En defensa del determinismo tecnológico

1. Imagine que participa como delegado en una asamblea popular mundial postcapitalista. El único punto del día es la toma de decisiones acerca de las políticas tecnológicas urgentes para mejorar rápidamente la situación de los mil millones de personas más pobres del mundo. Seguramente las resoluciones de esa sesión no tendrían que ver con nanotecnología sino con letrinas. Históricamente, la tecnología que ha tenido efectos más explosivos en el incremento de la esperanza de vida y la reducción de la mortalidad infantil ha sido el alcantarillado, muy por encima de cualquier innovación biomédica. La recombinación genética y los robotitos son muy cool, pero sirven de poco si vives enterrado en tu propia mierda.

El determinismo tecnológico no tiene nada de malo. Si el conocimiento aplicado no es una causa significativa de importantes procesos sociales, entonces posiblemente nada lo es. El problema es que hay una línea sutil entre el determinismo tecnológico y el fetichismo idiota. Mucha gente, empezando por casi todos los políticos, confunden la publicidad de PlayStation con una teoría del cambio social. Como señala Ha-Joo Chang:

Nuestra percepción de los cambios tiende a considerar los más recientes como los más revolucionarios, algo que a menudo choca con la realidad. En términos relativos, el progreso reciente de las tecnologías de la comunicación no es tan revolucionario como lo que sucedió a finales del siglo XIX (la aparición de la telegrafía con hilos). Es más: en cuanto a cambios económicos y sociales, la revolución de internet no es (o en todo caso aún no ha sido) tan importante como la lavadora y otros electrodomésticos. (Ha-Joo Chang, 23 Cosas que no te cuentan sobre el capitalismo, Barcelona, Debate, 2012, p.57)

2. La relación entre la tecnología y el cambio histórico es muy compleja. Por ejemplo, a los economistas les gusta imaginar la revolución industrial como el feliz maridaje de científicos de élite y empresarios audaces. En realidad, hubo poca tecnociencia en la revolución industria, como recuerda Eric Hobsbawm:

La educación inglesa era una broma de dudoso gusto. (…) Oxford y Cambridge, las dos únicas universidades inglesas, eran intelectualmente nulas. (…) Por fortuna eran necesarios pocos refinamientos intelectuales para hacer la revolución industrial. Sus inventos técnicos eran sumamente modestos y en ningún sentido superaron a los experimentos de los artesanos inteligentes. (…) Hasta su máquina más científica –la giratoria de vapor de James Watt (1784)– no requirió más conocimientos físicos de los asequibles en la mayor parte del siglo y serían necesarias varias generaciones para su utilización práctica.

Las principales innovaciones tuvieron que ver con la organización del trabajo y se debieron a que las élites inglesas habían impuesto violentamente una transformación política que había alterado sustancialmente las relaciones de poder entre la burguesía, la aristocracia y las masas populares.

Los que mejor entendieron esto fueron los luditas. Nadie en el siglo XIX  tuvo una visión tan clara de los efectos reales de la tecnología industrial. Los luditas no eran tecnófobos reaccionarios (entendían perfectamente los beneficios potenciales de la maquinaria) sino intérpretes lúcidos de cómo los capitalistas empleaban la tecnología para quebrar los consensos económicos tradicionales e imponer un nuevo orden político:

La hilanderías de algodón eran centros de explotación, prisiones monstruosas donde se confinaba a los niños, centros de inmoralidad y de conflicto laboral; y, sobre todo, lugares donde el artesano quedaba reducido a un estado de dependencia. Para la comunidad estaba en juego una forma de vida, y por lo tanto, debemos considerar la oposición a unas máquinas determinadas como algo  más que un grupo particular de obreros cualificados que defendía su forma de ganar el sustento. Esas máquinas simbolizaban el sistema de fábrica. Tan profundamente estaban comprometidos los supuestos morales de algunos pañeros, que sabemos de casos en los que suprimieron deliberadamente inventos que ahorraban trabajo. En 1800 el padre de Richard Oastler vendió un próspero negocio antes de emplear una maquinaria que él consideraba como un “medio de opresión de parte de los ricos y de correlativa degradación y miseria para los pobres”. (…) En distintos momentos, las demandas de los luditas incorporaron estos puntos: un salario mínimo legal, el control de la “explotación” de las mujeres y los jóvenes, el arbitraje, el compromiso –por parte de los patronos– de encontrar trabajo para aquellos trabajadores cualificados que hubiesen perdido su puesto de trabajo debido a la maquinaria, la prohibición de la producción de ínfima calidad y el derecho a la organización legal de trade unions. Todas estas demandas miraban tanto hacia delante como hacia atrás y contenían en un seno una imagen indefinida, no tanto de una comunidad paternalista, cuanto democrática, en la que el crecimiento industrial se regulase de acuerdo con prioridades éticas y la búsqueda del beneficio estuviese subordinada a las necesidades humanas. (E. P. Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, Madrid, Capitán Swing, pp. 593 y 597)

