Los dilemas de la enseñanza pública: más allá de los recortes

Uno de los efectos más perniciosos de los ataques neoliberales a la educación pública es que ha generado entre el profesorado una dinámica reactiva de atrincheramiento corporativo. De modo que cualquier diagnóstico de los dilemas de la enseñanza pública es interpretado en términos de complicidad con la privatización.

En España el porcentaje del PIB destinado a educación ha pasado del 5,1 al 3,8%. Tenemos pocos profesores, mal pagados, en situaciones laborales precarias –más del 25% son interinos–, con gran cantidad de tareas que atender, abrumados por la irracionalidad burocrática y obligados a atender a familias y alumnos que atraviesan situaciones económicas y sociales muy difíciles. Todo ello es cierto y cualquier análisis que lo olvide estará inevitablemente sesgado. Ahora bien, los desafíos de la educación pública no se limitan, ni por lo más remoto, a la falta de financiación. En todos los tramos de la educación se da una manifiesta desmotivación de una parte del profesorado y fallos garrafales en los sistemas de reclutamiento y evaluación, en el aprendizaje y el uso de herramientas pedagógicas o en las estrategias para implicar a las familias en la creación de una comunidad educativa digna de tal nombre.

Obviamente esta es una generalización injusta. En primer lugar, porque se va acentuando a lo largo del trayecto educativo: las cosas funcionan mucho mejor en las escuelas infantiles y en primaria que en secundaria o en la universidad. En segundo lugar, porque existen en nuestro país experiencias realmente asombrosas de innovación pedagógica en la educación pública, muchas de ellas con el mérito añadido de desarrollarse en entornos sociales muy difíciles. El problema es que son experiencias heroicas basadas en la entrega de profesores extraordinarios que, por eso mismo, no tienen ninguna posibilidad de generalizarse, normalizarse e implantarse institucionalmente.

Lo característico de la docencia en la educación pública española no es tanto que los profesores lo hagamos mal como que da igual que lo hagamos bien o mal. Como profesor universitario no dejará de sorprenderme que ningún miembro de la administración –ni en el momento de mi contratación ni posteriormente– me haya observado impartir clase, o sea, el trabajo por el que me pagan. En todos los tramos de la enseñanza los profesores tóxicos, realmente irrecuperables, son una pequeña minoría, pero tienen la seguridad de que su puesto de trabajo no peligra. En realidad, es mucho más grave el efecto de esta indiferencia sobre los buenos profesores, que sienten que no hay el menor reconocimiento institucional a su esfuerzo, al contrario, a menudo perciben más bien hostilidad.

Me molesta profundamente reconocerlo, pero todo indica que en la educación concertada esto ocurre en menor medida. El miedo al despido de los profesores de la enseñanza concertada genera una orientación al cliente que finalmente se traduce en algo parecido a una orientación al alumno, tal vez epidérmica pero real. Por eso en una parte significativa de los colegios concertados –no sólo los laicos– se emplean técnicas pedagógicas más ricas, los profesores están más concienciados de su propia formación profesional y las familias están más implicadas en la vida del centro. Es una descripción, de nuevo, muy antipática y sesgada pero creo que se aproxima bastante a la realidad o, al menos, ayuda a señalar un problema real. Desde luego, la motivación basada en el temor a perder el empleo es infinitamente peor que la motivación intrínseca relacionada con la vocación profesional y la lealtad institucional, pero seguramente es mejor que ninguna motivación.

Lo que quiero decir es que desde la izquierda no hemos podido, ni sabido ni querido disputar el debate sobre la renovación pedagógica y los procesos de selección de los profesores y la evaluación durante la carrera docente. La derecha se ha apropiado de él y lo ha deformado hasta convertirlo en un infierno mercantilizador, en un purgatorio meritocrático o, en el mejor de los casos, en un delirio de innovación educativa lisérgica llena de post-its de colorines, flipped clasrooms y toneladas de dispositivos digitales. Nos hemos atrincherado en la idea de que todo está bien y sólo necesitamos más dinero. O bien de que todo está mal pero que sólo se podrá empezar a solucionar cuando haya más dinero. Es una estrategia políticamente suicida.

