Indies, hipsters, gafapastas y todos los demás

Yoga para los que pasan del yoga es un texto más o menos autobiográfico de Geoff Dyer. Se supone que es un libro de viajes y en parte es verdad porque habla de un montón de lugares exóticos. Pero más bien es la historia de una depresión. El autor, un periodista cultural cuarentón que escribe para una revista de tendencias, ha llevado lo que viene siendo el ideal de vida hipster: viajes, drogas, música, películas… En cierto momento, alcanza el Valhalla gafapasta: le encargan que cubra un festival de música electrónica en Detroit con todos los gastos pagados. Pero las cosas no acaban de encajar. Es incapaz de involucrarse en la fiesta, se siente viejo y cada vez más triste. En el hotel “los ascensores iban repletos de DJs, ravers, modernos: gentes en varios grados de bajón que regresaban a la habitación antes de salir para las after-parties en discotecas o habitaciones. Probablemente se trataba de la reunión más enrollada celebrada en un hotel, y yo me la estaba perdiendo a pesar de estar allí”. Al día siguiente, amanece lloviendo. Dyer recorre Detroit, un páramo postnuclear arrasado por la especulación inmobiliaria y la desindustrialización. Encuentra en una cafetería en la que desayunar. Pide unos huevos revueltos y se echa a llorar sobre el plato.

Hasta ahora no he escrito nada sobre Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (Capitán Swing, 2014), porque su autor, Víctor Lenore, es mi amigo y el libro ha aparecido en una editorial en la que yo también publico. Me he decidido a hacerlo porque he leído un montón de comentarios sobre el libro, tanto críticos como elogiosos, centrados en lo que para mí son aspectos marginales de su argumentación. En particular, las recepciones más negativas han entendido que se trata del panfleto de un indie resentido que ridiculiza una tribu urbana de barbudos con pretensiones. Encima, resulta que es hacer leña del árbol caído porque, al parecer, a los hipsters se les ha pasado el arroz. Dicen los expertos que la trituradora de tendencias hace dos o tres temporadas que dejó atrás las fixies y los cupcakes. Incluso hay quien asegura que el nuevo hype es el compromiso político (una idea más bien extraña para cualquiera que no viva legalmente confinado en Lavapiés).

En realidad, Indies, hipsters y gafapastas es un título engañoso porque da a entender que el libro habla de gustos estéticos cuando lo importante es el subtítulo, concretamente la palabra “dominación”. Por supuesto, el arte y la cultura –como la ética, por cierto– son intrínsecamente valorativos. Es sencillamente imposible permanecer en un estado zen de relativismo estético. Amar la música, las películas o los libros es tomar partido por unos en contra de otros, a menudo con vehemencia. Muchas veces esas diferencias comparativas están relacionadas con desigualdades económicas o de prestigio. Los gustos de las clases dominantes se acaban haciendo hegemónicos. A eso se refería más o menos Walter Benjamin cuando decía aquello de que todo documento de cultura es también un documento de barbarie. En sus memorias, Stefan Zweig contaba que en la Viena de principios de siglo XX la música culta era reverenciada masivamente. Las clases populares admiraban a cantantes de ópera a los que jamás iban a poder escuchar.

Pero Víctor Lenore habla de algo substancialmente diferente: el modo en que en las últimas décadas esa estratificación estética tradicional engranó con el consumismo generando una violenta retroalimentación. Lo que hace que Indies, hipsters y gafapastas sea un libro tan necesario no es su ácida crítica del clasismo de los suplementos culturales o los festivales de música, sino su análisis de una experiencia colectiva crucial en nuestra historia política reciente. Víctor Lenore no habla de un pequeño grupo social que se cree muy especial –algo típico de la alta cultura del pasado– sino de cómo todos, incluso la izquierda radical, nos hemos hipsterizado.