La moraleja es que la tecnología industrial fue revolucionaria no porque fuera cacharrería high tech –en realidad, tardó mucho en serlo– sino porque retroalimentó un proceso social ya en marcha. Tomarse en serio la tecnología como una influencia social significativa es atender a sus elementos de continuidad tanto o más que a los de cambio.

3. Muchas de las ambigüedades sociales de las tecnologías de la comunicación son antiguas. Robert Putnam, en un ensayo clásico sobre la fragilización del vínculo social, recuerda que en el siglo XIX muchos expertos pensaron que el teléfono crearía comunidades distribuidas no limitadas por el contacto físico. Un directivo de una empresa telefónica sugería en 1891 que era inminente una “época de vecindad sin cercanía”. Sin embargo, los primeros estudios sociológicos sobre el impacto del teléfono que se realizaron en los años treinta del siglo XX llegaron a la conclusión de que su efecto era, en todo caso, reforzar las redes personales ya existentes, no transformarlas o sustituirlas:

Cuando en 1975 un incendio ocurrido en un centro de conmutación interrumpió inesperadamente el servicio en el Lower East Side de Manhattan durante tres semanas, dos tercios de la población que se quedaron sin él explicaron que estar sin teléfono les había hecho sentirse aislados, pero el otro tercio dijo haber visitado más a menudo a otras personas. En otras palabras, el teléfono parece reducir tanto la soledad como la socialización cara a cara. (R. D. Putnam, Solo en la bolera, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2002, p. 223)

4. Nos gusta imaginar que cuando participamos en una lista de correo de temática política estamos asistiendo a una reinvención de la democracia. Es posible que haya algo de eso, ¿quién sabe? Pero también se trata de los coletazos finales de una lenta degradación de los instrumentos de intervención política:

En 1965 la National Audubon Society envió por correo un millón de invitaciones a afiliarse, cifra extraordinaria para una organización que contaba entonces con menos de cincuenta mil miembros. Su factura postal se había doblado en seis años, y en 1971 Audubon envió dos  millones de cartas. Para entonces, con el estímulo que supuso el fuerte incremento del correo directo de hasta casi un 25% anual, el número de miembros de Audubon había aumentado hasta doscientos mil. La técnica se difundió por todo el abanico de asociaciones ecologistas, y en 1990 Greenpeace enviaba cuarenta y ocho millones de cartas al año. (R. D. Putnam, p. 206).

El activismo postal que se generalizó en los años ochenta tenía grandes similitudes con algunas características bien conocidas de la participación política digital:

El compromiso organizativo es bajo. Si lo comparamos con los miembros reclutados a través de las redes sociales de relación cara a cara, las personas alistadas por correo desertan con más facilidad, participan en menos actividades y se siente menos vinculados al grupo. Los reclutados por correo mantienen también opiniones políticas más extremas e intolerantes que los miembros alistados por medio de las redes sociales tradicionales (p. 209).

5. Ni siquiera los tecnófilos más entusiastas consiguen presentar datos convincentes acerca del impacto económico de las tecnologías de la comunicación en los procesos productivos. En realidad, su mayor influencia se ha dado en el ocio y el entretenimiento. Por eso solemos pensar que internet ha redefinido nuestra comprensión de la cultura, que los juegos en red y la fan fiction son un nuevo horizonte simbólico lleno de posibilidades. De nuevo, hay algo de verdad en ello. Pero este proceso también es una extensión de otras tecnologías recientes, concretamente la televisión, cuyos efectos son mucho más ambiguos:

