Mi voto por cien días de Podemos

Yo sé exactamente cuando terminó el gobierno de Aznar. No fue el 11M sino bastante antes, cuando en una gala de Operación Triunfo los participantes en el concurso se pronunciaron en contra de la guerra de Irak y todo el público empezó a gritar “¡No a la guerra!”. También sé cuando comenzará una época de libertad e igualdad en este país. Será cuando en Mujeres y Hombres y Viceversa un tronista ciclado denuncie la exclusión sanitaria de los inmigrantes y varias chicas a punto de provocar una pandemia de botulismo coreen “¡Lo llaman democracia y no lo es!”

Suena improbable, pero sabemos que es posible. Pues algo mucho más absurdo ocurrió hace apenas tres décadas. Millones de personas de clase trabajadora decidieron apoyar un proyecto de sumisión a las élites económicas que atentaba contra sus intereses materiales más inmediatos. Desde la izquierda política hemos respondido tratando de atraer a las masas al terreno del activismo. No es que sea un error. Pero lo que realmente necesitamos no es que cambie la izquierda, sino la derecha.

Siempre me sorprende cuando los medios de comunicación mayoritarios retratan las propuestas que comparto como delirios radicales. Limitar por ley las diferencias salariales, impulsar el cooperativismo, transformar el sistema fiscal, prohibir los monopolios comunicativos y la especulación inmobiliaria, nacionalizar la banca, ampliar el derecho al voto a todos los residentes en España o instaurar la renta básica son medidas de sentido común. Son un suelo compartido desde el que la gente de izquierdas puede aspirar a elaborar un proyecto de vida buena liberador e inclusivo, pero donde también hay espacio para que las personas conservadoras puedan ser de derechas sin convertirse en sociópatas.

Por eso no creo que la unidad de la izquierda sea un valor crucial. Son mucho más importantes la lealtad y la humildad. Y me temo que de eso no andamos sobrados. Cuando se anunció la candidatura de Podemos empecé a leer un montón de chistes a costa de la iniciativa en mi cuenta de Twitter. Me reí un montón, claro. Hasta que me di cuenta de que esos comentarios que hacían mis amigos eran un calco de las críticas de la izquierda más casposa al 15M o de los ataques de la derecha a Hugo Chávez. Me sentí muy reconocido y, la verdad, me espantó lo que vi en aquel espejo.

A mí me también me da grima introducir en una urna merchandising de Pablo Iglesias. Pero no estoy seguro de que sea malo que algunas cosas nos den grima. El elitismo y el clasismo se nos han metido muy dentro y demasiado a menudo modulamos nuestras intervenciones políticas para gustarnos a nosotros mismos. Soy un profesor universitario de clase media. Que una campaña de comunicación me resulte elegante y empática podría ser un síntoma de que es inservible para un proyecto de aspiraciones mayoritarias. Necesitamos desesperadamente que los participantes en nuestras asambleas se parezcan un poco más a quienes nos encontramos en el metro y un poco menos al público de una sala de un cine de arte y ensayo.

Para el 60% de la población española el medio favorito de información política es la televisión. La izquierda está completamente excluida de los espacios comunicativos, como las tertulias radiofónicas, donde se gestiona la ideología dominante. Lo extraño es que hemos llegado a convencernos de que no importa, de que incluso es una buena noticia. En cien días Podemos ha logrado romper esa inercia envenenada. A veces con fastuosas equivocaciones, decisiones erráticas y un estilo un poco kitsch… Todo ello difícil de digerir para nosotros, hipsters del activismo, yonquis de la ironía y la distinción.

Por eso nos cuesta aceptar que en Podemos también están pasando cosas emocionantes, como un buen programa elaborado en común, unas primarias abiertas muy participadas, debates intensos y una gran red de grupos de afinidad surgidos de la nada. No es ni de lejos suficiente, es verdad. Hay demasiados círculos de Podemos en la universidad y demasiados pocos en las colas del paro, las líneas de caja de Mercadona y las canchas de voleibol de los parques.

Pero tal vez lo que se ha hecho en cien días merezca un poco menos de sospecha y un poco más de lealtad. A lo mejor se puede empezar con algo insignificante. Yo que sé, como un voto.