Es un libro muy generacional precisamente porque los baby boomers somos los primeros españoles plenamente socializados en el ultraconsumismo. La imitación de los estilos de vida de las élites económicas ha sido el atrezo de nuestro viaje a una vida dañada en un paisaje social que tiene el aspecto de un cataclismo. Eso es justo lo que le pasa a Geoff Dyer en Detroit. La estética avanzada ha desempeñado un papel esencial en nuestra tolerancia a la miseria política. Durante algún tiempo las consecuencias de la especulación financiera o la precariedad laboral casi resultaban interesantes. Vivíamos en pisos compartidos, aprendíamos inglés, tostábamos cedés, leíamos a ideólogos postmodernos, nos buscábamos la vida para no pagar en los conciertos… Los nuevos centros de arte, los festivales de música electrónica o los medialabs parecían la versión amable y cosmopolita de los aeropuertos internacionales desiertos y las autopistas a ninguna parte.

Es cierto, no hay nada intrínsecamente malo en los pantalones estrechos, las gafas grandes o los discos de Bon Iver. Pero las revistas de tendencias han sido el laboratorio donde se han ensayado los anabolizantes culturales que han hipertrofiado el mercado de bienes suntuarios. El consumismo no tiene mucho que ver con comprar mucho o poco, más bien es una forma de realización personal basada en la selección de lo que el mercado nos ofrece. Se trata de un proceso de organización  social que sólo se puede dar de un modo muy limitado si está restringido a bienes básicos. Para convertirse en una forma de vida, el consumo necesita dotarse de una fuerte carga simbólica. Tenemos que creer que al comprar estamos haciendo otra cosa distinta y más importante. La cultura hipster o, más en general, la idolatría de lo cool, ha sido el núcleo ideológico de un consumismo refinado que ha terminado por dominar nuestros corazones.

Mucha gente se ha reído de la sensibilidad de Víctor Lenore hacia la cultura popular como si fuera una especie de reivindicación de una dictadura del proletariado artístico. En realidad, podría haberlo planteado al revés. Uno de los efectos más extraños de la explosión del consumo sofisticado es la práctica desaparición de la escena cultural de lo que tradicionalmente había sido considerado “gran arte”. No sólo Violeta Parra, también Chopin es innombrable. Foster Wallace, bien; Flaubert, mal. Creo que la razón de esta paradójica doble ausencia –de la cultura popular y del canon artístico tradicionalmente preservado por las élites– tiene que ver con que el consumismo es capaz de asimilar casi cualquier producto cultural, incluso los más iconoclastas y subversivos, pero es incompatible con la comprensión de la literatura, la música o el cine como parte de un proceso de crecimiento moral.

Ninguna canción nos va a hacer mejores personas, claro. Pero los libros, los poemas, los discos o las películas que nos resultan importantes también forman parte, de un modo complejo y turbulento, del tipo de personas en las que aspiramos a convertirnos. Hay quien vive el arte y la cultura como una exploración de territorios ignotos y peligrosos, otra gente los entiende como una especie de celebración navideña en la que nos reencontramos con amigos y familiares, para otros suponen el cuidado de un legado reconfortante que nos une a quienes nos precedieron y a quienes nos seguirán… Da igual. Ya busquemos en ellos un veneno o una medicina, nos plantean preguntas inquietantes acerca de, entre otras cosas, nuestra comprensión del pasado y nuestros proyectos de futuro, nuestra identidad personal y colectiva o nuestra relación con los demás. Es un proceso que el consumismo quiebra. Carece por completo de sentido cuando nos limitamos a certificar en la línea de cajas de la FNAC la superioridad incuestionable de nuestros propios gustos, evidente por la sencilla razón de que los hemos pagado.