Ver más televisión significa reducir prácticamente cualquier forma de participación cívica e implicación social. (…) Cada hora adicional de televisión por día significa una reducción del 10% aproximadamente en la mayoría de las formas de activismo: menos reuniones públicas, menos miembros para comités locales, menos cartas enviadas al Congreso, etc. (…) Si consideramos junto con una veintena de otros factores predictores de participación social (como los estudios, la generación, el sexo, la región, el tamaño del lugar de residencia, las obligaciones laborales, el matrimonio, los hijos, los ingresos, las preocupaciones económicas, la religiosidad, la raza, la movilidad geográfica, el tiempo de ida y vuelta al trabajo, la propiedad de la vivienda y algunos otros), la dependencia de la televisión en relación con el entretenimiento no es simplemente un predictor significativo de pérdida de compromiso cívico; es el predictor individual más sistemático que he podido descubrir. Las personas que dicen que la televisión es su ‘forma principal de entretenimiento’ realizan con menos frecuencia actividades voluntarias y trabajos en proyectos comunitarios, asisten a menos cenas y a menos reuniones de club, dedican menos tiempo a visitar a sus amigos, reciben menos en sus casa, organizan menos picnics, están menos interesadas por la política, donan sangre menos a menudo, escriben a los amigos con menor regularidad, realizan menos llamadas interurbanas envían menos postales de felicitación y menos correos electrónicos, y son más violentos en la carretera que las personas demográficamente iguales que sólo difieren de ellas en manifestar que la televisión no e su forma principal de entretenimiento. (p. 305 y 309)

Hay bastante fobia elitista y chorras contra la televisión. No creo que ver la tele sea de suyo alienante y se puede estar en un estado terminal de falsa conciencia sin tocar un mando a distancia. Por otro lado, es evidente que no se puede reducir todo lo que pasa en la red a una versión interactiva de Sálvame. Pero tal vez una parte sí, y no es una parte despreciable. Puede que los smartphones sean terminales de la mente colmena global que nos dan acceso a una realidad ampliada. Pero también son televisiones pequeñitas. Esos grupos de preadolescentes reunidos en los parques, cada cual absorto en su minipantalla, recuerdan un poco a los ancianos encerrados en las salas de televisión de los asilos, condenados a tragarse seis horas de tele al día (en realidad, probablemente mucho más: esa es la media española para los mayores de 65). Internet ha propagado la reclusión televisiva más allá de las mesas camilla.

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8 pensamientos en “En defensa del determinismo tecnológico

  1. Putnam escribió “Solo en la bolera”, Rendueles, no “Sólo en la bolera”. Y su argumento básico consiste en situar en los picnics y las sociedades deportivas las redes que explican la calidad de todos los aspectos de las sociedades, incluyendo la democracia, obviando su propia evidencia de que son mucho más importantes variables políticas, de capacidades públicas, como la lectura de periódicos y la participación electoral, y socioecónomicas, especialmente grados bajos de desigualdad en la distribución de ingresos.

  2. Lo de las alcantarillas y la lucha de clases lo vio meridianamente claro durante la Guerra Civil un encantador terrateniente y militar franquista que se llamaba Gonzalo de Aguilera:

    “Todos nuestros males vienen de las alcantarillas. Las masas de este país no son como sus americanos, ni como los ingleses. Son esclavos. No sirven para nada, salvo para hacer de esclavos. Pero nosotros, las personas decentes, cometimos el error de darles casas nuevas en las ciudades en donde teníamos nuestras fábricas. En esas ciudades construimos alcantarillas, y las hicimos llegar hasta los barrios obreros. No contentos con la obra de Dios, hemos interferido en su voluntad. El resultado es que el rebaño de esclavos crece sin cesar. Si no tuviéramos cloacas en Madrid, Barcelona y Bilbao, todos esos líderes rojos habrían muerto de niños, en vez de excitar al populacho y hacer que se vierta la sangre de los buenos españoles. Cuando acabe la Guerra destruiremos las alcantarillas. El control de natalidad perfecto para España es el que Dios nos quiso dar. Las cloacas son un lujo que debe reservarse a quienes las merecen, los dirigentes de España, no el rebaño de esclavos”

  3. Pingback: Nü-Local contra el peligro xenófobo del indigenismo P2P | asincronía

  4. Pingback: Sobre los luditas, Edward Palmer Thompson- La Formacion De La Clase Obrera En Inglaterra | blognooficial

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