A vueltas con Zizek

Hace algo más de cuatro años Quintín Racionero me pidió un artículo sobre Slavoj Zizek para un libro colectivo sobre filosofía política que estaba coordinando. El volumen incluía un artículo buenísimo sobre Leibniz que él mismo había escrito y contribuciones de autores que me encantan, como Jon Elster. El plazo de entrega era muy apremiante, unas pocas semanas, y yo no soy ni por lo más remoto experto en filosofía contemporánea. Sin embargo, acepté. Seguramente me pudo la vanidad de que me confiara el encargo uno de los mejores profesores que he tenido nunca y, sin duda, al que más he admirado. A los pocos meses, Quintín enfermó gravemente y algún tiempo después, en 2012, falleció. El libro nunca se llegó a editar y la revista Logos ha tenido la amabilidad de publicar ahora un texto que seguramente ha quedado un poco anticuado. Por ejemplo, en él hacía una comparación entre Zizek y Chomsky que quedó superada por la realidad en 2013, cuando decidieron despellejarse mutuamente en una polémica ridícula. Es un artículo académico con todos los vicios de los artículos académicos: poco claro, aburrido y lleno de jerga. Lo enlazo aquí sólo porque se acaban de cumplir dos años desde la muerte de Quintín Racionero y no se me ocurre ninguna forma mejor de hacerle un homenaje póstumo.

Slavoj Žižek. Verdad y emancipación en la era postmetafísica

 

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En defensa de la representación (o por qué he votado la propuesta Claro que Podemos)

El sábado pasado, en la Asamblea de Podemos de Vistalegre, Pablo Iglesias terminó su discurso inaugural gritando: “¡Luchar, crear, poder popular!” Me emocionó, la verdad. Me vinieron a la cabeza un par de décadas de manifestaciones en las que se corearon esas mismas palabras. Entonces miré una de las pantallas gigantes situadas a ambos lados del escenario que mostraban tweets sobre lo que pasaba en la Asamblea. Alguien había escrito “Pablo Iglesias dice: luchar, creer, poder popular”. A lo mejor fue un error mecanográfico, pero puede que lo escribiera alguien que nunca había escuchado aquel lema. Y eso me emocionó más todavía. Porque, para qué nos vamos a engañar, todas aquellas manifestaciones concluyeron con sonoras derrotas.

El otro día, por casualidad, asistí en Murcia a una reunión del círculo local de Podemos que se celebraba en una plaza. Casi al terminar una mujer de mediana edad tomó la palabra. Dijo que nunca había participado en política hasta que apareció Podemos. Que estaba siendo una experiencia muy importante para ella, pero que a veces sentía que los activistas con más experiencia se comportaban como si sus opiniones tuvieran más valor que las de los demás. No sé si tiene razón, imagino que dependerá del caso. Pero me hizo pensar en lo poco legitimados que estamos para dar lecciones a nadie tras treinta años largos de fracasos. Me hizo recordar, en definitiva, lo inermes que estamos ante una posibilidad fascinante y aterradora: ganar.

Hace unos meses presencié en Bogotá un debate entre un amigo ecosocialista argentino y un miembro del MAS boliviano. El primero criticó las políticas extractivistas del gobierno de Evo Morales sobre la base de un modelo teórico que comparto plenamente. Fue claro, riguroso y compasivo. El boliviano, en cambio, me pareció un leninista tosco, condescendiente y bastante antipático. Pero la verdad es que mi amigo y yo fuimos incapaces de responder a una pregunta sencilla y nada dogmática que nos planteó: ¿Qué estrategias económicas alternativas debería haber adoptado el gobierno boliviano en lugar del extractivismo que ha servido para financiar hospitales y programas contra la malnutrición? De hecho, podía haber añadido: ¿El hambre de cuántos niños vale el ecosocialismo?

A los izquierdistas se nos ha metido la derrota en los huesos. Nuestra sofisticación teórica es, en realidad, un trastorno político autoinmune.

