En torno a la crianza cooperativa

1. Los seres humanos somos una especie de crianza cooperativa. Esto no es una opinión política o una opción cultural sino un hecho biológico. De hecho, se trata de un rasgo muy característico de nuestra especie. La crianza cooperativa es poco habitual en los mamíferos y entre la mayor parte de los primates no humanos las madres se encargan en exclusiva de cuidar de las crías. La crianza cooperativa significa que miembros del grupo que no son sus padres genéticos colaboran en el cuidado de las crías. Se suele llamar alomadres y alopadres a estos cooperadores. Muy posiblemente la crianza cooperativa entre los humanos esté relacionada con características evolutivas básicas, como la larguísima duración de nuestra infancia.

2. La crianza cooperativa ha tenido numerosas expresiones históricas y culturales: desde los distintos tipos de familias extensas hasta modelos familiares en los que los padres biológicos pierden su centralidad y otros miembros de la colectividad actúan como alopadres. Si la crianza cooperativa es un hecho biológico, la diversidad familiar es un hecho histórico. A día de hoy se suelen distinguir al menos siete grandes sistemas familiares en el mundo, cada uno de ellos con subsistemas, que se están transformando e hibridando dando lugar a nuevas formas de cooperación familiar. De hecho, la familia nuclear típica de nuestras sociedades es una creación histórica reciente y no necesariamente óptima o definitiva, al menos a juzgar por la cantidad de conflictos y malestares que genera. Científicos sociales poco sospechosos de perroflautismo han señalado que entre el amplio catálogo de formas de crianza arcaicas hay algunas que parecen amigables y razonables. Pensar que es imposible aprender nada de esas experiencias porque pertenecen al pasado, es como decir que no se puede correr una maratón porque eso significaría volver al esclavismo y a la religión olímpica.

3. La crianza cooperativa no es una opción. Tampoco en nuestra sociedad. Las guarderías y los colegios, los cuidados compartidos entre los cónyuges, la participación de las abuelas (más de la mitad de los abuelos españoles cuida de sus nietos a diario), el cuidado entre hermanos… Todo ello es crianza cooperativa. Lo característico de las sociedades postmodernas es que fingimos que esa dimensión cooperativa de la crianza no existe y le ponemos toda clase de obstáculos. Hacemos como si criar un hijo fuera un asunto privado que negocian y solventan dos adultos en el interior de su hogar que, además, deben respetar la centralidad del trabajo asalariado en sus vidas. Cualquier colaboración externa es concebida como un complemento bienvenido pero que no forma parte del núcleo de los dispositivos de crianza. El resultado ha sido catastrófico. La familia nuclear moderna es una red colaborativa demasiado exigua para algo tan complejo y agotador como cuidar de una cría humana (no digamos ya de dos, tres o cuatro). De hecho, en ciencias sociales se habla habitualmente de “crisis de los cuidados” para designar los problemas estructurales que afrontan las personas dependientes y sus cuidadores en nuestras sociedades y cómo estos conflictos están atravesados por la desigualdad económica y de género.

4. Las soluciones a los problemas de las sociedades complejas suelen ser complejos. Y lo mismo ocurre con la crianza cooperativa. Solucionar o paliar la crisis de los cuidados de un modo aceptable en sociedades ilustradas y deseosas de preservar altos estándares de libertad individual no es en absoluto sencillo. Algo así requiere cambios en la relación entre el trabajo reproductivo y el trabajo asalariado, la concepción de los servicios públicos de ayuda a la crianza, las extensión de las redes informales de apoyo mutuo, la normalización de la presencia de los niños en el espacio público y, por supuesto, un radical igualitarismo de género. Algunas personas, como Anna Gabriel, quieren ir más allá y se cuestionan el modelo de familia nuclear convencional. No es mi opción –soy muy conservador y me aterra la contracultura– pero me parece respetable y, desde luego, infinitamente más digna que el adultocentrismo ambiente que celebra las imposiciones del mercado de trabajo como si fueran elecciones de espíritus libres emancipados de todo sometimiento.

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La paternidad como resaca

Publicado en PlayGround Magazine

1. La paternidad by Ikea son papis maduros pero fibrosos, vestidos con jersey de cuello de pico y tumbados en pufs junto a angelicales rubiecitos que picotean fruta fresca de un bol Bland Blank. Cuidar de un niño es, básicamente, lo contrario. No dormir (nunca). Inventar cuentos en medio de un atasco bajo la supervisión de un inmisericorde crítico literario de tres años que señala cualquier incoherencia desde el asiento de atrás. Echar broncas homéricas por nimiedades. No dormir (nunca). Tratar de inmovilizar a dos niños convertidos en croquetas de arena para untarlos de protección solar. Introducir a empujones en el colegio a un niño histérico con la desoladora certeza de que le estás arruinando la vida. Llegar a una reunión de trabajo con restos de vómito de bebé en la camisa y que te la sude. Recorrer de noche las farmacias como en Perros Callejeros en busca de la única marca de tetina que acepta una lactante sibarita. ¿He comentado ya lo de no dormir (nunca)?… Por eso los padres modernos no existen. Son una leyenda urbana. Al menos hasta que H&M saque una línea de ropa con estampado de papilla regurgitada. Sigue leyendo

Durruti en delantal

“A principios de 1936 Durruti vivía justo al lado de mi casa, en un pequeño piso en el barrio de Sans. Los empresarios lo habían puesto en la lista negra. No encontraba trabajo en ninguna parte. Su compañera Émilienne trabajaba como acomodadora en un cine para mantener a la familia.
Una tarde fuimos a visitarle y lo encontramos en la cocina. Llevaba un delantal, fregaba los platos y preparaba la cena para su hijita Colette y su mujer. El amigo con quien había ido trató de bromear: “Pero oye, Durruti, ésos son trabajos femeninos.” Durruti le contestó rudamente: “Toma este ejemplo: cuando mi mujer va a trabajar yo limpio la casa, hago las camas y preparo la comida. Además baño a la niña y la visto. Si crees que un anarquista tiene que estar metido en un bar o un café mientras su mujer trabaja, quiere decir que no has comprendido nada.” Sigue leyendo

Santa Catalina, el PIB y los cuidados

483px-Barna_da_Siena._Mystic_Marriage_of_st_Catherine._Boston_MFADiario de una buena vecina no es ni de lejos la mejor novela que he leído. Ni siquiera es la mejor novela de Doris Lessing que he leído. Pero seguramente es una de las que más me ha hecho pensar.

La novela se desarrolla en la Inglaterra de los primeros años ochenta a través de sucesivas entradas en el diario de Janna, una viuda de mediana edad que trabaja como editora en una revista dirigida a mujeres. Janna es culta, independiente, tiene dinero y éxito profesional. Pero su vida se ve transformada por una relación, inesperada y no particularmente deseada, con Maudie, una anciana de clase obrera pobre y con crecientes dificultades para valerse por sí misma.

Sin saber muy bien por qué Janna empieza a cuidar de Maudie: le hace la compra, limpia su casa, la asea, la lleva al médico, a visitar a sus parientes, realiza sus gestiones administrativas… Es una tarea agotadora sin el menor reconocimiento. La antítesis misma de su trabajo remunerado. Ayudar a Maudie no tiene nada de divertido. Al contrario. Es casi siempre irritante y en ocasiones sencillamente repugnante. A veces Maudie se muestra hostil y antipática, nunca agradecida. Sigue leyendo