La especulación inmobiliaria entendida como una de las bellas artes

En la sala de lectura de la biblioteca que frecuento, la gente se coloca en las mesas siguiendo un patrón regular. Primero se ocupan los puestos más cercanos a las paredes y sólo al final, si no queda más remedio, los lectores se sientan en las mesas del centro de la sala. La razón es un lucernario infernal que en cuestión de minutos te deja al borde de la fotofobia y chorreando sudor. Es un fenómeno habitual en numerosas edificaciones recientes, aparentemente inspiradas en un catálogo de peceras. A veces tengo la impresión de que alguien se ha hecho el lío con los planos y se ha dedicado a construir edificios pensados para Finlandia en lugares con trescientos días de sol al año.

Mi ejemplo favorito es un monstruo de cristal sin ventanas y orientado al sur frente al puerto de Málaga. Los trabajadores que lo ocupan tapan con papeles, pósters, planos y telas las cristaleras de sus oficinas para intentar resguardarse de la luz del sol. Sería un edificio más si no fuera porque se trata de la gerencia de urbanismo de la ciudad. Así que, en cierto sentido, es una escultura a la burbuja inmobiliaria en el epicentro del terremoto especulativo español. 

O no en cierto sentido, sino en un sentido muy literal. Los arquitectos han hecho un esfuerzo titánico por acercar sus obras al mundo del arte.. Sigue leyendo en eldiario.es

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