Sólo un ni-ni puede aún salvarnos

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El listón está alto, pero tal vez una de las modas sociológicas más irritantes de las últimas décadas haya sido la popularización del concepto de “exclusión social”. Al menos en sus versiones institucionales, consiste en entender la desigualdad social como una lista de invitados incompleta. Añadir a más gente puede ser difícil –hay que encontrarlos, prestarles un traje y convencer a los invitados más esnob de que no van a robar la cubertería– pero no entraña ningún conflicto sistemático. Si en la lista no aparece tu nombre, pues te añaden y ya está.

Es una doctrina teórica y empíricamente endeble. Fue inservible para dar cuenta de como se gestaba la crisis económica, y sus aplicaciones cuantitativas más exigentes tienen la capacidad informativa del horóscopo del Yo Dona. Pero, por encima de todo, es políticamente muy conservadora. Su moraleja es, aproximadamente, que las sociedades ricas tienen tal grandeza moral que incluso la chusma puede llegar a participar en la fiesta de la democracia.

La tradición política emancipatoria planteó exactamente lo contrario. Los perdedores del capitalismo son agentes privilegiados del cambio social. Son los únicos que están en condiciones de impulsar algunos cambios políticos que beneficiarían a todo el mundo, pero que ningún otro grupo puede defender porque están atrapados en sus intereses particulares cortoplacistas.

Por ejemplo, todos entendemos que en una sociedad altamente tecnificada sería razonable dejar de tratar el trabajo como si fuera un bien escaso e idear mecanismos para repartirlo y así disponer de más tiempo libre. Pero los que aún nos aferramos a trabajos precarios estamos poco dispuestos a asumir los costes y los riesgos de la transición a un sistema más sensato, pues nos podría deparar perjuicios importantes en el corto plazo. Somos capaces de imaginar esa reorganización social y apreciar sus ventajas, pero para impulsarla tendríamos que convertirnos en héroes dispuestos a inmolarnos en el altar de la racionalidad política. En cambio, si toda tu familia lleva diez años en el paro y en tu ciudad hay un 70% de desempleo juvenil, es más fácil que la destrucción del mercado laboral tal y como lo conocemos te parezca una plan factible y moderado.

Eso es lo que venía a decir Marx cuando explicaba que el proletariado era la clase universal. La expresión no es muy afortunada. Suena a que la clase obrera industrial es el mesías redentor de la humanidad. De hecho, a menudo se ha usado la tesis de Marx para justificar un obrerismo de lo más majadero. Hay gente que cree que ser un trabajador descualificado proporciona una perspectiva clarividente de la realidad social y una aguda inteligencia ética. Es una idea rara. Yo diría que estar explotado, humillado y desesperado no te vuelve especialmente lúcido.

En realidad, Marx se refería a que los distintos grupos que participan en el capitalismo están enfangados en una especie de dilema pragmático generalizado que les impide sacar partido de los avances políticos, tecnológicos y sociales contemporáneos. Los asalariados pobres pueden romper ese impasse porque sus propios intereses generales a corto plazo pueden llegar a coincidir con los de la mayoría de la gente a largo plazo.

Es una hipótesis peligrosa que puede generar vomitivos niveles de dogmatismo populista. Pero también es fascinante… y realista. Las asociaciones de apoyo mutuo creadas y autogestionadas por los perdedores de los inicios del capitalismo fueron el germen de los movimientos antagonistas que intentaron (y, al menos en parte, consiguieron) frenar el nihilismo mercantil. Hoy los movimientos cooperativos en contra de los desahucios lideran la lucha contra décadas de ignominia especulativa y economía-ficción.

Tal vez el gran timo piramidal del turbocapitalismo español no tenga solución. Pero si nos quedan ganas de encontrar la salida vamos a necesitar la ayuda (mutua) de casi cuatro millones de parados de larga duración, varios millones de trabajadores migrantes pobres, algo así como un millón de viudas depauperadas, cientos de miles de familias desahuciadas, un gigantesco ejército de teleoperadores, reponedores, camareros, ni-nis… Vaya, a mí me sale un montón de gente.

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5 pensamientos en “Sólo un ni-ni puede aún salvarnos

  1. Creo que Marx no quería decir eso al considerar al proletariado como la clase universal. Siguiendo la tradición hegeliana creía que el proletariado contenía en si mismo un poder inmanente, la razón de toda la historia humana revelada, “el secreto de su propia existencia” que solo esperaba para realizarse a “la disolución del orden mundial”. Por eso no hacía falta hablar de como se organizaría el estadio comunista, sería una especie de autopoyesis una vez esa potencia estuviera madura y fuera liberada (cuánto se ha dado la izquierda contra esa piedra…). Ernesto Laclau lo explica de maravilla al final del libro Debates y Combates

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