La derecha ha sabido construir un proyecto educativo capaz de interpelar a una mayoría social a partir de dos ingredientes básicos. En primer lugar, la retórica de la excelencia. Frente al antiguo énfasis en la universalidad, el valor dominante en la ideología educativa contemporánea es la calidad, que se desarrolla a través de la innovación educativa y el desarrollo de habilidades apreciadas por el mercado, sobre todo, tecnologías e idiomas. En el fondo, es un mecanismo de emulación de las clases altas, un sucedáneo low cost de los mecanismos de distinción educativa de las élites. El segundo ingrediente del proyecto pedagógico dominante es la aconflictividad. La educación se presenta como un mecanismo de mejora social consensual, que no exige enfrentamientos entre grupos sociales: no hay conflicto entre el Colegio Estudio y los centros públicos de Villaverde, todos estamos en el mismo barco de la innovación y la igualdad de oportunidades.

La aceptación popular de este programa ha redefinido completamente el campo pedagógico y ha paralizado a la izquierda educativa. Cuando viene alguien que no ha pisado un aula en su vida a hablarme de gamificación e innovación docente infantilizadora me subo por las paredes, como muchos de mis compañeros. Pero, seamos honestos, ¿qué soluciones alternativas ofrecemos a los problemas que explotan los profetas de la excelencia?¿Relatos de realismo social a lo Tavernier sobre lo que pasa de verdad en las aulas? ¿Recuerdos de las maestras de la República?

La verdad es que no tenemos ninguna propuesta consensuada o al menos ampliamente compartida de procedimientos de selección, formación y evaluación del profesorado eficaces distintos de los que proponen los conservadores, como si la figura del funcionariado napoleónico fuera nuestro único horizonte normativo. No hemos sido capaces de diseñar un modelo eficaz de carrera docente regido por principios igualitaristas y cooperativos antes que meritocráticos y autoritarios. No tenemos un modelo de gestión y supervisión que permita a directores e inspectores hacer su trabajo rindiendo cuentas de forma periódica y transparente ante una comunidad educativa que avale, o no, su autoridad. No disponemos de una propuesta para interpelar a familias y estudiantes en términos cooperativos, superando tanto el paternalismo burocrático como las relaciones basadas en la sospecha permanente.

Nada de ello es ciencia ficción. En buena medida, los programas de innovación docente centrados en la excelencia se han elaborado saqueando y desfigurando las propuestas de  movimientos de renovación pedagógica que fueron la seña distintiva de la izquierda educativa hasta no hace tanto. Existen experiencias exitosas de grupos de estudio autoorganizados por parte de los estudiantes y familias como alternativa a las clases particulares privadas y la avalancha de deberes. Hay métodos razonables de evaluación no jerárquica: por ejemplo, los profesores podemos visitar regularmente las clases de nuestros colegas y dedicar algún tiempo a discutir y poner en común lo que hemos observado. Los estudiantes y las familias podrían participar –al menos como observadores– en los procesos de selección y evaluación… Y, sí, necesitamos también algún mecanismo justo, garantista y prudente para apartar de la docencia a un puñado de profesores catastróficos que carecen de cualquier tipo de habilidad docente o incluso de interés en la enseñanza.

 

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Diez años en huelga. En recuerdo de las trabajadoras de IKE

IKE extrabajadores.-gijon 11.5.2015
foto de p. citoula

 

Entre 1984 y 1994, las trabajadoras de la fábrica de camisas gijonesa Confecciones Gijón protagonizaron una durísima lucha laboral que no tiene parangón ni siquiera en un contexto tan conflictivo como la reconversión industrial asturiana. A lo largo de una década, se movilizaron sin descanso, enfrentándose a la policía, a los políticos y, en ocasiones, a sus propias familias y a otros sindicalistas. Durante los últimos cuatro años de lucha, permanecieron encerradas en su fábrica. Hace 14 años, desde Ladinamo editamos un bonito libro, coordinado por Carlos Prieto que, entre otras cosas, recogía los testimonios de aquellas trabajadoras. Se titulaba IKE. Retales de la reconversión: Trabajo femenino y conflicto social en la industria textil asturiana y lo puedes descargar aquí.

