común lo que hemos observado. Los estudiantes y las familias podrían participar –al menos como observadores– en los procesos de selección y evaluación… Y, sí, necesitamos también algún mecanismo justo, garantista y prudente para apartar de la docencia a un puñado de profesores catastróficos que carecen de cualquier tipo de habilidad docente o incluso de interés en la enseñanza.

 

Diez años en huelga. En recuerdo de las trabajadoras de IKE

IKE extrabajadores.-gijon 11.5.2015
foto de p. citoula

 

Entre 1984 y 1994, las trabajadoras de la fábrica de camisas gijonesa Confecciones Gijón protagonizaron una durísima lucha laboral que no tiene parangón ni siquiera en un contexto tan conflictivo como la reconversión industrial asturiana. A lo largo de una década, se movilizaron sin descanso, enfrentándose a la policía, a los políticos y, en ocasiones, a sus propias familias y a otros sindicalistas. Durante los últimos cuatro años de lucha, permanecieron encerradas en su fábrica. Hace 14 años, desde Ladinamo editamos un bonito libro, coordinado por Carlos Prieto que, entre otras cosas, recogía los testimonios de aquellas trabajadoras. Se titulaba IKE. Retales de la reconversión: Trabajo femenino y conflicto social en la industria textil asturiana y lo puedes descargar aquí.

 

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Reproduzco aquí a continuación el breve prólogo que hice para aquel libro. Fue hace mucho y hoy expresaría algunas cosas de otra forma , pero he preferido dejarlo tal y como se publicó en su momento. 


 

El olor de los neumáticos quemados

 

“La verdad, la primera vez que fui a una de las concentraciones que convocaban las trabajadoras de IKE no sabía gran cosa acerca de aquella fábrica de camisas gijonesa, tan sólo que era otra empresa que cerraba en una época en la que eso no era noticia en Asturias. A modo de excusa debo aclarar que debió ser hacia 1989, que yo tenía quince años y que, en rigor, no sabía gran cosa acerca de nada. Así que ni siquiera podría decir si el resto de los que por allí rondaban se quedaron tan estupefactos como yo cuando aparecieron unas cuantas señoras vestidas con falda y tacones, bien maquilladas y con aquellos fascinantes peinados de los años ochenta; cargaban con un montón de neumáticos que procedieron a incendiar en medio de la carretera.

De lo único de lo que estoy seguro es de que aquellas mujeres me enseñaron una lección que nunca he olvidado: para iniciar una revuelta, para enfrentarse a los empresarios, a la policía, a los políticos y a los jueces no hace falta nada más que estar dispuesto a hacerlo. La mayoría de nosotros vivimos postergando continuamente la toma de aquellas decisiones que consideramos correctas: lo haríamos si tuviéramos un empleo estable, si fuéramos más fuertes, si no tuviéramos nada que perder… En ese sentido, es imprescindible aclarar que el mérito de las mujeres de IKE no fue proponer una forma de lucha sindical más o menos naif (algo así como: “La revolución llegará en tacones”). Más bien ofrecieron un ejemplo difícilmente superable de voluntad, constancia y valor, cualidades que les permitieron protagonizar acciones durísimas a lo largo de toda una década (1984- 1994) y soportar un alucinante encierro en su fábrica que se prolongó durante cuatro años. Nadie debería llamarse a engaño. Las trabajadoras de IKE no se limitaron a seguir los pasos de sus colegas varones en otros sectores industriales. Muy al contrario. La mayor parte de la Reconversión Industrial que marcó la década de los ochenta y condenó a Asturias a malvivir del sector terciario discurrió con una notable mesura fatalista. Los actos de resistencia –algunas movilizaciones en las cuencas mineras, alguna huelga general…– estuvieron muy limitados en el tiempo y fueron, antes que cualquier otra cosa, demostraciones de fuerza que permitieron a los grandes sindicatos reforzar su posición en la mesa de negociaciones en la que se firmó la prejubilación de los adultos y el destierro de los jóvenes. Ni siquiera uno de los pocos auténticos espacios de resistencia industrial que se ha mantenido a lo largo de los años –el sector naval– puede compararse con la batalla de IKE.

