La portada de “En bruto. Una defensa del materialismo histórico”

En septiembre publico un libro en la colección de ensayos de filosofía que dirige Manuel Cruz en Los Libros de la Catarata. Se titulará En bruto. Una reivindicación del materialismo histórico y ya tiene portada (de Joaquín Gallego).

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En torno a la crianza cooperativa

1. Los seres humanos somos una especie de crianza cooperativa. Esto no es una opinión política o una opción cultural sino un hecho biológico. De hecho, se trata de un rasgo muy característico de nuestra especie. La crianza cooperativa es poco habitual en los mamíferos y entre la mayor parte de los primates no humanos las madres se encargan en exclusiva de cuidar de las crías. La crianza cooperativa significa que miembros del grupo que no son sus padres genéticos colaboran en el cuidado de las crías. Se suele llamar alomadres y alopadres a estos cooperadores. Muy posiblemente la crianza cooperativa entre los humanos esté relacionada con características evolutivas básicas, como la larguísima duración de nuestra infancia.

2. La crianza cooperativa ha tenido numerosas expresiones históricas y culturales: desde los distintos tipos de familias extensas hasta modelos familiares en los que los padres biológicos pierden su centralidad y otros miembros de la colectividad actúan como alopadres. Si la crianza cooperativa es un hecho biológico, la diversidad familiar es un hecho histórico. A día de hoy se suelen distinguir al menos siete grandes sistemas familiares en el mundo, cada uno de ellos con subsistemas, que se están transformando e hibridando dando lugar a nuevas formas de cooperación familiar. De hecho, la familia nuclear típica de nuestras sociedades es una creación histórica reciente y no necesariamente óptima o definitiva, al menos a juzgar por la cantidad de conflictos y malestares que genera. Científicos sociales poco sospechosos de perroflautismo han señalado que entre el amplio catálogo de formas de crianza arcaicas hay algunas que parecen amigables y razonables. Pensar que es imposible aprender nada de esas experiencias porque pertenecen al pasado, es como decir que no se puede correr una maratón porque eso significaría volver al esclavismo y a la religión olímpica.

3. La crianza cooperativa no es una opción. Tampoco en nuestra sociedad. Las guarderías y los colegios, los cuidados compartidos entre los cónyuges, la participación de las abuelas (más de la mitad de los abuelos españoles cuida de sus nietos a diario), el cuidado entre hermanos… Todo ello es crianza cooperativa. Lo característico de las sociedades postmodernas es que fingimos que esa dimensión cooperativa de la crianza no existe y le ponemos toda clase de obstáculos. Hacemos como si criar un hijo fuera un asunto privado que negocian y solventan dos adultos en el interior de su hogar que, además, deben respetar la centralidad del trabajo asalariado en sus vidas. Cualquier colaboración externa es concebida como un complemento bienvenido pero que no forma parte del núcleo de los dispositivos de crianza. El resultado ha sido catastrófico. La familia nuclear moderna es una red colaborativa demasiado exigua para algo tan complejo y agotador como cuidar de una cría humana (no digamos ya de dos, tres o cuatro). De hecho, en ciencias sociales se habla habitualmente de “crisis de los cuidados” para designar los problemas estructurales que afrontan las personas dependientes y sus cuidadores en nuestras sociedades y cómo estos conflictos están atravesados por la desigualdad económica y de género.

4. Las soluciones a los problemas de las sociedades complejas suelen ser complejos. Y lo mismo ocurre con la crianza cooperativa. Solucionar o paliar la crisis de los cuidados de un modo aceptable en sociedades ilustradas y deseosas de preservar altos estándares de libertad individual no es en absoluto sencillo. Algo así requiere cambios en la relación entre el trabajo reproductivo y el trabajo asalariado, la concepción de los servicios públicos de ayuda a la crianza, las extensión de las redes informales de apoyo mutuo, la normalización de la presencia de los niños en el espacio público y, por supuesto, un radical igualitarismo de género. Algunas personas, como Anna Gabriel, quieren ir más allá y se cuestionan el modelo de familia nuclear convencional. No es mi opción –soy muy conservador y me aterra la contracultura– pero me parece respetable y, desde luego, infinitamente más digna que el adultocentrismo ambiente que celebra las imposiciones del mercado de trabajo como si fueran elecciones de espíritus libres emancipados de todo sometimiento.