 

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Reproduzco aquí a continuación el breve prólogo que hice para aquel libro. Fue hace mucho y hoy expresaría algunas cosas de otra forma , pero he preferido dejarlo tal y como se publicó en su momento. 


 

El olor de los neumáticos quemados

 

“La verdad, la primera vez que fui a una de las concentraciones que convocaban las trabajadoras de IKE no sabía gran cosa acerca de aquella fábrica de camisas gijonesa, tan sólo que era otra empresa que cerraba en una época en la que eso no era noticia en Asturias. A modo de excusa debo aclarar que debió ser hacia 1989, que yo tenía quince años y que, en rigor, no sabía gran cosa acerca de nada. Así que ni siquiera podría decir si el resto de los que por allí rondaban se quedaron tan estupefactos como yo cuando aparecieron unas cuantas señoras vestidas con falda y tacones, bien maquilladas y con aquellos fascinantes peinados de los años ochenta; cargaban con un montón de neumáticos que procedieron a incendiar en medio de la carretera.

De lo único de lo que estoy seguro es de que aquellas mujeres me enseñaron una lección que nunca he olvidado: para iniciar una revuelta, para enfrentarse a los empresarios, a la policía, a los políticos y a los jueces no hace falta nada más que estar dispuesto a hacerlo. La mayoría de nosotros vivimos postergando continuamente la toma de aquellas decisiones que consideramos correctas: lo haríamos si tuviéramos un empleo estable, si fuéramos más fuertes, si no tuviéramos nada que perder… En ese sentido, es imprescindible aclarar que el mérito de las mujeres de IKE no fue proponer una forma de lucha sindical más o menos naif (algo así como: “La revolución llegará en tacones”). Más bien ofrecieron un ejemplo difícilmente superable de voluntad, constancia y valor, cualidades que les permitieron protagonizar acciones durísimas a lo largo de toda una década (1984- 1994) y soportar un alucinante encierro en su fábrica que se prolongó durante cuatro años. Nadie debería llamarse a engaño. Las trabajadoras de IKE no se limitaron a seguir los pasos de sus colegas varones en otros sectores industriales. Muy al contrario. La mayor parte de la Reconversión Industrial que marcó la década de los ochenta y condenó a Asturias a malvivir del sector terciario discurrió con una notable mesura fatalista. Los actos de resistencia –algunas movilizaciones en las cuencas mineras, alguna huelga general…– estuvieron muy limitados en el tiempo y fueron, antes que cualquier otra cosa, demostraciones de fuerza que permitieron a los grandes sindicatos reforzar su posición en la mesa de negociaciones en la que se firmó la prejubilación de los adultos y el destierro de los jóvenes. Ni siquiera uno de los pocos auténticos espacios de resistencia industrial que se ha mantenido a lo largo de los años –el sector naval– puede compararse con la batalla de IKE.

En primer lugar, las trabajadoras de IKE tuvieron que empezar desde el principio. Se trataba de una fábrica con muy escasa tradición sindical y en la que las relaciones de poder se articulaban a través de tupidas redes de dependencia personal. Muchas de las trabajadoras procedían de la zona rural asturiana de la que era oriundo el propietario de la empresa y tuvieron que realizar un considerable esfuerzo para asumir posiciones reivindicativas. Por eso, la historia de IKE es también la crónica de una auténtica transformación personal, de una toma de conciencia de las obreras de esta fábrica como trabajadoras y como mujeres. Pero, en segundo lugar, tampoco resulta fácil encontrar un parangón con las movilizaciones de IKE. Sin duda los empleados de los astilleros han organizado algunas de las mayores batallas campales que se han visto en Europa en los últimos tiempos. Sin duda las huelgas mineras asturianas generaron un sentimiento de simpatía que las aproximó al levantamiento popular. Nada de eso se puede comparar con la firmeza que permitió a las trabajadoras de IKE soportar una década de movilizaciones ininterrumpidas: desde asaltar un barco mercante hasta despertar a diario al presidente autonómico, desde encerrarse en embajadas extranjeras a conseguir un burro al que pasear en una manifestación con un cartel en el que se leía “Administración”, desde poner barricadas hasta crear un partido para presentarse a las elecciones municipales, desde utilizar agujas de coser de tamaño industrial para defenderse de los antidisturbios hasta organizar un sistema de convivencia que les permitió vivir cuatro años en una fábrica sin agua corriente ni calefacción.

