Algunas razones por las que ya no digo “estado español”

Durante mucho tiempo la izquierda española a la que me siento más afín ha considerado que su papel en los conflictos territoriales que han atravesado –con distintas intensidades– la vida política de nuestro país en las últimas décadas era el de acompañar a la izquierda soberanista de Cataluña, Euskadi o Galicia. Nos sentíamos cómodos con la reivindicación del derecho de autodeterminación –una lucha clásica de las tradiciones antiimperialistas–, la denuncia de la pervivencia de inercias franquistas en la vida política y la carencia de un genuino proceso de justicia transicional en nuestra historia reciente. Sobre todo porque a menudo esas reivindicaciones implicaban marcar distancias con la derecha nacionalista del PNV o CIU, que pactaba con el PSOE y el PP políticas mercantilizadoras y en cuya agenda tampoco parecía ocupar un lugar prominente, más allá de declaraciones retóricas ocasionales, la soberanía popular.

Esa posición de la izquierda radical española era difícil y fácil. Era difícil porque te garantizaba no pocos enfrentamientos –no sólo ataques dialécticos sino reproches  personales e incluso agresiones–, en especial, durante los años en los que la derecha supo utilizar la movilización popular contra el terrorismo como una vía para deslegitimar cualquier posición ya no antagonista sino ligeramente discrepante con el discurso del “todo es ETA”. Cualquier mínima desviación respecto al relato oficial te convertía en cómplice intelectual de la violencia terrorista.

Pero esa posición también era demasiado fácil porque nos servía para evitar hacernos preguntas incómodas sobre nuestro propio proyecto político y su arraigo en alguna concepción de país. Teníamos algo que decirnos con los independentistas que compartían nuestras coordenadas ideológicas. Pero, en cambio, ¿qué teníamos que decirnos con nuestros vecinos? ¿Con esa gente que afirmaba con toda sinceridad que no era nacionalista pero no cuestionaba la sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía o el encarcelamiento de Arnaldo Otegui y a la que la idea de república les sonaba a enfrentamiento y prehistoria política? La respuesta estándar era que no teníamos nada que decirnos con ellos porque eran una turbamulta alienada a la que la derecha postfranquista había lavado la cabeza. Era una respuesta reconfortante pero, al menos en parte, falsa. La realidad es mucho más compleja.

Hace unos años, una profesora en el colegio infantil al que asistía mi hijo mayor propuso que los niños participaran en la fiesta de final de curso vestidos con la camiseta de la selección española y con la cara pintada en rojo y amarillo. Unas cuantas familias políticamente progresistas rechazamos con horror la idea. Uno de los argumentos que dimos es que sería una especie de imposición nacionalista para las familias migrantes, procedentes de muy distintos países. Para nuestra estupefacción, todas las familias migrantes de la clase, sin excepción, nos contestaron que a ellos la propuesta de la profesora les parecía una idea excelente y vivieron con alegría y normalidad aquella orgía españolista. Desde entonces, me esfuerzo por mirar de otra manera a mis vecinos que cuelgan una bandera de España en su balcón. Tal vez no todos sean representantes de la ultraderecha nacionalista. O sí, pero puede que sea porque nadie les ha ofrecido una alternativa desde la izquierda que les permita vivir de otra manera su relación cultural y sentimental con su país.

Durante mucho tiempo no nos dimos cuenta de todo esto porque parecía que no importaba. La derecha apenas se atrevía a recurrir a la idea de España como elemento de movilización, excepto en círculos militantes muy reducidos, porque les relacionaba con la dictadura. Por eso hablaban de la “marca España”, una expresión que siempre me ha dejado estupefacto: si yo fuera patriota, creo que no me haría mucha gracia que trataran mi país como su fuera un producto de supermercado. Desde la izquierda pensábamos que estábamos en una posición envidiable, congruente con el supuesto declive de los estados-nación, las corrientes globalizadoras y la aparición de nuevas formas de ciudadanía desterritorializada: la historia habría hecho por nosotros el trabajo de librarnos del lastre patriótico, que ya no pintaba nada en el mundo de Internet y la globalización. Esa fantasía nos ha estallado en la cara cuando, de repente, todo el país se ha llenado de banderas de España, la ultraderecha ha logrado una movilización social sin precedentes, miles de policías han desembarcado en Cataluña para impedir a la gente votar y la Audiencia Nacional se dedica a encarcelar presos políticos. Más allá de las muestras de solidaridad con las víctimas de la represión, lo cierto es que la izquierda no españolista se ha quedado arrinconada en un espacio puramente defensivo y reactivo.

