Sólo un ni-ni puede aún salvarnos

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El listón está alto, pero tal vez una de las modas sociológicas más irritantes de las últimas décadas haya sido la popularización del concepto de “exclusión social”. Al menos en sus versiones institucionales, consiste en entender la desigualdad social como una lista de invitados incompleta. Añadir a más gente puede ser difícil –hay que encontrarlos, prestarles un traje y convencer a los invitados más esnob de que no van a robar la cubertería– pero no entraña ningún conflicto sistemático. Si en la lista no aparece tu nombre, pues te añaden y ya está.

Es una doctrina teórica y empíricamente endeble. Fue inservible para dar cuenta de como se gestaba la crisis económica, y sus aplicaciones cuantitativas más exigentes tienen la capacidad informativa del horóscopo del Yo Dona. Pero, por encima de todo, es políticamente muy conservadora. Su moraleja es, aproximadamente, que las sociedades ricas tienen tal grandeza moral que incluso la chusma puede llegar a participar en la fiesta de la democracia.

La tradición política emancipatoria planteó exactamente lo contrario. Los perdedores del capitalismo son agentes privilegiados del cambio social. Son los únicos que están en condiciones de impulsar algunos cambios políticos que beneficiarían a todo el mundo, pero que ningún otro grupo puede defender porque están atrapados en sus intereses particulares cortoplacistas. Sigue leyendo

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