Las cifras sobre el papel engañan. Cuatro años se pierden en un suspiro. Una década en un titular. Piense usted en lo que ha hecho en los últimos cuatro años. A continuación imagínese haber pasado todo ese tiempo viviendo en una fábrica destartalada, cada vez con menos apoyos, cada vez viendo más lejana la salida. No sé qué clase de personas son capaces de aguantar algo así pero las trabajadoras de IKE, o al menos algunas de ellas, lo hicieron. Esta asombrosa prolongación del conflicto hace más difícil su valoración. Los recuerdos se convierten inmediatamente en trazos impresionistas difíciles de reunir en un relato coherente: algunas fiestas de nochevieja en la fábrica, la organización de una tienda de camisas autogestionada para recaudar fondos, la polémica que generó la candidatura de las trabajadoras a las elecciones municipales, la Plaza del Ayuntamiento de Gijón llena de antidisturbios con perros policía durante una manifestación… ¿Concluyó la lucha de IKE con una victoria o con una derrota? ¿Qué recibieron estas mujeres? ¿Apoyo y solidaridad o indiferencia y traición? Probablemente un poco de todo. El problema, en parte, es que a lo largo de veinte años las cosas han cambiado mucho y lo que en 1984 hubiese sido un fracaso, en 1993 era casi una victoria y la solidaridad que hace dos décadas hubiera parecido un chiste, hoy más bien sería un milagro.

Además, sería sumamente injusto considerar la lucha de IKE sólo en términos de heroísmo y condenar a sus protagonistas a los sinsabores del recuerdo y el homenaje. En realidad, estas mujeres nos han legado un auténtico manual de instrucciones para actuar en el nuevo (y a la vez tan antiguo) capitalismo global de las empresas de trabajo temporal y los contratos por obra. La situación de desmovilización que caracterizaba su fábrica y la discriminación que sufrían como mujeres constituye una especie de anticipo del ambiente que hoy se ha extendido a todo el mercado laboral. Estas mujeres, como ellas mismas señalaron a menudo, vieron ante sus ojos el fin del trabajo estable al que habían dedicado su vida a cambio de una miseria y el inicio de la miseria sin más, vivieron en sus propias carnes el fin de un modo de vida articulado en torno al taller y fueron lanzadas a las procelosas aguas de un nuevo y feroz mercado laboral en el que siempre acecha el peligro de la marginalidad… De algún modo la habilidad de las trabajadoras de IKE para concienciarse y organizarse en apenas unos meses y luchar durante años nos da esperanzas a quienes padecemos el nuevo infierno laboral. Al oírlas hablar uno casi vuelve a percibir el olor de los neumáticos ardiendo”.

 

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El prólogo de “Gamonal, la historia desde abajo”

Marcos Erro García y José Medina Mateos han escrito un libro buenísimo sobre el barrio de Gamonal titulado Gamonal, la historia desde abajo en el que he tenido la oportunidad de participar con esta breve presentación. Mi texto no está ni de lejos a la altura del ensayo que prologa, pero he pensado que a lo mejor reproducirlo aquí ayuda a difundir un libro que realmente merece la pena.

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Los surcos de John Berger

Hace diez años edité el catálogo de una exposición de John Berger y Marisa Camino en el Círculo de Bellas Artes. Recuerdo que cuando terminamos Berger nos pidió el nombre de todas las personas que habían participado en el montaje de la muestra. En el discurso de inauguración, un acto multitudinario en el que, además, se le entregaba la medalla de la institución, mencionó y dio las gracias a todas y cada una de ellas, desde los carpinteros a la maquetista pasando por las empleadas de limpieza. Esto es lo que escribí después en la revista Minerva.