Mucha gente en Cataluña cuyo criterio político aprecio se ha ido desplazando desde una posición soberanista en la que era crucial la distinción de una vía propia de la izquierda independentista a otra en la que la prioridad estratégica es la ruptura con España para, así, aprovechar la ventana de oportunidad que se abriría con un proceso constituyente desde el que impulsar un proyecto emancipatorio. Es un trayecto político que, en buena medida, tiene que ver con la extendida sensación de que desde España es imposible hacer nada, de que no hay ningún alternativa para la izquierda en el país de la Gurtel, el GAL y las concertinas en Ceuta. Seguramente hay una parte de realismo en ese diagnóstico, pero creo que sólo una parte. España es también el 15M, Gamonal, las mareas en defensa de los servicios públicos, la PAH o la huelga feminista.

La verdad es que nunca me ha importado gran cosa la unidad de España. Podría vivir sin ella perfectamente. No soy independentista pero sí he sido insumiso y la bandera española es para mí una especie de magdalena proustiana del militarismo y la cárcel. A pesar de todo eso, creo que a la izquierda no españolista nos ha llegado la hora de empezar a explorar la opción incómoda: atrevernos a reconocer la tensión entre nuestro propio proyecto y el independentista y sentar las bases no sólo jurídicas sino también culturales y sentimentales para que ese enfrentamiento pueda ser dirimido con razones y no mediante la fuerza. Es decir, no sólo denunciar la represión política de los independentistas o apostar por una solución dialogada a los conflictos territoriales, sino también articular un “unionismo” –uso deliberadamente un término con connotaciones peyorativas– no nacionalista y democrático que reconozca el derecho a la autodeterminación.

Es un paso que no sólo me da una pereza descomunal sino que está lleno de peligros. Al margen de la posibilidad manifiesta de hacer el ridículo, el primer y más evidente riesgo es que un movimiento como este puede reforzar el marco discursivo que ha logrado imponer exitosamente la derecha españolista, legitimando los términos en los que está planteando el debate territorial y su uso frentista de los símbolos nacionales. El segundo es el de sobrevalorar, como creo que hacen los partidarios de las hipótesis populistas, el papel del patriotismo como catalizador de un proceso de transformación política emancipadora: puestos a jugar a la ciencia (política) ficción, casi me quedo con el obrerismo de toda la vida.

Alguna vez he dicho, en broma, que tal vez deberíamos proponer que la bandera asturiana se convierta la nueva bandera española. Prácticamente no hay un solo acto de masas deportivo, musical o político, en el que no me encuentre a alguien con una bandera asturiana. Puede ser una manifestación antirracista, un partido de futbol, un concierto de los Rolling Stones o una manifestación neofascista por la unidad de España. Cada uno le atribuye el sentido que quiere y se siente legitimado para ello: para unos la bandera asturiana evoca Octubre del 34, para otros Pelayo y para todos los demás Fernando Alonso.

Es una broma que nos recuerda que la reivindicación desde la izquierda de una idea y un proyecto de país es un horizonte que nos queda tan lejos política y culturalmente que ni siquiera conseguimos imaginar en qué podría consistir. Pero también lo excepcional que resulta que los símbolos de un país (la idea misma de ese país) haya sido secuestrada por la derecha política. Creo que acabar con esa excepcionalidad, por difícil y poco atractivo que nos resulte, sería bueno para la izquierda española, que podrá desafiar al frente nacionalista español con un proyecto propio. Pero creo que también sería bueno para el independentismo de izquierdas, que necesita un adversario leal, dispuesto a argumentar y no imponer. Lo necesita, entre otras cosas, porque es la única vía para hacer frente a sus propios conflictos: a día de hoy el independentismo catalán es un proyecto masivo y con raíces populares pero no necesariamente mayoritario ni mucho menos hegemónico. Un proyecto constituyente realista sólo puede articularse desde el reconocimiento de esa tensión sobre la que se solapan conflictos sociales.