Elitismo educativo, escuelas concertadas y bilingüismo

La educación española está marcada por una anomalía insólita en los países de nuestro entorno: el sistema de conciertos educativos. El 32% de los estudiantes españoles de primaria y secundaria estudian en colegios e institutos de gestión privada, en su mayor parte centros concertados subvencionados en su práctica totalidad con fondos públicos. Muy a grandes rasgos, la escuela concertada es un pilar de los privilegios de los que disfrutan las familias que ocupan aproximadamente el tercio superior de la distribución de rentas y cuyos intereses están manifiestamente sobrerrepresentados en las políticas públicas, los medios de comunicación y los programas de los partidos.

La historia española de la financiación con fondos públicos de la enseñanza de titularidad privada es bien conocida. En los años ochenta, el gobierno del PSOE estableció el sistema de conciertos educativos como una vía para asegurar una universalización rápida de la educación en un contexto en el que no existía suficiente oferta de educación pública. Esa medida, supuestamente transitoria, se encabalgó sobre una larga tradición franquista de subvención a fondo perdido a los colegios religiosos. Por eso los debates en torno a la escuela concertada se han desarrollado casi siempre en torno a la cuestión ideológica de la presencia de la religión en las aulas y el poder que el sistema de conciertos otorga a la iglesia.

En realidad, si ni los gobiernos del PSOE ni los del PP se han planteado jamás un proceso de incorporación de los centros concertados a la red pública no ha sido por razones religiosas sino políticas. La red de enseñanza concertada constituye un elemento central en el sistema de lealtades sociales que durante décadas ha vertebrado el régimen político español. Aún más, aunque la iglesia controla una parte significativa de la red concertada, la confesionalidad es una cuestión importante sólo para un porcentaje relativamente pequeño de las familias que acuden a esos centros. El sistema de conciertos educativos ha sido la forma en que el Estado ha asegurado a la clase media la transmisión de su patrimonio social y cultural, del mismo modo que la burbuja especulativa fue la forma en que le ofreció una vía individual de movilidad social intergeneracional a través de la transmisión del patrimonio inmobiliario. A menudo se señala que una vez igualadas las condiciones socioeconómicas la enseñanza concertada española no ofrece mejores resultados académicos. Es cierto, ofrece algo mucho más importante: la reproducción de las condiciones socioeconómicas.

El resultado es que en España la clase media real (no la aspiracional) disfruta de los privilegios sociales de la educación privada a un coste muy reducido. Este amplio grupo social ha podido esquivar una parte significativa de los problemas asociados a la escolarización de las clases populares y acumular un valioso capital social. El anecdotario sobre las vías de segregación que ponen en marcha los colegios concertados –que en teoría deberían garantizar las mismas condiciones de acceso que los colegios públicos– es inagotable. Abarcan desde los filtros económicos –como las famosas cuotas “voluntarias” o las actividades “complementarias” (añádanse cuantas comillas se considere necesario)– hasta la selección explícita y sin tapujos: en numerosos colegios concertados un criterio de admisión importante es ser hijo de un antiguo alumno.

¿Por qué desde la izquierda se pasa de puntillas sobre este problema? Me temo que la razón de esta timidez es muy antipática: la izquierda española está radicalmente atravesada por el clasemedianismo. La enseñanza concertada –sobre todo, por medio de las cooperativas de profesores o padres– se ha ido convirtiendo cada vez más en un refugio para familias laicas y progresistas con suficientes recursos económicos que buscan modelos educativos alternativos a los que ofrece la educación pública y una mayor capacidad de intervención en su comunidad educativa. No hay ningún motivo para dudar de la sinceridad de esas motivaciones, pero lo cierto es que la realidad de las cooperativas educativas laicas es también la de una profundísima segregación social.

