La paternidad como resaca

Publicado en PlayGround Magazine

1. La paternidad by Ikea son papis maduros pero fibrosos, vestidos con jersey de cuello de pico y tumbados en pufs junto a angelicales rubiecitos que picotean fruta fresca de un bol Bland Blank. Cuidar de un niño es, básicamente, lo contrario. No dormir (nunca). Inventar cuentos en medio de un atasco bajo la supervisión de un inmisericorde crítico literario de tres años que señala cualquier incoherencia desde el asiento de atrás. Echar broncas homéricas por nimiedades. No dormir (nunca). Tratar de inmovilizar a dos niños convertidos en croquetas de arena para untarlos de protección solar. Introducir a empujones en el colegio a un niño histérico con la desoladora certeza de que le estás arruinando la vida. Llegar a una reunión de trabajo con restos de vómito de bebé en la camisa y que te la sude. Recorrer de noche las farmacias como en Perros Callejeros en busca de la única marca de tetina que acepta una lactante sibarita. ¿He comentado ya lo de no dormir (nunca)?… Por eso los padres modernos no existen. Son una leyenda urbana. Al menos hasta que H&M saque una línea de ropa con estampado de papilla regurgitada.

2. Tengo un amigo que es muy buen escalador y de vez en cuando hace su buena obra del mes llevándonos a unos cuantos paquetes a hacer el ridículo en alguna pared de la Sierra de Madrid. A veces, cuando estás asegurando con la cuerda a alguien que está escalando y ves que lo está pasando mal le preguntas: “¿Quieres que te baje?”. Mi amigo se pone frenético: “¿Por qué le dices eso?”, nos grita. “Claro que quiere que le bajes. Está colgando de una roca a veinte metros del suelo. ¿Qué crees que te va a responder? ¡Sácame de aquí! Lo que tienes que hacer es animarle a que siga”. No se me ocurre mejor forma de explicar en qué consiste tener un hijo y, en general, cuidar voluntariamente de otras personas o incluso de animales. Una parte muy importante de la experiencia del cuidado no tiene nada que ver con algo que queramos. No preferimos cambiar pañales o dar conversación a un anciano senil o pasear a un perro a las siete de la mañana bajo la lluvia. Tampoco son exactamente obligaciones morales, como cuando te fuerzas a ti mismo a decir la verdad aunque te vendría bien mentir. Si cada vez que nuestros hijos nos despiertan por la noche tuviéramos que acordarnos del imperativo categórico, los orfanatos estarían abarrotados.
3. Por eso para mucha gente la paternidad es una experiencia explosiva que saca a la luz contradicciones profundas. Todo a nuestro alrededor está diseñado para que nuestros gustos, casi siempre mediados por el consumo, sean nuestras principales señas de identidad. En un mundo de trabajos precarios donde la ideología política es un chiste sin gracia, somos lo que consumimos. Nos definimos por la lista de la compra. La crianza es prácticamente incompatible con esa comprensión de uno mismo como un agregado de preferencias más o menos cool. Cada padre, cada madre, lo vive como puede, claro. Algunos con alegría. Otros con sufrimiento. Hay quien lo sobrelleva vampirizando el tiempo de otras personas. Y hay quien tiene el dinero suficiente para pagar por fingir que puede seguir con su vida como si tal cosa. En la mayoría de los casos, supongo, hay un poco de todo ello. Cuidar de los demás no te hace necesariamente mejor persona. Es más, a menudo saca lo peor de uno mismo. Tampoco hay nada particularmente mágico en relacionarse con gente muy bajita y menos inteligente que un chimpancé. Y, desde luego, la idea de que la vida familiar es una fuente sistemática de bienestar es puro buenrollismo cursi (y si no mira a Orestes). Pero, a pesar de todo, con frecuencia la paternidad nos hace ver que buena parte de nuestra vida estaba, al menos en parte, basada en presupuestos falsos.
4. No tienes una carrera laboral, sino una mierda de trabajo que te hace encontrarte con tus hijos cansado e irritable. No vives en un mundo repleto de excitantes innovaciones culturales, eres un zombie del supermercado del entretenimiento. Sobre todo, descubres que el cuidado mutuo siempre había estado ahí, aunque no fueras capaz de verlo. A lo largo de nuestra vida adulta casi siempre estamos inmersos en una red de cuidados más o menos densa: acompañamos, limpiamos, aconsejamos, cocinamos, auxiliamos y, al mismo, tiempo recibimos todas esas atenciones. Es algo que los padres de mi generación hemos descubierto tarde y mal. El primer recién nacido que muchos de nosotros cogimos en brazos fue nuestro propio hijo. Eso no nos hizo desear irnos a vivir una leprosería a dedicarnos 24/7 a ser héroes morales. Más bien nos ha hecho entender que el mundo es una gran leprosería donde hemos construido búnkers comerciales en los que nos encerramos unos poquitos años a escenificar una falsa independencia. El cuidado mutuo no había desaparecido, sencillamente lo habíamos sepultado bajo un piso compartido, unos cuantos viajes y demasiadas tracklists.5. Por cierto, no hay ninguna necesidad de tener hijos. Pero si estás pensando en ello puede que no sea mala idea hacerlo cuanto antes. Si aún eres lo suficientemente joven como para aguantar de fiesta de jueves a domingo tal vez puedas cuidar de un bebé sin esta sensación de resaca permanente aunque no hayas bebido ni una gota de alcohol.
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