Las luchas territoriales atraviesan hoy una situación de empate catastrófico de la que sólo sacan partido las fuerzas política nihilistas –bastante difundidas por todo el espectro ideológico, para qué nos vamos a engañar– que se alimentan de la autodestrucción del espacio deliberativo y democrático. Necesitamos un cambio profundo que reconduzca toda esta energía por el lado de la deliberación y la resolución dialogada de los conflictos. No creo que la recuperación y reinvención de la idea de país y de algunos de sus símbolos por parte de la izquierda española sean la piedra filosofal de ese desplazamiento. Se trata de una pieza menor que, sin embargo, no podemos seguir ignorando eternamente.


 

Este texto es una versión ligeramente modificada del artículo que, por invitación de Lluc Salellas, miembro del Secretariado Nacional de la CUP y concejal del Ayuntamiento de Girona, escribí para una recopilación de textos de su padre titulada Sebastia Salellas, Advocat i activista. L’esquerra que va sobreviure a la Transició (2018).

Anuncios

(Algunos de) los mejores ensayos de 2018 (EMHO)

Estos son algunos de los ensayos dirigidos a un público amplio editados en 2018 que más me han interesado:

  1. El pueblo. Auge y declive de la clase obrera (1910-2010). Selina Todd (Akal)
  2. Comprender las clases sociales. E. O. Wright (Akal)
  3. Compórtate. Robert Sapolsky (Capitán Swing)
  4. Armas de destrucción matemática, Cathy O’Neill (Capitán Swing)
  5. Gran Hotel Abismo. Stuart Jeffries (Turner)
  6. La dulce ciencia. A. J. Liebling (Capitán Swing)
  7. En los límites de lo posible. Alberto Santamaría (Akal)
  8. Los 90. Euforia y miedo en la modernidad democrática española. Eduardo Maura (Akal)
  9. Extraños en su propia tierra, Arlie Russell Hochschild (Capitán Swing)
  10. Capitalismo de plataformas. Nick Srnicek (Caja Negra)

 

Mi pregón en la XI Ventolera Republicana

El pasado sábado me invitaron a leer el pregón de la XI Ventolera Republicana, en Gijón, una fiesta organizada por la Charanga Ventolín. La Charanga Ventolín es una auténtica institución de la izquierda asturiana.  Desde hace décadas ha estado presente en movilizaciones de todo tipo. Por ella han pasado personas a las que he querido y admirado muchísimo, así que me hizo mucha ilusión el encargo del pregón pero, al mismo tiempo, me costó un montón escribirlo. Me temo que el resultado no es todo lo bueno que merecía la ocasión pero, aún así, lo comparto aquí como muestra de admiración y respeto.

 

No hay que fiarse mucho de los diccionarios, pero los diccionarios dicen que una ventolera es un viento fuerte, una ráfaga violenta que se levanta de golpe y dura poco. Y también que una ventolera es una determinación inesperada que se considera extravagante.

Así que creo que todos los que estamos aquí hoy tenemos algo de ventolera. Nos gustan los vientos fuertes, aunque sean breves. Porque aunque no cambien las cosas un poco sí que despejan las mesas. Se llevan algo de podredumbre. Por ejemplo, a M punto Rajoy –sea quien sea– con sus sobres. A Artur Mas y su 3%. A la condesa Aguirre y su Púnica. A la licenciada Cifuentes, para que tenga tiempo de completar sus estudios. A Zoído, el admirador de los cowboys, y a todos los que protegen a los torturadores. A Rodrigo Rato y las tarjetas black. A Andrea Fabra y su “Que se jodan”. Andrea, sin acritud: jódete tú. Que se jodan todos ellos.

Toda nuestra vida nos han llamado extravagantes. Y la Charanga Ventolín nos ha acompañado en muchas de esas extravagancias. Recuerdo a mi lado a la charanga, cada vez más afinada, desde que era niño. Cuando pedimos el no a la OTAN, cuando nos opusimos a la reconversión industrial, cuando defendimos el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo, en muchas huelgas y cuando dijimos “nucleares no”, cuando nos declaramos insumisos, cuando viajamos a Seattle y a Genova y a Praga, cuando dijimos “No a la guerra”. También cuando llenamos las plazas y salimos en marea a defender la sanidad y la escuela pública.