Es un proceso aún minoritario y característico de las grandes ciudades, en especial en Madrid, Cataluña y País Vasco, pero apunta a una tendencia que posiblemente se acelerará en el futuro. El desembarco de la izquierda en la concertada con su discursos acerca de la innovación educativa, las pedagogías blandas o la transversalidad proporciona a esta red una cierta imagen de marca de la que carecía (hasta ahora su principal valor consistía sencillamente en que no era la pública). De hecho, la red de colegios laicos y progresistas es más elitista que la religiosa, que tienen su propio circuito low cost en el que tienen cabida algunos inmigrantes y personas procedentes de las clases populares.

Aún peor, la maquinaria segregadora de la concertada están contaminando cada vez más a la red pública. Empieza a ser frecuente que los centros públicos establezcan triquiñuelas en los procesos de admisión para promover una bunquerización social. Tanto en la Comunidad de Madrid como en el País Vasco, cada vez más centros públicos “prestigiosos” dan puntos en los procesos selectivos a los hijos de antiguos alumnos. Otros renuncian voluntariamente a tener comedor escolar para ahuyentar a los alumnos de bajos ingresos que optan a becas de comedor.

Pero seguramente la herramienta de discriminación social más ambiciosa que se ha ideado en España es el programa de bilingüismo de la Comunidad de Madrid (CAM), una auténtica pesadilla elitista. En la actualidad, la mayor parte de los colegios de educación primaria madrileños son bilingües –hay distritos enteros donde no hay ni un solo colegio no bilingüe– y los que no lo son sufren fortísimas presiones de la administración para que entren al redil. Hay que estar muy alienado por la anglofilia para no percibir que el programa bilingüe de la CAM es un delirio pedagógico sin parangón en ningún lugar del mundo, que ha convertido los centros educativos en academias de idiomas donde una parte significativa de las materias son imposibles de impartir porque alumnos y profesores no comparten las herramientas comunicativas mínimas. Es algo tan sencillo como que los profesores de primaria dan clase de ciencias naturales, historia o ciencias sociales en inglés (y sólo en inglés) a niños de 6, 7 u 8 años que… no hablan inglés.

Hay un dato curioso que permite entender el auténtico objetivo del bilingüismo en los centros públicos de la CAM. En educación secundaria los resultados académicos de los estudiantes del programa bilingüe son peores en las materias impartidas en inglés pero mejores en matemáticas y lengua española. Es decir, aparentemente dar clase de ciencias en inglés, mejora tu rendimiento en lengua española. La explicación es que los programas bilingües expulsan a las familias más pobres y con menos recursos culturales y que obtienen peores resultados académicos. Al igual que la red de enseñanza concertada, los programas bilingües en educación primaria tiene un objetivo social: permiten que al llegar a la ESO los estudiantes puedan ser distribuidos en función de su nivel de inglés. Poco sorprendentemente, esta criba hace que los estudiantes de las aulas bilingües sean de piel más clara, más ricos y con mayor capital cultural que los demás.

El sistema educativo español, al menos en su tramo obligatorio, parece cada vez más el experimento de un discípulo loco de Bourdieu para observar la reproducción social a gran escala. Madrid es su laboratorio.

[Este texto es un extracto de un artículo más amplio  (“Reescolarizar la escuela”) que he publicado en el número 16 de La maleta de Port Bou]

Podemos and the Challenges of Political Change in Spain

Jorge Sola y yo hemos publicado un artículo titulado “Podemos and the Challenges of Political Change in Spain” (Podemos y los desafíos del cambio político en España” en Near Futures, una nueva publicación digital de la editorial Zone Books que dirige Michel Feher.

