ctrl+alt+supr: la jubilación de las ciencias sociales

220px-Skinner_teaching_machine_01La urgencia de la libertad, de Erri de  Luca, es un bonito comentario del capítulo 25 del Levítico, donde se habla del jubileo hebreo. El jubileo era una especie de reseteo social. Cada cincuenta años se liberaba a los esclavos, se devolvían las propiedades adquiridas, se dejaba a los animales en libertad  y se renunciaba a la agricultura, viviendo de la recolección. Seguramente distintas formas de jubileo eran comunes en Mesopotamia  y algunas sociedades mediterráneas e implicaban, por ejemplo, una condonación general de las deudas.

Erri de Luca interpreta el jubileo como una forma de liberación que “nos enseña que no hay propietarios de nada. Que el régimen legal  que hace decir ‘esto es mío’ constituye un abuso de confianza (…) Era una legislación para un habitante del mundo que sabía ser un inquilino, un invitado y no un cacique.”

A mí me parece que el jubileo era una forma de afrontar la contingencia de las organizaciones sociales y sus consecuencias sobre el entorno natural. Cada cincuenta años los efectos del mercado, el esclavismo, la familia, la especulación, el trabajo, la agricultura o la ganadería debían ser revertidos. Había que poner el contador a cero.

La moraleja es que todas las instituciones son intrínsecamente defectuosas. Todas son limitadas y degenerativas en alguna medida y exigen una permanente negociación. El jubileo es una forma de impedir que la erosión institucional alcance niveles catastróficos y de recomponer el metabolismo con el entorno natural.

La mayor parte de las ciencias sociales se basan en la premisa contraria. Se presentan como un conjunto de conocimientos expertos capaces de desafiar la contingencia de nuestra realidad social detectando en ella núcleos estables de inteligibilidad. A menudo los científicos sociales tratan de inventariar propiedades abstractas de las relaciones humanas de las que, ellos mismos o sus acólitos, extraen principios generales y acontextuales de intervención. Como si los problemas sociales y personales se pudieran solucionar descifrando la clave que pone en marcha el proceso de auto-reparación.

Los economistas se han especializado en una versión anfetamínica de este formalismo huero y, a veces, criminal. Naomi Klein decía con razón que el archienemigo de Milton Friedman no era tanto el comunismo, que consideraba solamente equivocado, como el keynesianismo. Creía que Keynes había propuesto una amalgama repugnante, que no renunciaba al juego de la oferta y la demanda pero aceptaba que las instituciones políticas lo distorsionaran. El neoliberalismo ha exigido que los procedimientos que organizan nuestra subsistencia sean tan coherentes y consistentes como el tipo de codificación que manejan los lógicos, a fin de establecer normas de actuación abstractas y con bajos requisitos de interpretación (“compre barato y venda caro” y cosas así). Ese tipo de análisis, casi autoparódico en sus versiones extremas, ha sido muy expansivo, aunque a veces nos cueste detectarlo. El filósofo John Searle cuenta una anécdota reveladora:

Durante la guerra de Vietnam visité en el Pentágono a un amigo, un alto funcionario del Ministerio de Defensa. Intenté argumentar a favor de abandonar la política que los Estados Unidos estaba siguiendo, particularmente la política de bombardear Vietnam. Mi amigo tenía un doctorado en economía matemática. Se fue hacia el encerado trazó las curvas tradicionales de análisis microeconómico; a continuación dijo: “Allí donde se produce la intersección de estas dos curvas, la utilidad marginal de resistir es igual a la no utilidad marginal de los bombardeos. En este punto tienen que rendirse. Todo lo que suponemos es que son racionales. ¡Todo lo que estamos suponiendo es que el enemigo es racional! (Razones para actuar, Gijón, Nobel, 2010, p. 19)

Por supuesto, hay que hurgar en las sentinas de las pseudociencias para encontrar idioteces al nivel de la economía ortodoxa avanzada pero sería injusto olvidar el enorme daño que han hecho otras muchas teorías sociales. Es sencillamente asombrosa la autoridad que otorgamos a doctrinas sociológicas, políticas, pedagógicas, demográficas, económicas y psicológicas cuyo rendimiento conceptual y práctico ha sido ínfimo. Los resultados que han obtenido los científicos sociales en su contribución a la organización de la justicia, las relaciones laborales, la educación, la estrategia militar, la salud mental o la asistencia social suelen ser claramente inferiores a las que se logran aplicando el sentido común.