Los surcos de John Berger

Publicado originalmente en Minerva nº 5, 2007

 

La primera novela de John Berger, Un pintor de hoy, resulte muy equívoca. Se trata de un libro fascinante que muy fácilmente podría haberse convertido bien en una oda reaccionaria a la autenticidad de la creación artística tradicional, bien en un elogio de las virtudes estéticas del Pacto de Varsovia. Esta última fue precisamente la recepción dominante de esta obra, que muchos lectores de un amplio espectro ideológico consideraron un augurio esperanzado del inminente desfile de tanques soviéticos por Charing Cross Road. Un pintor de hoy cuenta la desaparición de Janos Lavin, un artista húngaro afincado en Londres que regresa a su país durante la revuelta de 1956. El narrador, un inglés amigo del pintor, admite que no sabe de qué parte se pondría Janos Lavin, aunque le «gustaría pensar que, de seguir vivo, apoyaría al gobierno de Kadar». Esta frase final, hoy apenas un apunte historiográfico pintoresco, se leyó en 1958 como una clara muestra de apoyo al culto a la personalidad, los planes quinquenales y el lysenkismo, hasta el punto de que el editor llegó a retirar la novela del mercado. Años después, Berger negaría taxativamente su predilección por los paisajes siberianos: «Lo irónico es que en 1968, cuando entraron los tanques, yo estaba en Praga con mensajes de apoyo de Occidente para los partidarios de Dubcˇek», experiencia que reaparece en Tras la boda, una novela de 1995 en la que se reivindica a Kautsky y un personaje llega a afirmar: «Para que algo esté muerto, tiene que haber estado vivo antes. Y éste no fue el caso del comunismo». Aún así, hay que reconocer que Un pintor de hoy abunda en frases que parecen sacadas de un sueño húmedo macartista: «Los amigos y los enemigos del artista y del comunista siempre son los mismos, en todos los países», «Vivo y trabajo en pos de una sociedad en la […] que todos los artistas sean básicamente artesanos». En realidad, Un pintor de hoy es primeramente una reflexión acerca de la dimensión trágica que a lo largo del siglo xx tuvo la vivencia personal de las políticas emancipatorias –Berger había abandonado el arte, según sus propias palabras, «porque pintar cuadros no era una manera lo suficientemente directa de luchar contra las armas nucleares»–. El libro recoge el drama de alguien conmocionado por la toma de partido en un momento en el que parecía inminente un enfrentamiento nuclear, y sólo en segundo lugar es un análisis de la relación entre arte y política, un asunto del que, por otro lado, Berger se ha ocupado con cierta asiduidad. Así, en Páginas de la herida escribía: «Todos los artistas modernos han creído que sus innovaciones ofrecían una visión más próxima a la realidad, una manera de hacer la realidad más evidente. Es aquí, y solamente aquí, donde el artista moderno y el revolucionario se han encontrado, a veces, codo con codo».

