Mi entrevista con Alberto Méndez

A mediados de diciembre de 2004, apenas dos semanas antes de la muerte de Alberto Méndez, coincidí con el filósofo Paco Fernández Buey en un homenaje a Manuel Sacristán que se celebró en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Al terminar el coloquio estuvimos hablando de libros. Estaba entusiasmado, me dijo, con dos novelas españolas sobre la dictadura franquista. Una era El vano ayer, de Isaac Rosa; la otra Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. Me hizo gracia porque yo había entrevistado a ambos para Ladinamo, una revista cultural gratuita sin grandes pretensiones. De hecho, durante mucho tiempo fue mi texto más leído y citado. Nunca me hice muchas ilusiones: no era una entrevista particularmente buena, sencillamente fue la única que llegó a conceder Méndez antes de morir.

“¿Has conocido a Alberto?”, me preguntó riendo Paco. Eran amigos: habían coincidido en Barcelona, en los años setenta. De hecho, me explicó, Méndez había sido el cofundador de Ciencia Nueva y uno de los responsables de Grijalbo, dos de los sellos en los que Manuel Sacristán desarrolló una importante labor editorial.

En realidad, no me sorprendió mucho. Cuando le entrevisté, unos seis meses antes, habíamos terminado conversando, ya con la grabadora apagada, sobre la obra de Sacristán. Él me estaba hablando de la impronta del franquismo en la literatura y yo le comenté que me parecía aún más importante en el campo del ensayo. España es uno de los pocos países del mundo donde sus mejores ensayistas han escrito de espaldas a la universidad: Machado, Zambrano, Bergamín, Ferlosio y, por supuesto, Sacristán. Méndez no me dijo que había formado parte del círculo intelectual de este último, pero era evidente que conocía muy bien su trabajo filosófico. Incluso llegó a sacar de una estantería un ejemplar de su edición de Panfletos y materiales para leerme algún pasaje.

“Alberto tenía un extraño sentido del humor”, me explicó Paco Fernández Buey cuando hablamos, meses después. “Un día subíamos a su casa de Barcelona en el ascensor él, su hijo y yo. En el último momento entró también un mando militar vestido de uniforme. El niño lo miró y dijo: ‘Papá, ¿son estos los militares que dices que son unos asesinos?’. Yo empecé a sudar, ya nos veía a todos en comisaría. Pero Alberto lo arregló respondiendo muy tranquilo: ‘No hijo. Yo he dicho que algunos militares son unos asesinos, pero no sabemos si este señor lo es’”.

Aquella historia me recordó el motivo por el que Los girasoles ciegos me impacto desde el primer momento. Estaba en una librería de mi barrio ojeando las novedades que habían aparecido en la bajamar editorial postnavideña. Abrí aquel libro y leí en la primera página lo que escribe el capitán Alegría: “Aunque todas las guerras se pagan con muertos, hace tiempo que luchamos por usura. Tendremos que elegir entre ganar una guerra o conquistar un cementerio”. Parecía una respuesta a la cita con la que concluye El eclipse de la fraternidad, un ensayo de Antoni Domènech, otro discípulo de Sacristán, editado también en 2004, casi a la vez que Los girasoles ciegos. Se trata de una declaración de Gonzalo de Aguilera, el militar franquista encargado de las relaciones con la prensa extranjera durante la guerra civil: “Tenemos que matar, matar y matar, ¿sabe usted? Son como animales, ¿sabe? Y no cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas y piojos portadores de la peste. Ahora espero que comprenda usted qué es lo que entendemos por regeneración de España… Nuestro programa consiste… en exterminar un tercio de la población masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado”.

La verdad es que nunca me ha entusiasmado la literatura española sobre la Guerra Civil. Muchas de esas novelas me resultan simpáticas, claro. Y algunas tienen personajes interesantes y argumentos sólidos. Pero es como si quedaran cortocircuitadas literariamente por las buenas intenciones y la sedimentación de relatos hegemónicos que pesan como una losa. Con Los girasoles ciegos pasa un poco al revés. Más allá de cualquier cuestión moral, histórica o ideológica es una novela atravesada por una cólera descomunal, una ira bíblica que se transforma en un vendaval literario. Me recordó un poco a Michael Kohlhaas.

Los girasoles ciegos es uno de los libros menos conciliadores que he leído en mi vida. Y eso, en 2004, era potencialmente subversivo. En aquellos años el debate sobre la memoria histórica había llegado a tener una cierta visibilidad pública. Desde la izquierda institucional se propuso una intervención que cuestionaba en términos simbólicos el relato de los vencedores del golpe de Estado de 1936 pero dejaba incólume el mito de la reconciliación en la transición a la democracia. Tal vez por eso se produjo un eficaz contraataque revisionista, una reivindicación de figuras del régimen franquista como Sánchez Mazas o Rodríguez Ridruejo en novelas como Soldados de Salamina, de Javier Cercas, o ensayos como La resistencia silenciosa, de Jordi Gracia, que obtuvo el Premio Anagrama ese mismo año.

Tardé varios meses en conseguir que Alberto Méndez me recibiera. Su editorial me facilitó una dirección de correo electrónico. No respondió a mi primer mensaje en el que le solicitaba una entrevista, así que al cabo de unos días le envié un segundo email. Esta vez sí contestó pero sólo para indicarme que en aquel momento le resultaba imposible, tal vez más adelante… Imagino que no pensó que me lo fuera a tomar literalmente. Al cabo de unas semanas insistí. No recuerdo cuántos mensajes más le envié pero probablemente fueran unos cuantos porque cuando finalmente me recibió en su casa, en la primavera de 2004, le di las gracias y me contestó riendo: “Bueno, la verdad es que te lo has currado”. Por aquel entonces Alberto Méndez ya estaba gravemente enfermo, aunque yo no tenía ni idea. Tome por serenidad lo que seguramente fuera cansancio y malestar.

La pandemia capitalista en Rusia, según Therborn

“Tras alcanzar los niveles de Occidente en la década de los cincuenta y comienzos de los sesenta, la situación de la salud en la Unión Soviética y Europa oriental se había estancado, o incluso deteriorado, en algunos países, incluida Rusia. Pero la restauración del capitalismo supuso un incremento repentino de la mortalidad. La tasa homologada de muertes entre los hombres rusos mayores de 16 años aumentó un 49 por ciento entre 1988-1989 y 1993-1994, y entre las mujeres un 24 por ciento.

La cifra de cuatro millones de muertes adicionales como consecuencia del retorno al capitalismo en los noventa calculada por Marmot es considerablemente inferior a los efectos letales de la colectivización estalinista de los años treinta, cuyas estimaciones más ajustadas se aproximan a los 9 millones para el periodo 1927-1936, que tuvo un efecto especialmente devastador en Kazajistán y en Ucrania. No obstante, en lo que respecta a Rusia, la tragedia de la colectivización de los treinta y la privatización de los noventa son comparables. Desde 1930-1931 hasta 1933 la tasa de mortalidad (bruta) rusa aumentó un 49,5 por ciento, es decir, prácticamente lo mismo que sesenta años más tarde”

Göran Therborn, La desigualdad mata (Madrid, Alianza, 2015, p. 18)