“Habría que procesar a los jerarcas democristianos” (Pasolini en 1975)

“(…) Todo el mundo político italiano estaba y sigue estando sustancialmente dispuesto a aceptar la continuidad del poder democristiano: a aceptarlo bien con «sobrenatural» confianza disfrazada de seriedad profesional, bien con desdeñosa satisfacción.  Pero cuando se sepa, o, mejor, cuando se diga toda la verdad del poder de estos años también quedará clara la demencia de los comentaristas políticos italianos y de las élites cultas de Italia. Y, por consiguiente, su complicidad.
Por lo demás, esa «verdad del poder» es ya sabida, pero es sabida como es sabida la «realidad del País»: se conoce a través de una interpretación que «compartimenta los fenómenos» y por medio de la decisión irrevocable, en la consciencia de todos, de no relacionarlos entre sí.
(…) Nunca ha sido tan grande la distancia entre el poder (al que en un artículo he llamado «el Palacio») y el País. Se trata de una auténtica diacronía histórica según la cual en Palacio se reacciona a estímulos que ya no tienen causas reales en el País. La mecánica de las decisiones políticas de Palacio está como enloquecida (..). Pero, como apuntaba, hay algo más. Los fenómenos (enloquecidos y corruptos) de Palacio se producen en compartimentos estancos; se diría que cada uno de ellos está dentro de la infranqueable área de poder de uno de los miembros de la mafia oligárquica que, venida de las profundidades del más ignorante provincianismo, gobierna Italia desde hace décadas.
Cada uno de estos hombres de poder asume sus propias responsabilidades (pero hasta ahora sin responder por ellas); y gracias a esta separación de las responsabilidades se salva el poder en su conjunto. (…)

[Habría] que recurrir, lógicamente, a soluciones extremas (…): llevar ante un tribunal a los democristianos que han gobernado Italia durante estos treinta años (especialmente durante los diez últimos). (…) Y acusados allí de una cantidad inmensa de crímenes, que yo enuncio sólo en términos morales: deshonestidad; desprecio por los ciudadanos; defraudación de fondos públicos; cohecho con las gentes del petróleo, con los industriales, con los banqueros; connivencia con la mafia; alta traición en favor de una potencia extranjera; colaboración con la CIA; uso ilegal de entes como el SID  responsabilidad por los atentados de Milán, Brescia y Bolonia  (al menos por su culpable incapacidad para castigar a los ejecutores); destrucción paisajística y urbanística de Italia; responsabilidad por la degradación antropólógica de los italianos (responsabilidad, ésta, agravada por su total inconsciencia); responsabilidad por la situación espantosa, como suele decirse, de las escuelas, de los hospitales y de toda obra pública básica; responsabilidad por el abandono «salvaje» del campo; responsabilidad por la explosión «salvaje» de la cultura de masas y de los massmedia; responsabilidad por la estupidez delictiva de la televisión; responsabilidad por la decadencia de la Iglesia; y, por último, además de todo lo anterior, quizá, reparto borbónico de cargos públicos a aduladores.”

Pier Paolo Pasolini, “Habría que procesar a los jerarcas democrisitianos”, en Cartas luteranas, Madrid, Trotta, 1997, (publicado originalmente en Il Mondo, 28 de agosto de 1975)

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