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8 pensamientos en “Indies, hipsters, gafapastas y todos los demás

  1. Entiendo, entonces, que escribes este texto porque, al parecer no estamos entendiendo bien el libro, ¿no?
    En mi opinión, el panfleto, como a él le gusta llamarlo, está lastrado por un tono ciertamente arrogante y me resulta realmente complicado ver algo más que una sustitución de un criterio estético por uno moral; por supuesto, dictado desde un lugar más elevado desde el que todo se ve con mayor claridad.
    Ah, y pido disculpas por pertenecer al tipo de persona que describes en el segundo párrafo.
    A ver si pillo en la fnac un manual de comprensión lectora.

    • Estoy de acuerdo con tu comentario, salvo en una cosa: creo que se sustituye un criterio estético por otro criterio estético. Poco más. Y por otro lado, ¿ha leído este señor ‘La broma infinita’? Yo creo que no, aunque me puedo equivocar [y en su balance sería, todavía, mucho más grave].

  2. Me parece muy acertado todo lo que comentas, César….. Solo que hemos debido de haber leído libros distintos, porque yo no he visto muchas cosas de las que comentas, más bien he visto lo que dice el anterior comentario. Y lo peor del libro es que es una oportunidad perdida para extenderse en ese concepto de “dominación” para realizar un panfleto (sic) rencoroso y desnortado anti hipster. Por cierto, aquí en provincias, no tenemos de eso…

    Por cierto, y a modo de recomendación humilde y honesta; el peloteo entre colegas totalmente acrítico os deja más cerca de los nocilla de lo que os gustaría….

    • Bueno, supongo que en realidad casi nunca existe “el mismo” libro que leer. Seguramente hay elementos generacionales y personales en mi evaluación difíciles de explicar y aún más de compartir. También ntiendo lo que dices del peloteo. Creo que en general es una mala idea reseñar libros de amigos o de editoriales con las que colaboras. Pero también me parece que no puede ser una norma absoluta. Y en este caso realmente es un libro que me ha resultado importante y por el que me he sentido muy interpelado.

  3. lo que se dice en esta entrada me ha parecido lo más interesante que he leído hasta el momento sobre el libro (el cual, por cierto, no he leído,… sólo me he asomado a alguna entrevista en prensa con su autor, el cual a su vez comentaba hace poco que los “hipsters” no basan su elitismo en lo económico sino en “el estatus cultural autopercibido”,… y es que –en relación con la íntima solidaridad de “hipsterismo” y consumismo, y con la comprensión del consumismo como conformador de subjetividad que se recoje en esta entrada– decía adorno que “la irracionalidad del sistema apenas viene mejor expresada en el destino económico del individuo que en su psicología parasitaria”. me acuerdo de adorno sobre todo porque me hizo mucha gracia lo que leía en las entrevistas, en relación con las pretensiones elitistas de esta gente, por lo que tienen de ridículas … quiero decir,… comprendería que alguien como adorno se permitiera criticar el jazz edulcorado y manso que sonaba en las radios de la época, después de haber estudiado en viena con alban berg, de formar parte de la redacción de anbruch, de trabajar como “negro” para thomas mann en temas musicales, etc., pero que se suban a la parra por comprarse un par de vinilos de un grupo que no se diferencia cualitativamente de cualquier otro que suene en las radiofórmulas o por ver la tele…). bueno yo sólo pasaba por aquí. de nuevo, muy interesante la entrada (hasta dan ganas de leerse el libro).