La relación de Berger con el mundo del arte se mantuvo a lo largo de los años sesenta a través de una serie de ensayos, algunos de ellos, como su texto sobre Picasso, muy polémicos. Pero fue en 1972 cuando alcanzó auténtica notoriedad como teórico del arte gracias al programa de televisión más benjaminiano que se ha emitido jamás. El resultado se plasmó en un libro, Modos de ver, que se convirtió en obra de referencia para varias generaciones de estudiantes y que ha tenido una extensa continuación: desde la lúcida erudición, libre de engolamiento, de Mirar o El sentido de la vista, a la crítica de la hipertrofia visual de Algunos pasos hacia una teoría de lo visible, pasando por la beligerancia de El tamaño de una bolsa –donde Berger compara minuciosamente El jardín de las delicias de El Bosco con un comunicado del EZLN– o incluso una obra de teatro como El último retrato de Goya. Aunque en todos estos textos Berger reflexiona abundantemente sobre el sentido de la vista –«lo que interesa al artista es el proceso de hacerse visible lo visible, antes de que la cosa vista haya recibido un nombre o adquirido un valor», escribe en Algunos pasos…–, Modos de ver tiene un encanto especial. Tal vez su secreto sea su total carencia de ironía. Una característica de toda la escritura de Berger es que resulta rabiosamente contemporánea y, sin embargo, está indemne de esa tristitiadesencantada y olímpica que se ha convertido en santo y seña de la postmodernidad. En Modos de ver, Berger muestra la complejidad estética, moral y política de las obras de arte heredadas del pasado, disecciona los efectos de los medios de comunicación de masas y abomina de la publicidad, pero todo ello desde una especie de jovialidad contagiosa que invita a volver una y otra vez a las obras de arte sin perderse por los vericuetos de la metateoría. En Aquí nos vemos, su última colección de artículos, explica su secreto: «Fue en el Old Met Music Hall de Edgware Road donde empecé a aprender los rudimentos de la crítica, cómo juzgar los estilos, o su ausencia. Ruskin, Lukács, Berenson, Benjamin y Wolfflin vendrían después. La formación esencial la recibí en el Old Met, mirando desde el gallinero y rodeado de un público escandaloso, receptivo e implacable, que juzgaba sin piedad a los humoristas, a los acróbatas, a los cantantes, a los ventrílocuos».

Esta vitalidad sanguínea inunda completamente G., algo así como la «contrapartida incongruente» de Un pintor de hoy. Berger entendió que los momentos revolucionarios son terreno abonado para la farsa y la picaresca que, como todo el mundo sabe, son géneros cruentos. Si Un pintor de hoy está impregnada de Nazim Hikmet, G. recuerda poderosamente a Ilia Ehrenburg. El resultado es una novela razonablemente experimental en la que Berger muestra la intromisión de la cotidianidad en el compromiso político y las grandes gestas, el modo en que el gozo y el dolor íntimo entreveran acontecimientos históricos de gran calado. Un hermoso fragmento de Aquí nos vemos acerca de una navaja artesanal rememora el aroma de esta novela: «La peculiaridad de la navaja es que el filo de la hoja es tan romo como el lomo y tiene su mismo grosor. Es una navaja perfectamente hecha para que no corte. La hoja está clausurada. A principios del siglo xx, en el año 1906, cuando las revoluciones y las tropas disparando a las masas estaban a la orden del día en toda la Europa central y oriental, un hombre hizo semejante navaja para que su querida hija no corriera el riesgo de cortarse un dedo». Aunque G. se desarrolla en distintos escenarios de la Europa inmediatamente anterior a la I Guerra Mundial, no es en ningún sentido una novela histórica. En todo caso, es una novela sobre la cantidad de historia que hay que conocer para apreciar el valor de una navaja roma. Tal vez sí sea, en cambio, una novela geográfica, en el sentido de que en ella el continente europeo se resiste a ser un mero telón de fondo y parece exigir a gritos un papel protagonista, mezcla de bufón y asesino en serie. Europa: una de las grandes pasiones de ese tal Berger –campesino de los Alpes franceses, crítico de arte parisino, etnógrafo de los poblados chabolistas alemanes, motorista aficionado a circular a gran velocidad por carreteras polacas…– que presentó veintinueve instantáneas de encuentros europeos en Fotocopias donde, entre otras cosas, se explica el origen de la fotografía que remata Como crece una pluma.