Desde que Atatürk diseñara la modernización de Turquía influenciado por las teorías de Durkheim, las ciencias sociales han usurpado buena parte del espacio conceptual que debería ocupar la deliberación práctica común o el debate político. Es una tendencia muy ecuménica, y afecta a la totalidad del espectro ideológico. A esos pedagogos neonazis que nos exhortan a ingresar a nuestros hijos lactantes en instituciones totales por su propio bien. A los sociólogos que nos invitan a interpretar un entorno laboral de explotación alienante como una oportunidad de crecimiento personal. Pero también a esos politólogos antagonistas que pretenden que una buena teoría de la multitud nos va ahorrar la desagradable sorpresa de que somos cuatro gatos desorganizados maullando en un páramo consensual.

Las ciencias sociales nos prometen liberarnos del vértigo que nos produce la falibilidad de nuestros proyectos institucionales, una realidad humana irrebasable que el jubileo antiguo asumía con valentía. La abstracción de las ciencias sociales proporciona una ilusión de automatismo. Una vez encontrado el mecanismo adecuado –la división de poderes, el mercado, la terapia familiar, la democracia asamblearia o el coaching laboral–, sencillamente hay que dejarlo funcionar.

El truco está en que en seguida se atasca y tenemos que llamar al servicio técnico: una legión de expertos que nos dan órdenes contradictorias para solucionar los problemas que ellos mismos han creado. Los psicólogos han convertido la iatrogenia en un arte, siguiendo los pasos de esos banqueros que nos ofrecen recetas para solucionar la crisis económica. Primero nos convencen de que una forma de ser –como la timidez (AKA “fobia social”)– o incluso una fase vital –como la infancia (AKA “hiperactividad”)– son trastornos psíquicos y después toman el control de nuestras vidas para solucionarlos. A lo mejor por eso cada vez que veo en una estantería de la biblioteca el DSM me acuerdo de lo que Bertolt Brecht escribió en su diario el 12 de mayo de 1942:

Con Eisler en casa de Horkheimer a comer. Al salir, Eisler sugiere para la novela de Tui: la historia del Instituto de Investigaciones Sociales de Francfort. Un anciano muy rico muere; preocupado por el sufrimiento en el mundo deja en su testamento una cantidad sustancial de dinero para establecer un instituto que investigara la causa de la miseria –que, naturalmente, es él mismo.

No creo que las sociedades complejas se puedan permitir un jubileo completo. Seguramente tendremos que contentarnos con despiojarnos de los parásitos financieros, como ha propuesto David Graeber, y limitar algunas formas de propiedad peligrosas, como la de los medios de producción. Pero al menos podríamos intentar conservar un poco de la lucidez de los antiguos. Para empezar jubilándonos de las falsas promesas de las ciencias sociales. Doscientos años de tutela experta son más que suficientes.

skinner-2011

Anuncios

6 pensamientos en “ctrl+alt+supr: la jubilación de las ciencias sociales

  1. En el libro “En deuda” de David Graeber nos recuerda las “pizarras limpias”:

    “Enfrentados a un potencial descalabro social total, los reyes sumerios, y posteriormente los babilonios, anunciaban periódicamente amnistías generales: “pizarras limpias”, como les llama el historiador económico Michael Hudson. Estos decretos solían declarar nulo y sin efecto todo crédito al consumo (no afectaban al crédito comercial), devolver todas las tierras a sus dueños originales y permitir a todos los peones por deuda el regreso con sus familias. No tardó mucho en convertirse en un hábito de todo rey al asumir el poder hacer una declaración de este tipo, y muchos se vieron forzados a repetirlas periódicamente a lo largo de sus reinados”.

    Por desgracia, aunque es un libro con partes brillantes un análiisis desde los parámetros del materialismo histórico deja el trabajo de Graeber bastante mal parado http://info.nodo50.org/Critica-a-En-deuda-de-David.html

    Es realmente peculiar las interpretaciones de Graeber de conceptos como comunismo y materialismo al igual que la contraposición que realiza entre “economías humanas” y “ecnonomías comerciales/de mercado”.

    Por otro lado, sobre la lucha entre Keynes y el neoliberalismo es muy entretenido el resumen que se plantea en “Keynes vs Hayek” http://www.eldiario.es/Kafka/Keynes-vs-Hayek_0_103239687.html

    Saludos.

