Un cronómetro para Podemos

 

Hace algunos años, una revista italiana publicó unas fotos en bañador de un José María Aznar extremadamente musculado. Creo que la reacción mayoritaria fue la grima. A lo mejor por eso nadie se hizo una pregunta obvia: cómo demonios había encontrado tiempo Aznar para convertirse en el presidente del gobierno más ciclado de Europa. Algo antes, en 2003, Rodrigo Rato defendió su tesis doctoral en la Universidad Complutense. Me pareció admirable. Compatibilicé los últimos meses de redacción de mi propia tesis con un trabajo a jornada completa y lo recuerdo como un auténtico infierno. Y eso que de aquella yo tenía un trabajo de 9 a 5 de editor, no era vicepresidente del gobierno y vicesecretario general del Partido Popular. En ambos casos me quedé con ganas de conocer la agenda de Aznar y Rato. Quería entender a qué clase de alquimia recurrían para estirar el tiempo de aquella manera.

Algo parecido me pasa últimamente con Podemos. Me cuesta entender cómo es posible que el torbellino de luchas internas e intrigas palaciegas deje tiempo a los cargos electos y militantes del partido para algo más.

Se me ocurre que a lo mejor para preparar Vistalegre lo que necesitamos es un poco de taylorismo. Frederick Taylor fue el inventor de la organización científica del trabajo. Básicamente, se dedicaba a ir por las fábricas cronometrando a los trabajadores e ideando formas de reducir el tiempo que dedicaban a cada una de sus tareas. Siempre me ha parecido una cosa de psicópatas pero lo mismo ahora tiene su utilidad. Tal vez los responsables de Podemos deberían pedir a los Reyes un cronómetro con el que medir a qué dedican sus horas y contárnoslo

Me eduqué políticamente en los años noventa, así que estoy acostumbrado a disputas ideológicas desesperadas en colectivos que cabrían con holgura en un locutorio telefónico. No me impresionan los enfrentamientos despiadados entre organizaciones que con un poco de sentido común y buena voluntad deberían ir de la mano. Mi problema con Podemos es que soy completamente incapaz de entender cuáles son los proyectos políticos en conflicto. Cada vez me cuesta más ver más allá de un gigantesco “quehaydelomío” pasado de vueltas y edulcorado con toda clase de lemas de mierda. Medir las horas dedicadas a peleas internas es una forma de calcular el tiempo que no hemos empleado en impulsar el cooperativismo, explicar la renta básica, cerrar los CIEs, promover huelgas, pensar la crisis de los cuidados, conseguir el derecho al voto para los migrantes, reformar la policía, crear medios de comunicación alternativos…

Lo que más me enfada es la increíble irresponsabilidad de este ensimismamiento. Por todo el mundo están surgiendo reacciones políticas al colapso de la globalización neoliberal. Tras la derrota de las revoluciones árabes y en plena bajamar política latinoamericana, la inmensa mayoría de esos procesos están siendo identitarios, conservadores, xenófobos o simplemente nihilistas. España es uno de los pocos lugares del mundo donde, por un conjunto de casualidades históricas, la respuesta al fracaso de la utopía del mercado libre autorregulado ha supuesto un modesto avance de las fuerzas emancipadoras. Desde 2011, en nuestro país las alternativas de izquierda están recorriendo un camino que muchas personas de todo el mundo consideran cercano e inspirador. No es disparatado pensar que un proceso de cambio político mayoritario en España ayudaría a invertir la dirección regresiva que ha tomado la respuesta a la crisis global. Dilapidar esa oportunidad permitiendo que las intrigas de baja estofa secuestren la voluntad de cambio es sencillamente repugnante.

Hace veinte años los zapatistas escribieron “Para todos todo. Para nosotros nada”. Era un lema naíf, es verdad. Pero puede que no nos venga mal un poco de ingenuidad como antídoto contra el maquiavelismo versallesco. Qué se yo, tal vez debería ser nuestro primer punto del orden del día en Vistalegre. Incluso el único.

Ser muchos y sufrir poco (o confesiones de un abstencionista que ha avalado la candidatura Podemos)

Recuerdo una conferencia de Agustín García Calvo en el Ateneo de Madrid. Durante el turno de preguntas un hombre le recriminó la oscuridad de su argumentación. “No he entendido nada…”, empezó a decir. García Calvo no le dejó seguir. “¡Me ha entendido perfectamente!”, le gritó. Me gustó mucho porque creo que algo así deberíamos decir la gente de izquierda. Pero no a los demás sino a nosotros mismos: ¡Nos entienden perfectamente!