En primer lugar, las trabajadoras de IKE tuvieron que empezar desde el principio. Se trataba de una fábrica con muy escasa tradición sindical y en la que las relaciones de poder se articulaban a través de tupidas redes de dependencia personal. Muchas de las trabajadoras procedían de la zona rural asturiana de la que era oriundo el propietario de la empresa y tuvieron que realizar un considerable esfuerzo para asumir posiciones reivindicativas. Por eso, la historia de IKE es también la crónica de una auténtica transformación personal, de una toma de conciencia de las obreras de esta fábrica como trabajadoras y como mujeres. Pero, en segundo lugar, tampoco resulta fácil encontrar un parangón con las movilizaciones de IKE. Sin duda los empleados de los astilleros han organizado algunas de las mayores batallas campales que se han visto en Europa en los últimos tiempos. Sin duda las huelgas mineras asturianas generaron un sentimiento de simpatía que las aproximó al levantamiento popular. Nada de eso se puede comparar con la firmeza que permitió a las trabajadoras de IKE soportar una década de movilizaciones ininterrumpidas: desde asaltar un barco mercante hasta despertar a diario al presidente autonómico, desde encerrarse en embajadas extranjeras a conseguir un burro al que pasear en una manifestación con un cartel en el que se leía “Administración”, desde poner barricadas hasta crear un partido para presentarse a las elecciones municipales, desde utilizar agujas de coser de tamaño industrial para defenderse de los antidisturbios hasta organizar un sistema de convivencia que les permitió vivir cuatro años en una fábrica sin agua corriente ni calefacción.

Las cifras sobre el papel engañan. Cuatro años se pierden en un suspiro. Una década en un titular. Piense usted en lo que ha hecho en los últimos cuatro años. A continuación imagínese haber pasado todo ese tiempo viviendo en una fábrica destartalada, cada vez con menos apoyos, cada vez viendo más lejana la salida. No sé qué clase de personas son capaces de aguantar algo así pero las trabajadoras de IKE, o al menos algunas de ellas, lo hicieron. Esta asombrosa prolongación del conflicto hace más difícil su valoración. Los recuerdos se convierten inmediatamente en trazos impresionistas difíciles de reunir en un relato coherente: algunas fiestas de nochevieja en la fábrica, la organización de una tienda de camisas autogestionada para recaudar fondos, la polémica que generó la candidatura de las trabajadoras a las elecciones municipales, la Plaza del Ayuntamiento de Gijón llena de antidisturbios con perros policía durante una manifestación… ¿Concluyó la lucha de IKE con una victoria o con una derrota? ¿Qué recibieron estas mujeres? ¿Apoyo y solidaridad o indiferencia y traición? Probablemente un poco de todo. El problema, en parte, es que a lo largo de veinte años las cosas han cambiado mucho y lo que en 1984 hubiese sido un fracaso, en 1993 era casi una victoria y la solidaridad que hace dos décadas hubiera parecido un chiste, hoy más bien sería un milagro.

Además, sería sumamente injusto considerar la lucha de IKE sólo en términos de heroísmo y condenar a sus protagonistas a los sinsabores del recuerdo y el homenaje. En realidad, estas mujeres nos han legado un auténtico manual de instrucciones para actuar en el nuevo (y a la vez tan antiguo) capitalismo global de las empresas de trabajo temporal y los contratos por obra. La situación de desmovilización que caracterizaba su fábrica y la discriminación que sufrían como mujeres constituye una especie de anticipo del ambiente que hoy se ha extendido a todo el mercado laboral. Estas mujeres, como ellas mismas señalaron a menudo, vieron ante sus ojos el fin del trabajo estable al que habían dedicado su vida a cambio de una miseria y el inicio de la miseria sin más, vivieron en sus propias carnes el fin de un modo de vida articulado en torno al taller y fueron lanzadas a las procelosas aguas de un nuevo y feroz mercado laboral en el que siempre acecha el peligro de la marginalidad… De algún modo la habilidad de las trabajadoras de IKE para concienciarse y organizarse en apenas unos meses y luchar durante años nos da esperanzas a quienes padecemos el nuevo infierno laboral. Al oírlas hablar uno casi vuelve a percibir el olor de los neumáticos ardiendo”.

 

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Algunos de los ensayos publicados en 2017 que más me han interesado

China Miéville. Octubre. La historia de la revolución rusa (Akal)

Marina Garcés. Nueva ilustración radical (Anagrama)

Emilio Gancedo. Palabras mayores. Un viaje por la memoria rural (Pepitas de Calabaza)

Humberto Beck. Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich (Malpaso)

Mark Lilla. La mente naufragada (Debate)

Martha Rossler. Clase cultural. Arte y gentrificación (Caja Negra)

Matthew Desmond. Desahuciadas. Pobreza y lucro en la ciudad del siglo XXI (Capitán Swing)

Emilio Santiago Muiño. Opción Cero. El reverdecimiento forzoso de la Revolución cubana (Los Libros de la Catarata)

Rebecca Solnit. Esperanza en la oscuridad. La historia jamás contada del poder de la gente (Capitán Swing)