El texto se puede leer aquí: http://nearfuturesonline.org/podemos-and-the-challenges-of-political-change-in-spain/

Tawney sobre el gobierno de izquierdas

“La falla característica de los gobiernos laboristas es una discreción exagerada. La impresión que hacen en un observador recuerda el cuadro del joven retratado por Jane Austen del que nada podía decirse sino que “su continente era agradable y su modales de caballero”. Caminan con tanta delicadeza como Agag, como los gatos en el hielo. Se conducen como hombres temerosos de ejercer el poder por el que han luchado durante una generación. Tienen menos deseos de dar satisfacción a sus amigos que de aplacar a sus enemigos. Ponen una gran atención en las menudencias, examinan los cuartos de penique con microscopio y se resisten a saltar las barreras que sus adversarios saltarían sin cambiar el paso de sus caballos y lanzando carcajadas o maldiciones. Estos últimos han sido educados para creer que son los elegidos, y no se turban con el pensamiento de que pueden estar equivocados. Si deciden malgastar el dinero, lo malgastan con un aire gustoso; si creen que es ventajoso sacar adelante una ley que no puede aplicarse, la sacan adelante sin importarles un ardite las consecuencias. Escuchan las críticas con bastante cortesías, pero, exceptuando los detalles pequeños, no rectifican por ellos. Saben que una vez a caballo pueden hacer lo que quieran. Y proceden a hacerlo con una indiferencia sonriente ante las advertencias de sus técnicos, la furia de la oposición, los datos de la geografía, la aritmética y otras ciencias vulgares, y la circunstancia del caso. Esa actitud de tranquila seguridad es una baza considerable. Algunas de sus virtudes pueden ser imitadas por el próximo gobierno laborista”.

R. H. Tawney, La igualdad, 1931(traducción española de 1945, México, FCE, p. 339)

Las pseudociencias matan. Los ciencinazis… también

Cito de Robert M. Sapolsky, El mono enamorado y otros ensayos sobre nuestra vida animal (Barcelona, Paidós, 2007, pp. 145-147)

“Hay una afección pediátrica llamada hospitalismo. Aunque sea ya una enfermedad del pasado, el hecho de que alguna vez haya existido constituye un capítulo asombroso y preocupante de la historia de la medicina.

(…) A principios del siglo XX las casas de acogida de niños de Norteamérica tenían tasas enormemente altas de mortalidad. En 1915 un médico llamado Henry Chapin realizó encuestas en diez de esos alojamientos distribuidos por Estados Unidos y aportó cifras que no necesitan interpretación estadística: en todas las instituciones, excepto en una, todos los niños morían antes de llegar a los dos años. Todos los niños.

Lo cierto es que en esa época la situación de los niños en los hospitales tampoco era mucho menos terrible. Un niño cualquiera hospitalizado durante más de dos semanas empezaba a desarrollar señales claras de hospitalismo: se consumía presa de la apatía a pesar de estar siendo alimentado de forma adecuada. El hospitalismo conllevaba un debilitamiento muscular, pérdida de los reflejos y un aumento del riesgo de infecciones gastrointestinales y pulmonares. Con todo ello, las tasas de mortalidad se habían multiplicado casi por diez con el comienzo del hospitalismo.

Los especialistas tenían sus teorías. Por aquel entonces los hospitales eran lugares peligrosamente insalubres y se asumía que muchos de los niños que se amontonaban en las salas pediátricas se contagiaban con facilidad. En la era de Chapin se prestaba mayor atención a los problemas gastrointestinales. Después, una década más tarde, se centraron en los problemas pulmonares y, especialmente, en la neumonía. Surgieron todo tipo de términos extravagantes para describir a estos niños “marásmicos”; pero nadie tenía ni idea de lo que era el hospitalismo.