La izquierda se ha convertido en una tradición política para héroes morales e intelectuales. Pensamos que lo que necesita esa gente ilusionada con el partido del domingo o con un concierto de David Bisbal es un buen par de hostias o un seminario intensivo sobre Toni Negri. Tenemos que romper con esa herencia envenenada. Porque es exactamente al revés. Rosa Díez dijo que millones de españoles son de UPyD y no lo saben. Tiene razón. Pero también hay millones de anticapitalistas que aún no saben que lo son. De hecho, son las mismas personas. Vivimos un momento extraño en el que se puede estar a punto de ser anticapitalista o de UPyD. De nosotros depende hacia donde se incline la balanza. Porque hoy las aspiraciones del común de las personas son profundamente subversivas. Fundar un hogar, cuidar de nuestra familia y de nuestros amigos, adquirir un oficio, ser respetados por nuestros iguales, aprender y crecer como ciudadanos libres… Todo ello obliga a transformar de arriba abajo el mundo que conocemos. El mero sentido común nos enfrenta a los dementes trajeados que desde los parlamentos y los consejos de administración tratan de arrasar nuestras vidas.

Hace unos días, mi dentista me explicaba que me iba a poner un tipo de empaste que ya no se usa mucho pero que ella consideraba preferible en mi caso. Me contó que las empresas farmacéuticas constantemente sacan productos nuevos de eficacia discutible. La mayoría ofrecen mejoras estéticas, aunque suelen ser peores desde el punto de vista médico. La industria se aprovecha de nuestra necesidad de parecer inmunes al paso del tiempo, del rechazo de nuestra propia fragilidad, me dijo en tono reflexivo. Somos gallinas ponedoras, concluyó, lo único que importa es que sigamos produciendo un día más, como si nada pasara. Allí tumbado, atontado por el sonido del torno y la anestesia, pensé que si la izquierda no es capaz de convencer a alguien como mi dentista de que nuestro proyecto político es también el suyo, entonces no nos merecemos la oportunidad de cambiar las cosas.

Rafael Barrett, un escritor anarquista de principios del siglo XX, recordaba así al monarca que reinó mientras se desarrollaba la Revolución Francesa: “Luis XVI acostumbró desde adolescente a consignar en un cuadernito los acontecimientos diarios. Nada tan sugestivo como la ausencia mental de este desgraciado, que nunca se enteró de lo que pasaba en su país. La ocupación favorita del Rey era la caza. Según las estadísticas que él mismo preparaba, Luis XVI mató en trece años 189.251 piezas y acostó 1.274 ciervos; el 28 de junio de 1784 mató 200 golondrinas. Anota en su diario los 43 baños que le recetan en 26 años, dos indigestiones, varios resfríos y ataques de hemorroides. Cuando no hay caza, audiencia ni indisposición, se contenta con escribir: Nada. Las convulsiones de Francia no llegan hasta él. En todas las fechas famosas de 1789 y de 1791 se encuentra en el cuadernito la sempiterna palabra: Nada”.

Llevamos tres décadas dejando que políticos, empresarios y medios de comunicación anoten en nuestros diarios “nada”. En cada debate, en cada editorial, en cada telediario siempre lo mismo: “nada”. Al final nos lo hemos llegado a creer y nosotros mismos nos lo decimos: nada, nada, nada… Pero, ¿y si ya hubiese pasado? ¿Y si la Bastilla ya hubiese sido tomada y sencillamente necesitáramos creérnoslo? Casi siempre nos olvidamos de cómo estaban las cosas hace apenas cuatro años. Hoy hablamos y pensamos de una manera distinta. Mi panadera sabe lo que es un escrache, mis vecinos jubilados odian a los banqueros, en el parque infantil se habla de huelgas…

Necesitamos que esa energía anegue las instituciones. Nos encontramos en una situación inempeorable para ello, es verdad. El poeta Antonio Gamoneda me habló una vez, en tono muy irónico, de su participación en un grupúsculo antifranquista en el León de los años cincuenta: “Éramos pocos, pero sufríamos mucho”, me dijo riendo. Es un excelente resumen de la historia reciente de la izquierda.

Dice mucho del estado de la democracia que nuestra mejor opción sea la candidatura de un tertuliano con coleta. No hace falta que nadie me lo recuerde. Soy abstencionista, nunca he votado excepto en contra de la Constitución Europea. Así que tengo todo un cargamento de argumentos cínicos en contra de Podemos. En realidad, sólo tengo un motivo a favor, aunque increíblemente poderoso: está funcionando.

Sí, está funcionando. De una forma desordenada, abrupta, contradictoria, fea, como todos los procesos políticos importantes. A mí me basta. El entusiasmo, no sólo el miedo, debe cambiar de bando. Necesitamos ser muchos y sufrir poco.