No quiero volver a hablar del panóptico o el biopoder, sino saber cómo nos las vamos a apañar para democratizar la policía, las prisiones y el ejército. No me importa la polémica entre decrecimiento y keynesianismo; en cambio, necesito entender qué sectores económicos vamos a impulsar o eliminar y si eso es compatible con los ingresos fiscales que hacen falta para ampliar la sanidad, la educación o la ayuda a los dependientes. Quiero saber cómo vamos a convertir el acceso a la vivienda en un derecho universal sin perjudicar a millones de familias entrampadas en hipotecas. Cómo vamos a impulsar el cooperativismo y la participación de los trabajadores en la gestión en las empresas sin crear dinámicas clientelares. Cómo vamos a subvertir los modelos de movilidad en ciudades completamente ordenadas en torno al transporte privado. Y cómo vamos a conseguir que la gente supere el miedo y la aversión a la pérdida y apoye todos esos cambios.

Acudí a Vistalegre sin tener muy claro qué proyecto organizativo prefería para Podemos. Me parecía que el equipo de Pablo Iglesias se había pasado de frenada en cuanto a racionalidad burocrática. Por otro lado, la propuesta del grupo de Pablo Echenique y Teresa Rodríguez de una triple secretaría general no me gustaba nada: según mi experiencia, cuantos más jefes peor. En cambio, soy un firme partidario de emplear el sorteo como forma de participación ciudadana en la gestión de las instituciones públicas, del mismo modo que usamos ese procedimiento para elegir jurados en los tribunales. Tengo menos claro que sea una buena idea comenzar ese experimento precisamente con un partido incipiente, con una agenda política vertiginosa y cuya ventana de oportunidad puede ser de apenas unos meses. Preferiría empezar por Hacienda o el Ministerio de Cultura, la verdad.

Finalmente he votado con muchas dudas la propuesta de Pablo Iglesias. En parte porque asume que el viaje hasta Vistalegre no ha sido una marcha triunfal de movimientos sociales y organizaciones antagonistas, sino una inesperada reunión de perdedores que hemos asomado la cabeza desde un páramo social sin tradiciones organizativas, comunidades de referencia o un idioma ideológico común y que aún no nos acabamos de creer que podemos ganar. En parte porque en el último año he descubierto con absoluta perplejidad que hay personas como Pablo Iglesias, Carolina Bescansa, Ada Colau o David Fernández que sí me representan.

La deliberación democrática en común es un proceso misterioso que apenas alcanzamos a entender. A veces surge de grandes consensos muy resistentes al cambio, otras de ideas geniales e iluminadoras, de una acumulación de microdecisiones individuales, del impulso de una minoría, de la certeza moral o del desafío a las convenciones. Por lo general suele ser una combinación de un poco de todo eso. Lo importante es que funciona y es la base de increíbles progresos morales.

Sin embargo, durante muchos años en nuestro país hemos aceptado vivir en una minoría de edad política, tutelados por las élites económicas y sus expertos que expropiaron los mecanismos de deliberación popular. En mayo de 2011 rompimos ese silencio de décadas y salimos a las plazas para reivindicar la participación democrática activa como un derecho inalienable. Ahora tenemos que dar un paso más y atrevernos a pensar en la manera de devolver también la representación a nuestra caja de herramientas políticas.

No sólo porque la movilización permanente es imposible y finalmente elitista, como recordaba Santiago Alba Rico. Sino porque la representación tiene potencialidades políticas únicas y valiosas. Por ejemplo, permite la evaluación de trayectorias de actuaciones como una unidad consistente. La asamblea es soberana, los representantes no deberían serlo. Tienen que justificar públicamente sus decisiones a lo largo del tiempo como un proyecto coherente. De ese modo, permiten a los electores que los evaluan descubrir aspectos de sus propias convicciones políticas que ellos mismos desconocían.

Eso es precisamente lo que ha hecho el grupo promotor de Podemos en estos diez meses. Nos ha colocado en posición de ganar haciendo exactamente lo contrario de lo que los izquierdistas recomendábamos. No se me ha ocurrido ninguna razón de peso para pensar que  la cosa es diferente por lo que toca a la elección del modelo organizativo que necesitamos en este momento. Y aunque no me atrevería a recomendar a nadie que vote por  Claro que Podemos, creo que he aprendido algo al tomar la decisión de hacerlo yo.