contra la igualdad de oportunidades

inequality

Tal vez la transformación del espacio público más importante de las últimas décadas sea el progresivo desplazamiento de la lucha por la igualdad a un lugar periférico del debate político.

La izquierda institucional ha asumido con exaltación los ideales meritocráticos. Como si la meritocracia fuera una versión mejorada del igualitarismo, sin sus efectos limitadores sobre la libertad individual. Como si lo realmente importante sea que cada cual obtenga las recompensas que merece según sus capacidades, sus esfuerzos y sus logros.

La opinión dominante es que la única igualdad aceptable es la igualdad de oportunidades. Desde este punto de vista, el avance social consiste en eliminar las barreras de entrada que distorsionan los mecanismos de gratificación del esfuerzo individual.

Personalmente, no concibo ninguna formulación más precisa del programa de la derecha política. Si en algo consiste ser conservador es en justificar los privilegios de las élites por sus superiores méritos intelectuales o morales. Ese es el argumento clásico de Burke, de Bonald, de Maistre y todos los reaccionarios del siglo XIX. La nueva izquierda confunde la democracia con una ampliación del mecanismo de selección de las élites. Lo que, en rigor, tiene mucho más que ver con Pareto que con Marx. Como explica Owen Jones en Chavs:

“El compañero natural de la meritocracia es la ‘movilidad social ascendente’ (…). En vez de mejorar las condiciones de la clase trabajadora en su conjunto, la movilidad social se presenta como un medio de catapultar a una minoría de individuos de clase trabajadora a la clase media, y refuerza la idea de que ser de clase trabajadora es algo de lo que hay que escapar”.

Richard H. Tawney, un socialista cristiano que escribió en la primera mitad del siglo XX, describía la política de la igualdad de oportunidades como la “filosofía del renacuajo”Comparaba las esperanzas de un miembro de la clase trabajadora de ascender socialmente con las escasas oportunidades que tienen los renacuajos de llegar a convertirse en ranas. Pero tal vez haya sido Christopher Lasch, en La rebelión de las élites, el que ha formulado el problema con más precisión:

“La meritocracia es una parodia de la democracia. Ofrece posibilidades de ascenso, en teoría, a cualquiera que tenga el talento de aprovecharlas. Pero la movilidad social no socava la influencia de las élites. En realidad contribuye a intensificar su influencia apoyando la ilusión de que sólo se basa en el mérito. Sólo hace más probable que las élites ejerzan irresponsablemente su poder al reconocer  pocas obligaciones respecto a sus predecesores o a las comunidades que dicen dirigir. (…) Históricamente el concepto de movilidad social sólo se formuló claramente cuando ya no se podía negar la existencia de una clase degradada de asalariados atados a esta situación de por vida; en otras palabras, cuando se renunció definitivamente a la posibilidad de una sociedad sin clases”.

Un efecto secundario de la meritocracia es que el sistema educativo asume una carga desmesurada. La escuela ha dejado de ser un lugar al que uno acude a tratar de aprender algo, para convertirse en el único mecanismo de justicia social aceptado. Las instituciones educativas son el espacio donde teóricamente se disuelven los privilegios heredados y se generan otros nuevos basados en el  mérito. En el mejor de los casos, es una misión desproporcionada que excede la capacidad de intervención social de la educación; en el peor, una farsa que encubre el papel que desempeña el sistema escolar en la transmisión de la posición de clase.

El segundo caballo de batalla de la ideología meritocrática es la economía del conocimiento. La única solución que proponen los gobiernos a la catástrofe de la economía global es que cerremos con fuerza los ojos y repitamos “I+D” como si fuera un mantra hipnótico. Es un mensaje que ha calado hondo. Muchísima gente está convencida de que las actividades cognitivas, sobre todo, aquellas relacionadas con las tecnologías de la comunicación, son una salida al atolladero especulativo de la economía y una fuente potencial de equidad.

Internet ha llevado las falsas promesas de la igualdad de oportunidades a un nuevo nivel. El entorno digital parece un espacio sin barreras de acceso, donde las diferencias sociales pierden peso y la estratificación heredada es incapaz de neutralizar la potencia del talento. Los medios de comunicación nos bombardean periódicamente con historias de adolescentes que se han hecho millonarios gracias a la economía digital. Corazones puros, conocimiento científico y know-how unidos en un círculo virtuoso. Jódete, Hegel: hoy se puede ser un alma bella y ganar dinero a espuertas.