En cada una de esas ocasiones, siempre nos dijeron lo mismo, que somos unos excéntricos, que nos dejáramos de juegos y ventoleras y sentáramos la cabeza, que había que ser realista y responsable.

Un amigo me contó una vez que tenía que entrar en un edificio oficial muy importante. En la puerta había un guardia civil. Cuando mi amigo se acercó el guardia le hizo un saludo militar y mi amigo se echó para atrás rápidamente porque pensó que el guardia le iba a soltar una hostia. Supongo que la gente responsable es esa que nunca tiene miedo de que un policía le de una hostia. Esa gente a la que nunca meterán en la cárcel trece años por grabar en vídeo a un guardia civil mentiroso que ha arruinado la vida a varios jóvenes de un pueblo vasco.

No, no queremos ser responsables. No queremos ser responsables como la ley mordaza, no queremos ser responsables como el impuesto al sol, responsables como el rescate a la banca, responsables como la audiencia nacional y sus jueces prevaricadores, responsables como un crucero gigante decorado con la cara de Piolín en el que viajan cinco mil policías para pegar a gente que sencillamente quiere votar.

Y por eso celebramos una ventolera. Feliz ventolera a todos los que últimamente se han levantado de golpe y con fuerza contra una normalidad monstruosa. Feliz ventolera a todos los que han tenido una determinación inesperada y repentina. A todos los extravagantes que dicen “sí se puede”, en la plaza, en el parlamento, en la asamblea o en la huelga.

Feliz ventolera a los pensionistas que han dicho basta y se niegan a ver como una vida de esfuerzo se esfuma entre los tantos por ciento de un austericidio a cámara lenta.

Feliz ventolera a los clubes, como el Ceares, que nos han recordado que la belleza del fútbol no está en las piruetas de un multimillonario ciclado y chulo sino en la emoción del esfuerzo compartido entre jugadoras, jugadores, amigos y seguidores.

Feliz ventolera a las kelis y a los repartidores de Amazon y a los riders de Deliberoo y al sindicato de manteros, que nos han mostrado el camino de la lucha y de la unidad allí donde sólo veíamos precariedad solitaria.

Feliz ventolera a los que al cantar, al rapear, al escribir o al hacer chistes ofenden a alguien. Porque la libertad de expresión consiste precisamente en que a todos nos puedan ofender por igual.

Feliz ventolera a las radios libres que, como Radio Kras, llevan décadas explorando la izquierda del dial.

Feliz ventolera a los que borrachos como cubas se caen en hoyos pero tienen amigos igual de borrachos que les ayudan a salir y les cuidan.

Feliz ventolera a quienes resisten los desahucios, a quienes ponen sus cuerpos ante los esbirros de la banca para impedir que una familia se quede sin hogar. A quienes okupan para hacer las ciudades más nuestras y menos del dinero.

Feliz ventolera, sobre todo, a los millones de mujeres que este año nos han ayudado a ser más libres y más iguales, o sea, a vivir mejor. Porque el privilegio somete al que obedece pero impide llevar una vida digna también al que se beneficia de él.

Y no feliz ventolera sin más, sino feliz ventolera republicana.

Me contaron que hace años, en los tiempos de la dictadura, había un hombre que rondaba los ministerios de Madrid. De vez en cuando se acercaba a alguien que salía con cara de agobio de un ministerio y él se ofrecía a mediar en sus gestiones. Le decía: “No me tienes que pagar nada si no quieres. Yo intento arreglártelo y si la cosa va bien, vuelves otro día y me pagas lo que te parezca”. En realidad, aquel hombre era un estafador. Él no hacía absolutamente nada. A veces los trámites salían bien y entonces la gente estaba tan contenta que volvía y le daba una generosa propina pensando que había sido cosa suya. Otras veces las cosas no se arreglaban y sencillamente la gente se olvidaba de él, sin culparle de nada.

Más o menos en eso consiste ser rey. En no hacer nada y que te vengan a dar las gracias y a pagar por ello.