  4. El problema, amigo César, es la vaguedad en los planteamientos, ¿qué se entiende por cultura popular hoy? Es un tema que me interesa mucho desde hace años pero es difícil saber de que hablamos si nos quedamos en abstracciones. Y podemos estar de acuerdo en muchas cosas, una de ellas sin duda en la necesidad de discutir de estos temas que hasta hace poco apenas interesaban a nadie, pero hace falta concretar. Y basta, por ejemplo, con atenerse a escuchar con atención el cancionero del que se habla para entender en su complejidad qué significan hoy las clases sociales, que conciencia de sí tienen los individuos, cuál es la enajenación del sujeto contemporáneo que le permite soportar la desigualdad y la injusticia, a qué llamamos pueblo… Y ahora que estas discusiones están teniéndose en un contexto de toma del poder, es necesario concretar, dejar claro a qué nos referimos cuando hablamos de experiencias culturales al margen del mercado, qué diferencia hay entre lo común y lo público, cual sería una política cultural deseable más allá de condenar el neoliberalismo o el consumismo… Y también, ya que están cambiando las tornas en algunos ámbitos, no olvidar la buena noticia de que lo que hasta hace muy poco eran discursos marginales están desplazando a los hegemónicos, y no sólo en Lavapiés; de hecho el éxito del libro de Lenore no se explica sin este cambio de sentido común. El 15M fue un revulsivo que hizo que mucha gente que antes pasaba olímpicamente de la política tomara conciencia de la importancia de los asuntos colectivos, de ahí que algunos nos permitamos la broma -ante la pasión de los neófitos de establecer categorías de lo que está bien y lo que está mal- de decir que ahora lo cool es estar politizado… En fin, el debate continúa y eso está bien. Te dejo el enlace con la reseña que le hice al libro de Lenore, pues aunque a lo mejor no la has leído forma parte de la discusión del fenómeno editorial de la temporada. Un abrazo para ti y para la tribu.

    http://www.elestadomental.com/dietario/indies-hipsters-y-gafapastas-%C2%BFenemigos-del-pueblo

  5. No he leído, el libro, No soy español, y vivo en Qro. México.
    Acá (en Querétaro) los hipster encajan perfectamente con lo que dice la nota. Lo que creo es que estamos en un tiempo extraño, pues nadie sabe si es de “transición”, de “definición”, de “el capitalismo ganó”, de “verdadero cambio”, de blablabla…por eso no creo que la solución sea buscar etiquetas (y ver quién encaja y quien no), características y escarbar en conceptos (no sé como la gente se aventura a decir cosas como “Era lo que quería decir tal o cual..”, si a veces ni siquiera entre nosotros entendemos “lo que queremos decir” el lenguaje es un pendiente histórico)…Lo que parece que hacen (lo ven, es lo que les digo), es a la usanza de la vieja antropología, la que describe para “dominar” (domindor/dominante/dominado…nos dominamos como clase medieros). Aquí en Querétaro, la apreciación del arte tiene que ver más con cuántas veces criticas lo criticado, a cuántos movimientos te unes por medio de dibujitos y mantas en las marchas, stickers o graffitis “bien hechos” (jajaja) qué autores de “culto” lees, cuántos viajes haces a su tan refinada/decaída Europa….
    A mi sólo me parece (jajaja) que hay un desconocimiento social de nuestro entorno muy grande, porque se conoce a través de las “redes sociales” y del internet, y no del caminar y tener una verdadera experiencia en la ciudad, o comunidad, etc. (que es el éxito de los pseudo documentales de vice). Esto es alimentado por las instituciones. Imagínense que aquí un hipster puede proponer que una buena medida de política pública es “internet para todos” jajaja mientras la educación, la salud, la seguridad, la alimentación, la economía…van en picada…y eso del internet, lo aplauden las instituciones!!
    El pueblo sigue estando donde siempre estuvo: olvidado en la miseria, cabe decir que en México, el indio que no está folclorizado no vale y no tiene derechos, lo mismo que el naco, que sigue ahí, sólo que ahora alló una salida…se volvió sicario y le vende la droga a los hipsters…

    cuando lea el libro…les envío un comentario, sobre el mismo.

  6. yo me lo compré y lo leí, es un librillo vacío y poco documentado ya se lo dije al autor. ten en cuenta que todo depende de los autores que te gusten, todo depende, leer a Turgueniev te puede hacer mejor persona, pero ver el cine de Haneke te convertirá en un hijoputa, esto es asín. saludos, a ver si vende más el libro, podeis seguir con la promo, que no se diga. libreros UNIDOS!.

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