La epopeya de los banqueros, la tragedia de los ciudadanos

El canto XXIII de la Ilíada, el penúltimo, es la historia de una competición deportiva en honor de Patroclo, el novio de Aquiles muerto en el campo de batalla. Aquiles consigue vengarle matando al pobre Héctor, que seguramente era la única persona sensata de aquel infierno militarista, y a continuación organiza sus funerales. Empieza con unos cuantos sacrificios humanos –concretamente le corta el cuello a doce jóvenes troyanos– y después organiza unos juegos fúnebres con varias competiciones.

La primera prueba es una carrera de carros en la que Diomedes, Eumelo, Menelao, Antíloco y Meríones compitieron por premios como una mujer, una yegua preñada, un caldero y unas monedas de oro. Diomedes gana la carrera con una ayudita de Atenea (en la Ilíada es frecuente el doping sobrenatural). Pero lo interesante es lo que le ocurre a Antíloco. Sus caballos son los más lentos pero su padre le aconseja una estrategia para adelantar a sus adversarios en un punto complicado del circuito. De este modo, Antíloco logra llegar detrás de Diomedes. Menelao no se lo toma nada bien y reclama a Aquiles el segundo premio. Su argumento es muy sencillo: sus caballos son mejores y debería haber ganado él. Antíloco podía hacer los truquitos que quisiera para llegar antes, pero eso no significaba que le hubiera vencido.

Los griegos de la edad heroica entendían la meritocracia en un sentido muy particular. Consistía en que ganara el que tenía que ganar. Recuerda un poco al capitalismo financiero contemporáneo, en realidad. Como Menelao, los bancos se enfrenta a dos opciones, o ganan ellos o perdemos los demás.

Hoy los más tontos del lugar creen que la solución es aumentar la competencia, asegurar el fair play comercial: nadie es demasiado grande para caer, hágase el mercado et pereat mundus. La Grecia clásica, en cambio, entendió que el problema no era que las victorias de los guerreros aristócratas fueran inmerecidas sino que, justas o injustas, se basaban en un sistema de privilegios que tenía efectos sociales destructivos.

Por eso el género literario de la polis democrática no es la epopeya sino la tragedia. En las tragedias clásicas se suele describir el mundo aristocrático de los héroes militaristas como un orden de dolor y sufrimiento que pasa como una apisonadora sobre los más débiles. Los pobres, los esclavos, las mujeres, los ancianos o los niños son víctimas pasivas de la idiotez de los hombres poderosos enredados en una espiral interminable de competiciones ridículas que son el único objetivo de su vida. Los fanáticos de la ganancia –de honor y prestigio, como Menelao, o de ceros adicionales en sus cuentas de beneficio– son un tumor social que nos arrastra a los demás a un horror incomprensible.

Las tragedias clásicas explicaron a los atenienses que la convivencia ciudadana basada en leyes racionales creadas en común son la manera de poner fin a la destructividad social de la aristocracia guerrera… o financiera.

Este domingo el pueblo griego tiene la oportunidad de volver a enseñar esa lección al resto de Europa.

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Sólo un ni-ni puede aún salvarnos

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El listón está alto, pero tal vez una de las modas sociológicas más irritantes de las últimas décadas haya sido la popularización del concepto de “exclusión social”. Al menos en sus versiones institucionales, consiste en entender la desigualdad social como una lista de invitados incompleta. Añadir a más gente puede ser difícil –hay que encontrarlos, prestarles un traje y convencer a los invitados más esnob de que no van a robar la cubertería– pero no entraña ningún conflicto sistemático. Si en la lista no aparece tu nombre, pues te añaden y ya está.

Es una doctrina teórica y empíricamente endeble. Fue inservible para dar cuenta de como se gestaba la crisis económica, y sus aplicaciones cuantitativas más exigentes tienen la capacidad informativa del horóscopo del Yo Dona. Pero, por encima de todo, es políticamente muy conservadora. Su moraleja es, aproximadamente, que las sociedades ricas tienen tal grandeza moral que incluso la chusma puede llegar a participar en la fiesta de la democracia.

La tradición política emancipatoria planteó exactamente lo contrario. Los perdedores del capitalismo son agentes privilegiados del cambio social. Son los únicos que están en condiciones de impulsar algunos cambios políticos que beneficiarían a todo el mundo, pero que ningún otro grupo puede defender porque están atrapados en sus intereses particulares cortoplacistas. Sigue leyendo