Pero no somos republicanos sólo porque nos moleste tener a unos estafadores instalados en la Zarzuela. Nos salen caros, es verdad. Pero comparados con lo que cuesta un superpuerto o un kilómetro de autopista, seguramente no es para tanto. Ser republicano es algo más.

Este año hablar de república se ha vuelto un poco diferente. Más que nada porque prácticamente aquí al lado proclamaron una hace seis meses. Es verdad que no todo el mundo estaba de acuerdo en proclamarla pero muchos pensábamos que merecía la pena preguntar a la gente. Y, desde luego, que a nadie le deberían mandar al hospital o a la cárcel por querer meter un voto en una urna.

Somos republicanos porque lo contrario de la república no es la monarquía, lo contrario de la republica es la ausencia de democracia.

Porque la república, como la democracia, consiste en tomarse en serio la igualdad. Y la monarquía nos recuerda lo poco iguales que seguimos siendo.

Decimos viva la republica siempre que podemos para que nadie, nunca más, sea súbdito. Para que nadie, nunca más, tenga que agachar la cabeza. Nadie: ni los trabajadores migrantes, ni las personas que no llegan a fin de mes, ni los que tienen que marchar porque no encuentran trabajo, ni las madres solas, ni los que quieren hablar la lengua en la que se criaron y no les dejan hacerlo

No sólo tenemos un rey. Tenemos muchos reyecitos en cada banco, en cada empresa del IBEX35, en cada ayuntamiento, en cada delegación de gobierno, en cada comisaría, en cada universidad privada… Tenemos reyecitos en cada casa y en cada familia. Los republicanos queremos echar a ese rey de la Zarzuela, sí, pero sólo porque es el primer paso para acabar con todos esos otros reyes, los de ahí fuera y los que llevamos por dentro.

Y es un orgullo hacer una ventolera republicana en Gijón. Durante años y años, siglos tal vez, en Gijón nos hemos reído de la gente que se da demasiados aires. A veces pienso que sólo con ser de aquí uno ya está a punto de ser republicano.

Llevo toda mi vida aclarando que soy de Gijón. Nací en Cataluña y vivo en Madrid desde hace veinte años. Pero sigo soñando con Cimavilla y los Pericones, con Deva, el Muro y el Muselín. Sigo soñando con una ciudad capaz de erigir una estatua muy emotiva de una madre despidiendo a su hijo emigrante y luego llamarla “la Lloca del Rinconin”. Este es el único lugar del mundo donde el barrio de pescadores, durante sus fiestas, hace una procesión laica para hacer un homenaje a Fleming, el inventor de la penicilina, alguien que ha traído mucho más bienestar al mundo que la Santina. Y eso también es ser un poco republicano.

Una ventolera es un viento fuerte, nos dicen. Y una especie de locura, nos dicen también. Hoy tenemos que ser las dos cosas. Porque hace falta mucha fuerza y un poco de locura para sacarnos el miedo del cuerpo y atrevernos a cambiar todo lo que necesitamos cambiar.

Pero también necesitamos aprender a convertirnos en brisa, en ese viento continuo del que no se habla, que casi no se nota pero nunca para y poco a poco lo va transformando todo sin que nadie se de cuenta.

Seamos brisa igualitaria, brisa libre, brisa antiautoritaria y fraterna.

Seamos brisa cada día y esta noche ventolera.

Algunos de los ensayos publicados en 2017 que más me han interesado

China Miéville. Octubre. La historia de la revolución rusa (Akal)

Marina Garcés. Nueva ilustración radical (Anagrama)

Emilio Gancedo. Palabras mayores. Un viaje por la memoria rural (Pepitas de Calabaza)

Humberto Beck. Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich (Malpaso)

Mark Lilla. La mente naufragada (Debate)

Martha Rossler. Clase cultural. Arte y gentrificación (Caja Negra)

Matthew Desmond. Desahuciadas. Pobreza y lucro en la ciudad del siglo XXI (Capitán Swing)

Emilio Santiago Muiño. Opción Cero. El reverdecimiento forzoso de la Revolución cubana (Los Libros de la Catarata)

Rebecca Solnit. Esperanza en la oscuridad. La historia jamás contada del poder de la gente (Capitán Swing)