Para el igualitarismo profundo este es un escenario particularmente aberrante. En cierto sentido, los privilegios legítimos son aún peores que los espurios. Las desigualdades sociales son en sí mismas degradantes, tanto para el que las disfruta como para el que las padece. No importa si son merecidas o la situación absoluta de los que peor están. Nos impiden a todos llevar una vida buena. Es una tesis ética, pero también un hecho empírico, como demostraron Richard Wilkinson y Kate Pickett en Desigualdad.

Los partidarios de la meritocracia, en cambio, creen que todo el mundo debería disponer de las mismas oportunidades de convertirse en un gilipollas obsesionado por mandar, tener mucho dinero y disfrutar de lujos decadentes. Algún día, nos dicen, estará democráticamente distribuida la posibilidad remota de tener una cuenta en Suiza, dar órdenes a subordinados e ir vestidos con ropa ridícula mientras conducimos un monumento alemán a la estupidez y hablamos por artilugios sobreequipados del tamaño de un zapatófono.

La igualdad no es un punto de partida, es un resultado. Las versiones de la igualdad natural sentimentales –“todos las personas somos iguales…”– o tecnológicas –“todos estamos conectados…”– son cosméticas e incluso contraproducentes. No somos iguales. En realidad, somos bastante diferentes. La igualdad es el fruto de la intervención política, un producto de la construcción de la ciudadanía y la democracia que debemos cultivar sistemáticamente.

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8 pensamientos en “contra la igualdad de oportunidades

  1. Ninguna respuesta al post anterior, y ya tenemos nueva muestra de los temas de Sociofobia.

    Lo triste es que este blog esté “dedicado a presentar, discutir y ampliar algunos de los temas” que analiza en un libro YA escrito, cuando “presentar, discutir y ampliar algunos de los temas” de un futuro libro en un blog es el camino para mejorarlo y no caer en errores e incomprensiones de bulto como los del anterior post.

    Ánimo con su blog-cátedra, que, sin conversación, ha perdido el interés que pudiera tener. Ciao.

  2. Es bonito criticar la meritocracia, pero habría que construir a la par el nuevo discurso. Está bien descubrir un discurso “la meritocracia” . se lo separa de lo que es real, se lo cuestiona como mecánismo, se lo expone como una justificación de la élite dominante sobre su posición. Y qué es lo que hay que rescatar ? todo lo que queda afuera de la meritocracia ?. no será demasiado ?

  3. Muy sencillo y bien explicado. Creo que es buena idea lo de ir desmenuzando el libro para que pueda llegar a más gente.
    Por cierto, si quieres pásate por mi blog y échale un vistazo a las review… te recomendaría la de R. Day o la de Latour.
    Saludos,
    Javier.

  4. Pingback: Meritocracia vs Igualdad ¿que queres? mundohistoria.com.ar

  5. Pingback: El model Kilian Jornet | Blog de Roger Vilalta

  6. No entiendo la meritocracia como un sustituto de la igualdad, sino como una de las condiciones que permiten ese “resultado” del que usted habla. Si al mérito lo sustituye la fidelidad como mecanismo de promoción social se produce una situación de desigualdad. De hecho, una de las demandas que con más insistencia hacen los primeros legisladores liberales (me refiero a los de Cádiz) es precisamente la del reconocimiento del mérito personal frente al sistema de privilegios adquiridos de la sociedad tradicional. Ese propósito no se ha visto nunca satisfecho. Quizá usted se refiera a una perversión del término, como tantas otras, que trata de presentar como meritocracia lo que en realidad es un sistema complejo de clientelas. Creo por el contrario, que el sistema actual de promoción social podría ser considerado una “ineficracia”, pues hay pocos vínculos tan fuertes como el que une a dos incompetentes que tratan de encubrir mutuamente sus errores.

  7. Javier, lee el título del artículo. Se entiende que es necesario anular cualquier idea de “promoción social” y se propone una construcción social en la que no hacen falta ascensores porque no hay que “subir” a ningún sitio. Creo que esta cita es clara: “Las desigualdades sociales son en sí mismas degradantes, tanto para el que las disfruta como para el que las padece”. No puedo estar más de acuerdo, ni más contenta de haberme tropezado con este blog.

  8. Pingback: Cambiar la educación para cambiar el mundo (III): juntos… | Colegio Andolina

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