Ahora sí lo sabemos. El hospitalismo se debe a la intersección de dos ideas de la época: una veneración a cualquier precio por las condiciones asépticas y estériles y la creencia en el mundo pediátrico (constituido por una abrumadora mayoría de varones) de que el hecho de tocar, coger en brazos y reconfortar a los bebés era una estupidez maternal y sentimental. (…) Normalmente, incluso a los propios padres sólo se les permitía pasar en el hopital unas pocas horas de visita cada semana con su bebé.

(…) Aquellos niños de los hospitales, a pesar de una nutrición adecuada, suficientes mantas y protección frente a varias amenazas para su salud fallecían a causa de privación emocional. A medida que se deprimían más y se volvían más apáticos, era más probable que sus sistemas inmunitarios se debilitaran. Pronto caían víctimas de infecciones gastrointestinales o respiratorias tan comunes en los hospitales de la época y en ese momento aparecía el entusiasmo enfermizo por aislarles asépticamente. Los pediatras veían las infecciones como causa, y no como efectos del hospitalismo, y los niños eran encerrados rápidamente en cubículos en los que la meta era que nunca fuera tocados por manos humanas. Y la mortalidad se disparaba.

(…) [Por eso] existía un extraño patrón en los datos estadísticos: era en los hospitales más pobres donde los niños eran menos propensos a morir de hospitalismo, hospitales que no podían permitirse comprar esos novedosos cubículos mecánicos de aislamiento para niños con marasmo”.

Los chimpancés y los ordenadores según Frans de Waal

“A los chimpancés con los que trabajo les gustan sobremanera las pruebas realizadas con ordenador: la manera más fácil de hacer que entren en nuestras instalaciones es mostrándoles un carrito con un ordenador. Entonces se apresuran a entrar para pasar una hora que ellos ven como una hora de juegos y nosotros, como una hora de pruebas cognitivas”

Frans de Waal, Primates y filósofos, Barcelona, Paidós, 2007, p. 111

Mi entrevista con Alberto Méndez

A mediados de diciembre de 2004, apenas dos semanas antes de la muerte de Alberto Méndez, coincidí con el filósofo Paco Fernández Buey en un homenaje a Manuel Sacristán que se celebró en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Al terminar el coloquio estuvimos hablando de libros. Estaba entusiasmado, me dijo, con dos novelas españolas sobre la dictadura franquista. Una era El vano ayer, de Isaac Rosa; la otra Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. Me hizo gracia porque yo había entrevistado a ambos para Ladinamo, una revista cultural gratuita sin grandes pretensiones. De hecho, durante mucho tiempo fue mi texto más leído y citado. Nunca me hice muchas ilusiones: no era una entrevista particularmente buena, sencillamente fue la única que llegó a conceder Méndez antes de morir.

“¿Has conocido a Alberto?”, me preguntó riendo Paco. Eran amigos: habían coincidido en Barcelona, en los años setenta. De hecho, me explicó, Méndez había sido el cofundador de Ciencia Nueva y uno de los responsables de Grijalbo, dos de los sellos en los que Manuel Sacristán desarrolló una importante labor editorial.

En realidad, no me sorprendió mucho. Cuando le entrevisté, unos seis meses antes, habíamos terminado conversando, ya con la grabadora apagada, sobre la obra de Sacristán. Él me estaba hablando de la impronta del franquismo en la literatura y yo le comenté que me parecía aún más importante en el campo del ensayo. España es uno de los pocos países del mundo donde sus mejores ensayistas han escrito de espaldas a la universidad: Machado, Zambrano, Bergamín, Ferlosio y, por supuesto, Sacristán. Méndez no me dijo que había formado parte del círculo intelectual de este último, pero era evidente que conocía muy bien su trabajo filosófico. Incluso llegó a sacar de una estantería un ejemplar de su edición de Panfletos y materiales para leerme algún pasaje.