  2. Una de mis citas de experto preferidas de los últimos tiempos proviene de ese peligroso espacio en el que se encuentran las ciencias naturales y las sociales. Es de la neurofisióloga Rosa Peraita, responsable de la unidad del estudio del sueño del hospital Gregorio Marañón de Madrid, y que decía en el diario El País: “El niño debe tener su propio espacio vital también para dormir y descansar. Necesita ciertas condiciones de aislamiento, lumínicas, térmicas y acústicas que le ayuden a conciliar el sueño. Todo lo que sea perturbar su sueño, como los ronquidos o los contactos por movimientos al compartir la cama, puede favorecer con el tiempo la aparición de trastornos, sobre todo insomnio. Incluso la costumbre de que el niño duerma con los mayores puede propiciar la práctica de abusos sexuales a los menores”.
    A ver, claro, te despiertas, notas cerca al chaval o la chavala y, oye, que uno no es de piedra… Toda la noticia de El País es de traca: http://elpais.com/diario/2004/03/09/salud/1078786803_850215.html

  3. Gracias por el artículo, interesante, como siempre. Hay dos palabras escurridizas que al ser conceptos centrales en la argumentación hacen que me pierda un poco por el camino: ¿qué es el “sentido común”? ¿qué son las “sociedad complejas”?

    • -Creo que el “sentido común” es una forma un poco naif de designar el saber práctico, los conocimientos comunmente aceptados y mediados por la prudencia. Son el tipo de saberes que ponemos en juego allí donde no hay ciencia propiamente dicha. Aristóteles llamaba “éndoxa” a esta clase de opiniones no arbitrarias o personales sino fruto de la deliberación de la mayoría o, al menos, de los más sabios (la definición de éndoxa de wikipedia es bastante buena: http://en.wikipedia.org/wiki/Endoxa).

      -A mí tampoco me gusta mucho el concepto de “sociedad compleja” porque da a entender que las sociedades antiguas eran simples, algo absurdo. Seguramente sería más preciso hablar de sociedades “confusas”.

      • Gracias por la respuesta. Muy de acuerdo sobre las “sociedad confusas” 🙂 Respecto al sentido común –sin caso concreto, hablando en abstracto– entiendo que esos “conocimientos comunmente aceptados” necesitarán de mecanismos que ayuden a la deliberación, a pensar en común su adecuación o no. Por tácitos, prudentes o poco concretos que sean esos mecanismos, se irán conformando según se piensan, ponen en práctica o según se extraen esos saberes. Dicho rápido, son ese tipo de instituciones lo que anima a los antropólogos a hablar de la aparición de “un ser que razona”. Y bueno, pues esos conocimientos se irán acumulando, ordenando de alguna manera, serán situados en su contexto local y comparados con otros, se crearán redes para debatirlos, ponerlos en común o descartarlos. Y me pregunto si acaso no se parece eso mucho a lo que deberían ser las ciencias sociales. Y me pregunto también si no hay redes de científicos sociales que funcionan bajo esa lógica. Yo creo que sí. Sin más, con ganas de leer ‘sociofobia’!

      • Estoy de acuerdo en que es razonable suponer que existen mecanismos de acumulación del saber allí donde no hay ciencia. Tenemos un montón de conocimientos que funcionan razonablemente bien acerca de, por ejemplo, cocina, o entrenamientos deportivos, o crianza, o traducción… y, sí, lo reconozco, también acerca de la pobreza o la acumulación originaria. Lo que pasa es que no tenemos ni idea de cuáles son esos mecanismos y a los científicos sociales les cuesta muchísimo aceptarlo. Los trabajos de ciencias sociales que merecen la pena, en mi opinión, son los que no fuerzan las cosas. Los que saben que se mueven en ese contexto cognoscitivo cotidiano y aceptan que las ciencias sociales se parecen más a la repostería que a la química. Creo que es el caso, por ejemplo, de una parte importante de la historia (entendida en sentido amplio). Muchos historiadores han sido muy refractarios al tipo de abstracción y formalismo al que hago referencia en el post (E.P. Thompson aullaba de rabia). Me resultó curioso que Jon Elster, un tipo que intentó depurar el marxismo usando la teoría de la elección racional, llegaba a una conclusión parecida en su último libro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s