G. obtuvo el Booker Prize y Berger donó la mitad del premio a los Black Panthers. De hecho, pronunció su discurso de agradecimiento acompañado de un miembro de esta organización quien, según cuenta la leyenda, le vio tan enardecido que le susurraba mientras hablaba «Keep it cool, man. Keep it cool». Con la otra mitad del premio financió su propia investigación sobre las condiciones de vida de los inmigrantes en el norte de Europa. El resultado fue Un séptimo hombre, una irrepetible combinación de periodismo, poesía, teoría social, tratado de ética y reportaje fotográfico: «Nunca antes había habido tanta gente desarraigada. La emigración, forzada o escogida, a través de fronteras nacionales o del pueblo a la capital, es la experiencia que mejor define nuestro tiempo, su quintaesencia. El inicio del mercado de esclavos en el siglo xvi profetizaba ya ese transporte de hombres que, a una escala sin precedentes y con un nuevo tipo de violencia, exigirían más tarde la industrialización y el capitalismo». El nervio de Un séptimo hombre es que su vigor formal y ético nunca cae en la estetización de la pobreza o el moralismo. Nos recuerda sin afeites que esos turcos, portugueses, españoles y marroquíes que aparecen en sus imágenes y que hoy resultan tan entrañables con sus bigotitos y sus chaquetas de tergal, en los años setenta eran considerados por los probos europeos como chusma pendenciera, la personificación misma del lumpemproletariado. Resulta difícil sobrevalorar la importancia que tiene en la trayectoria de Berger Un séptimo hombre, un libro que marcó su tránsito al mundo rural y que aún hoy considera su obra más importante. Los rastros se perciben por doquier: el poema que abre la segunda parte de Un séptimo hombre –«Esta ciudad es excepcional. / La construyeron vertical / y no se apoya en la tierra»–, reaparece en Páginas de la herida con el título «Troy» (Troya), que es precisamente el nombre de la ciudad en la que se desarrolla Lila y Flag.

La trilogía De sus fatigas –que incluye Puerca TierraUna vez en Europa y Lila y Flag y cuyo título procede del Evangelio de San Juan («Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de sus fatigas»)– suele ser descrita como una epopeya acerca del paso del campo a la ciudad y la desaparición del modo de vida rural. Lo cual es correcto… hasta cierto punto. Desde otra perspectiva, se podría considerar una versión literaria de la «acumulación originaria», esto es, el proceso histórico que la tradición marxista ha señalado como momento inaugural del capitalismo. Los capítulos que cierran el primer volumen de El capital de Marx no sólo no presentan, como hubiera sido razonable, una síntesis aclaratoria del que probablemente sea el best seller más farragoso de la historia, sino que se recrean en un episodio histórico menor relativo a unos campesinos ingleses del siglo xvi que se vieron expulsados de las tierras que habían ocupado secularmente. En realidad, el objetivo de Marx era explicar las causas de un fenómeno histórico que los economistas liberales habían considerado una feliz coincidencia: que grandes masas de población abandonaran sus ocupaciones agrícolas y comenzaran a ofrecer su fuerza de trabajo en el mercado laboral justo en el momento en que surgían ingentes sumas de capital ávidas de mano de obra. En realidad, según Marx, empresarios y gobernantes se habían esforzado por fomentar este gozoso evento industrializador con métodos poco deportivos, como las leyes de pobres, las expropiaciones o, en contextos tropicales, el puro expolio criminal.

La gracia de la trilogía De sus fatigas es que se sitúa del otro lado de la acumulación originaria, un espacio literalmente despreciado por Engels y, en general, poco o nada frecuentado por el marxismo. Es decir, retrata el proceso no desde la perspectiva de sus resultados sino desde su espalda, desde el pasado. Puerca tierrahabla de los que lograron quedarse o no pudieron irse, sobre quienes siguieron apegados a sus tierras mientras una exótica civilización paralela surgía a pocos kilómetros de sus casas. Una vez en Europa trata de aquellos a los que no obligaron a irse a sangre y fuego, como en las novelas mexicanas de Traven, sino que abandonaron el campo en un melancólico goteo carente de heroicidad. Lila y Flag –como después King– acompaña a los que llegaron a la metrópolis tarde para el fordismo, la escolarización y la seguridad social y justo a tiempo para la cárcel, la delincuencia y la marginación. Y, sin embargo, nos dice Berger en Puerca tierra, en esos millones de cuerpos que se cruzan, solos en la ciudad, aún reverbera una silenciosa inercia milenaria: «Despachar la experiencia campesina como algo que pertenece al pasado y es irrelevante para la vida moderna; imaginar que miles de años de cultura campesina no dejan una herencia para el futuro, sencillamente porque ésta casi nunca ha tomado la forma de objetos perdurables; seguir manteniendo, como se ha mantenido durante siglos, que es algo marginal a la civilización; todo ello es negar el valor de demasiada historia y de demasiadas vidas. No se puede tachar una parte de la historia como el que traza una raya sobre una cuenta saldada».