“Alberto tenía un extraño sentido del humor”, me explicó Paco Fernández Buey cuando hablamos, meses después. “Un día subíamos a su casa de Barcelona en el ascensor él, su hijo y yo. En el último momento entró también un mando militar vestido de uniforme. El niño lo miró y dijo: ‘Papá, ¿son estos los militares que dices que son unos asesinos?’. Yo empecé a sudar, ya nos veía a todos en comisaría. Pero Alberto lo arregló respondiendo muy tranquilo: ‘No hijo. Yo he dicho que algunos militares son unos asesinos, pero no sabemos si este señor lo es’”.

Aquella historia me recordó el motivo por el que Los girasoles ciegos me impacto desde el primer momento. Estaba en una librería de mi barrio ojeando las novedades que habían aparecido en la bajamar editorial postnavideña. Abrí aquel libro y leí en la primera página lo que escribe el capitán Alegría: “Aunque todas las guerras se pagan con muertos, hace tiempo que luchamos por usura. Tendremos que elegir entre ganar una guerra o conquistar un cementerio”. Parecía una respuesta a la cita con la que concluye El eclipse de la fraternidad, un ensayo de Antoni Domènech, otro discípulo de Sacristán, editado también en 2004, casi a la vez que Los girasoles ciegos. Se trata de una declaración de Gonzalo de Aguilera, el militar franquista encargado de las relaciones con la prensa extranjera durante la guerra civil: “Tenemos que matar, matar y matar, ¿sabe usted? Son como animales, ¿sabe? Y no cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas y piojos portadores de la peste. Ahora espero que comprenda usted qué es lo que entendemos por regeneración de España… Nuestro programa consiste… en exterminar un tercio de la población masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado”.

La verdad es que nunca me ha entusiasmado la literatura española sobre la Guerra Civil. Muchas de esas novelas me resultan simpáticas, claro. Y algunas tienen personajes interesantes y argumentos sólidos. Pero es como si quedaran cortocircuitadas literariamente por las buenas intenciones y la sedimentación de relatos hegemónicos que pesan como una losa. Con Los girasoles ciegos pasa un poco al revés. Más allá de cualquier cuestión moral, histórica o ideológica es una novela atravesada por una cólera descomunal, una ira bíblica que se transforma en un vendaval literario. Me recordó un poco a Michael Kohlhaas.

Los girasoles ciegos es uno de los libros menos conciliadores que he leído en mi vida. Y eso, en 2004, era potencialmente subversivo. En aquellos años el debate sobre la memoria histórica había llegado a tener una cierta visibilidad pública. Desde la izquierda institucional se propuso una intervención que cuestionaba en términos simbólicos el relato de los vencedores del golpe de Estado de 1936 pero dejaba incólume el mito de la reconciliación en la transición a la democracia. Tal vez por eso se produjo un eficaz contraataque revisionista, una reivindicación de figuras del régimen franquista como Sánchez Mazas o Rodríguez Ridruejo en novelas como Soldados de Salamina, de Javier Cercas, o ensayos como La resistencia silenciosa, de Jordi Gracia, que obtuvo el Premio Anagrama ese mismo año.

Tardé varios meses en conseguir que Alberto Méndez me recibiera. Su editorial me facilitó una dirección de correo electrónico. No respondió a mi primer mensaje en el que le solicitaba una entrevista, así que al cabo de unos días le envié un segundo email. Esta vez sí contestó pero sólo para indicarme que en aquel momento le resultaba imposible, tal vez más adelante… Imagino que no pensó que me lo fuera a tomar literalmente. Al cabo de unas semanas insistí. No recuerdo cuántos mensajes más le envié pero probablemente fueran unos cuantos porque cuando finalmente me recibió en su casa, en la primavera de 2004, le di las gracias y me contestó riendo: “Bueno, la verdad es que te lo has currado”. Por aquel entonces Alberto Méndez ya estaba gravemente enfermo, aunque yo no tenía ni idea. Tome por serenidad lo que seguramente fuera cansancio y malestar.