EL FMI y la utilidad de la pobreza

La semana pasada una misión del FMI presentó una batería de recomendaciones para mejorar la situación de la economía española. El borrador de trabajo preliminar incluía algunas reflexiones no destinadas a su  publicación y escritas en tono desenfadado:

“Todo lo que hace aumentar la abundancia de un país contribuye a abaratar la mano de obra, donde se maneje bien al pobre. Pues lo mismo que se debe evitar que pase hambre, conviene impedir que reciba nunca lo bastante para poder ahorrar. El interés de todas las naciones ricas consiste en que la mayor parte de los pobres no puedan estar desocupados casi nunca y que, sin embargo, gasten continuamente lo que ganan. En una nación libre, en la que no se permite la esclavitud, la riqueza más segura consiste en una multitud de pobres laboriosos. Para hacer feliz a la sociedad y tener contentas a las gentes, aun en las circunstancias más humildes, es indispensable que el mayor número de ellas sean, al tiempo que pobres, totalmente ignorantes”.

“Es un hecho muy conocido que la escasez alienta la industria y que el trabajador que puede satisfacer sus necesidades trabajando tres días semanales, permanecerá ocioso y embriagado el resto de la semana. En los condados donde hay manufacturas, los pobres no trabajarán nunca más horas de las que necesitan para alimentarse y atender a sus gastos semanales. Podemos decir sin temor que una reducción de salarios en las manufacturas laneras sería una bendición y una ventaja para la nación.”

“Es muy nocivo permitir que la gente se acostumbre a comprar trigo a un precio demasiado bajo. El resultado es que se vuelven menos trabajadores, gastan poco en el pan que comen y se hacen perezosos y presuntuosos. Los años de abundancia los granjeros tienen dificultades para encontrar trabajadores y siervos y son muy mal servidos por ellos”.

“Los verdaderos imposibilitados e inválidos absolutos (pobres verdaderos) son muy pocos. Para cada uno de éstos hay cien pobres voluntarios. La caridad es la reina de las virtudes, pero si se aplica mal es un seminario del ocio y una escuela de holgazanería. El trabajar es cuesta arriba. El holgar y vagabundear con seguridad de sopa y sus cuartejos al paso para vino y tabaco es vida muy licenciosa”

“Es muy importante para el pobre que nadie pueda considerar la limosna como un fondo sobre el que pueda contar. El pobre debe dedicarse a ejercitar sus propias fuerzas, desplegar todas su energía y toda su previsión, y considerar sus virtudes como su único recurso, considerando que si llegan a faltarle los otros medios de socorro no son más que un objeto de esperanza”.

En realidad, las citas anteriores son de autores del siglo XVIII y principios del XIX: Mandeville, John Smith, Quesnay, Antonio de la Gándara y Malthus. Ningún empleado del FMI sería capaz de comprender y exponer con tanta lucidez y claridad en qué consiste su trabajo. Por eso nos insultan con pomposas teorías matematiformes sobre la devaluación interna y la fexibilidad laboral. Son basura intelectual, desde la primera ecuación hasta la última tabla de excel. Un cortina de humo aritmomórfica cuya única finalidad es ideológica. En palabras de Herbert Stein, el principal asesor económico de la Administración Nixon: “Puede parecer asombroso, pero la mayor parte de la economía que se utiliza para asesorar en materia de política pública está más o menos al nivel de un curso introductorio de principiantes’”.

Hoy, como en hace dos siglos, las políticas económicas que con más vehemencia defienden los gobiernos y las instituciones internacionales no tienen que ver con la libre competencia entre los agentes que se enfrentan en el mercado sino con el aumento del sometimiento de los empleados en  el interior de las empresas. Como la esclavitud es institucionalmente engorrosa, sus dos instrumentos básicos son el miedo al hambre  y la indefensión laboral. 

Para usted un 30% de paro y la pobreza generalizada es  un drama, para un sociópata con algunas nociones de teoría de juegos se trata de un principio prometedor. El economista canadiense Michel Chossudovsky recordaba así lo que ocurrió después del golpe de estado de Pinochet en Chile:

Apenas unas pocas semanas después del golpe militar el general Augusto Pinochet ordenó un alza del precio del pan de 11 a 40 escudos, un abrumador aumento del 264% de la noche a la mañana. Este “tratamiento de choque económico” había sido planeado por un grupo de economistas llamado los “Chicago Boys”. A la vez que los precios se disparaban, los salarios fueron congelados para asegurar “la estabilidad económica y detener las presiones inflacionarias”. De la noche a la mañana el país entero se vio arrojado a la extrema pobreza; en menos de un año el precio del pan había aumentado treinta y seis veces; el 85% de la población chilena había sido empujada a cruzar la línea de la pobreza.

A mí con las organizaciones como el BCE o el FMI me pasa como a Mariano Rajoy con ETA: el único memorándum que espero de ellas es el que anuncie su disolución. No porque, como se ha dicho estos días, sean instituciones fracasadas. Todo lo contrario. Han desarrollado programas extremadamente exitosos que han logrado exactamente lo que se proponían: incrementar la desigualdad y la pobreza.

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3 pensamientos en “EL FMI y la utilidad de la pobreza

  1. Algo muy parecido proponía la trilateral el los años 70, básicamente decían que la pobreza se podía erradicar, pero que esto no convenía porque era el acicate de la clase media, además de esclavos, les interesa que haya sufrimiento/dolor (a mi me interesa la extinción de estas pseudo élites).

  2. Pingback: El FMI y la utilidad de la pobreza

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