 

 

 

 

Un cronómetro para Podemos

 

Hace algunos años, una revista italiana publicó unas fotos en bañador de un José María Aznar extremadamente musculado. Creo que la reacción mayoritaria fue la grima. A lo mejor por eso nadie se hizo una pregunta obvia: cómo demonios había encontrado tiempo Aznar para convertirse en el presidente del gobierno más ciclado de Europa. Algo antes, en 2003, Rodrigo Rato defendió su tesis doctoral en la Universidad Complutense. Me pareció admirable. Compatibilicé los últimos meses de redacción de mi propia tesis con un trabajo a jornada completa y lo recuerdo como un auténtico infierno. Y eso que de aquella yo tenía un trabajo de 9 a 5 de editor, no era vicepresidente del gobierno y vicesecretario general del Partido Popular. En ambos casos me quedé con ganas de conocer la agenda de Aznar y Rato. Quería entender a qué clase de alquimia recurrían para estirar el tiempo de aquella manera.

Algo parecido me pasa últimamente con Podemos. Me cuesta entender cómo es posible que el torbellino de luchas internas e intrigas palaciegas deje tiempo a los cargos electos y militantes del partido para algo más.

Se me ocurre que a lo mejor para preparar Vistalegre lo que necesitamos es un poco de taylorismo. Frederick Taylor fue el inventor de la organización científica del trabajo. Básicamente, se dedicaba a ir por las fábricas cronometrando a los trabajadores e ideando formas de reducir el tiempo que dedicaban a cada una de sus tareas. Siempre me ha parecido una cosa de psicópatas pero lo mismo ahora tiene su utilidad. Tal vez los responsables de Podemos deberían pedir a los Reyes un cronómetro con el que medir a qué dedican sus horas y contárnoslo

Me eduqué políticamente en los años noventa, así que estoy acostumbrado a disputas ideológicas desesperadas en colectivos que cabrían con holgura en un locutorio telefónico. No me impresionan los enfrentamientos despiadados entre organizaciones que con un poco de sentido común y buena voluntad deberían ir de la mano. Mi problema con Podemos es que soy completamente incapaz de entender cuáles son los proyectos políticos en conflicto. Cada vez me cuesta más ver más allá de un gigantesco “quehaydelomío” pasado de vueltas y edulcorado con toda clase de lemas de mierda. Medir las horas dedicadas a peleas internas es una forma de calcular el tiempo que no hemos empleado en impulsar el cooperativismo, explicar la renta básica, cerrar los CIEs, promover huelgas, pensar la crisis de los cuidados, conseguir el derecho al voto para los migrantes, reformar la policía, crear medios de comunicación alternativos…

Lo que más me enfada es la increíble irresponsabilidad de este ensimismamiento. Por todo el mundo están surgiendo reacciones políticas al colapso de la globalización neoliberal. Tras la derrota de las revoluciones árabes y en plena bajamar política latinoamericana, la inmensa mayoría de esos procesos están siendo identitarios, conservadores, xenófobos o simplemente nihilistas. España es uno de los pocos lugares del mundo donde, por un conjunto de casualidades históricas, la respuesta al fracaso de la utopía del mercado libre autorregulado ha supuesto un modesto avance de las fuerzas emancipadoras. Desde 2011, en nuestro país las alternativas de izquierda están recorriendo un camino que muchas personas de todo el mundo consideran cercano e inspirador. No es disparatado pensar que un proceso de cambio político mayoritario en España ayudaría a invertir la dirección regresiva que ha tomado la respuesta a la crisis global. Dilapidar esa oportunidad permitiendo que las intrigas de baja estofa secuestren la voluntad de cambio es sencillamente repugnante.

Hace veinte años los zapatistas escribieron “Para todos todo. Para nosotros nada”. Era un lema naíf, es verdad. Pero puede que no nos venga mal un poco de ingenuidad como antídoto contra el maquiavelismo versallesco. Qué se yo, tal vez debería ser nuestro primer punto del orden del día en Vistalegre. Incluso el único.