Santa Catalina, el PIB y los cuidados

483px-Barna_da_Siena._Mystic_Marriage_of_st_Catherine._Boston_MFADiario de una buena vecina no es ni de lejos la mejor novela que he leído. Ni siquiera es la mejor novela de Doris Lessing que he leído. Pero seguramente es una de las que más me ha hecho pensar.

La novela se desarrolla en la Inglaterra de los primeros años ochenta a través de sucesivas entradas en el diario de Janna, una viuda de mediana edad que trabaja como editora en una revista dirigida a mujeres. Janna es culta, independiente, tiene dinero y éxito profesional. Pero su vida se ve transformada por una relación, inesperada y no particularmente deseada, con Maudie, una anciana de clase obrera pobre y con crecientes dificultades para valerse por sí misma.

Sin saber muy bien por qué Janna empieza a cuidar de Maudie: le hace la compra, limpia su casa, la asea, la lleva al médico, a visitar a sus parientes, realiza sus gestiones administrativas… Es una tarea agotadora sin el menor reconocimiento. La antítesis misma de su trabajo remunerado. Ayudar a Maudie no tiene nada de divertido. Al contrario. Es casi siempre irritante y en ocasiones sencillamente repugnante. A veces Maudie se muestra hostil y antipática, nunca agradecida.

Janna ha pasado toda su vida evitando cuidar de los demás: no tiene hijos, no cuidó de su marido ni de su madre cuando murieron… Las razones por las que de repente se ve en esa situación son oscuras. No se trata de ninguna epifanía altruista, tampoco se hace ilusiones sobre alguna clase de ganancia neta en términos de satisfacción moral. Es un poco como si de repente se viera liada en una red de la que no puede, ni quiere, salir.

Algo así le pasó a Santa Catalina de Siena, que se hizo famosa por beberse una palangana llena de pus (al parecer le había entrado asquillo al ver las heridas de un enfermo y quería probarse a sí misma). En cierta ocasión, Catalina se ofreció a cuidar de una leprosa que se llamaba Cecca a la que nadie se quería acercar: no sólo era muy contagiosa sino que además trataba a patadas a sus enfermeras. Sin embargo, desoyendo los consejos de su familia y amigos, Catalina la asistió hasta que murió. La hagiografía católica interpreta esto como una muestra saludable de mortificación, lo que significaría que Catalina era una egoísta racional dispuesta a aguantar a una leprosa soplapollas a fin de ganar puntos para el Juicio Final.

Me parece injusto. La historia de Catalina, como Diario de una vecina, habla de una  forma de compromiso relacionada con el cuidado que no es ni una carga impuesta ni una elección a la que se pueda renunciar cuando se quiera y que, al menos en parte, constituye una fuente potencial de realización personal. Un tipo de vínculo que aquí en el supermercado nos resulta desconcertante. Pero que debería resultar familiar a los herederos de la tradición política emancipadora que, como recordaba Tawney, estaba más preocupada por los deberes y las obligaciones propios de una sociedad libre, igual y fraterna que por los correspondientes derechos.

Nos hemos acostumbrado a definirnos por nuestras preferencias: nuestros gustos musicales, nuestro estilo de vida, nuestras opiniones políticas… Nos concebimos como agregados de elecciones cuyo único fundamento es que han sido elegidas por nosotros. Desde esta perspectiva, cualquier forma de compromiso que no se pueda reducir a una elección inmediatamente reversible a voluntad, sólo puede ser entendida como un lastre. Por eso los expertos hablan de “cargas familiares” que dificultan las “carreras profesionales”, cuando la mayor parte de la gente más bien padece servidumbres laborales que dificultan sus relaciones personales. Incluso cuando anteponemos la preocupación por los demás a nuestro propio bienestar, o sea, cuando somos altruistas, entendemos esas acciones como decisiones que deben reportarnos algo: bienestar moral, paz interior, prestigio, karma… Internet ha acentuado esta autocomprensión hasta el paroxismo.

Es una imagen ficticia al menos porque es incompatible con la forma en que de hecho afrontamos la realidad material de nuestra especie. Si los bebés tuvieran que esperar a que sus padres prefirieran hacerles una papilla a actualizar su perfil de Facebook, se morirían de hambre. Cualquier idea complaciente sobre nuestra ubicación en una red global de conexiones, cualquier imagen de consumidores sofisticados definidos por nuestros gustos se desmorona cuando nos vemos obligados a afrontar nuestra fragilidad, un amplio conjunto de problemas, necesidades, malestares, enfermedades y discapacidades que nos vinculan a través del cuidado mutuo.

El reconocimiento de la centralidad material y ética de los cuidados subvierte el debate político. Tiene efectos prácticos enormes porque obliga a reevaluar los criterios convencionales de racionalidad económica. En cualquier sociedad occidental las labores de cuidados constituyen una ingente cantidad de trabajo no remunerado. Según algunos cálculos, en España equivalen a más del 50% del PIB. Se trata de una inmensa cantidad de tareas que podemos y debemos entender como una fuente de construcción ética y no como una carga que alguien, el estado, el mercado o una app, nos debería quitar de encima para que nos podamos dedicar a lo que de verdad importa: conseguir que los ricos lo sean aún más y comprar basura dotada de una fuerte carga simbólica hasta reventar.

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